Cañones que reposan cuentan su historia

Por Iván Mora Domínguez (Especialista del Gabinete Arqueológico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey)

Antiguos artefactos, huellas de la materialidad humana; sus historias de vida reflejan los avatares de la sociedad y muchas veces están signadas por la curiosidad y el azar. Tal es el caso de dos cañones que hoy yacen separados por decenas de kilómetros cuando una vez, hace poco más o menos 200 años, se erigieron como fuente de seguridad ante tanto asalto marinero, a modo de los tiempos de guerras europeas trasladadas al mar Caribe.

Relata Guillermo Arrebola en su Historia de Nuevitas que Pueblo Viejo, aldehuela ya desaparecida enclavada en la península del Guincho —posible primer asiento de Santa María del Puerto del Príncipe— tenía entre sus moradores a don Domingo Maimir, dueño del más importante establecimiento mercantil del sitio.

Este comerciante, enriquecido a partir de negocios legítimos y otros tantos contrabandos, solicitó autorización al gobierno colonial español, en fecha no especificada, para adquirir variado armamento a fin de remediar la indefensión del lugar que en 1801 había sufrido un ataque pirata.

Entre los pertrechos obtenidos se procuró Maimir dos cañones de mediano calibre, los cuales quedaron colocados en zona estratégica con vistas a la defensa del pueblo y, por supuesto, de su comercio. ¿Las piezas artilleras fueron disparadas alguna vez?¡Quién sabe! Sin embargo, dice Arrebola que en 1817 sirvieron de disuasivo ante las pretensiones de una escuadrilla inglesa de esquilmar a los habitantes del pequeño poblado.

Al fundarse la ciudad de Nuevitas, Pueblo Viejo desapareció como asentamiento, Domingo Maimir no dejó registro histórico conocido y sobre los cañones: «el tiempo, la lluvia y el fango los sepultaron sin que nadie recordara ni supiera la existencia de ellos».

Tendrían que pasar muchos años para que ambas bocas de fuego salieran nuevamente a la palestra pública. El redescubrimiento aconteció como consecuencia de los trabajos de los Ferrocarriles Consolidados de Cuba a partir de 1916 para tender la vía férrea entre la ciudad de Nuevitas y la terminal de azúcar de Pastelillo.

El revuelo provocado entre los nueviteros de la época, picados en su curiosidad por dos piezas arqueológicas, de las cuales nadie tenía noticias, marcó sin dudas el destino de las armas.

Uno de ellos «permaneció tirado y sucio» por mucho tiempo hasta que luego de varios reclamos, gestiones y un crédito no utilizado de 500 pesos, fue colocado bien entrado el siglo xx frente al Ayuntamiento de Nuevitas, donde puede ser apreciado hoy. El segundo, con mejor estrella, se le obsequió al empresario ferrocarrilero William Van Horne, quien dispuso su traslado al Hotel Camagüey, actual Museo Provincial Ignacio Agramonte.

Al presente, ambos ingenios de guerra en sus actuales «puestos de observación» como piezas para admirar, recuerdan la aventura excitante y peligrosa que antaño fue vivir frente al mar.