Fidel por siempre

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Primero la noticia, una hecatombe de incredulidad – porque el tiempo nos ha sembrado la porfía en el pecho –; después la confirmación de las alocuciones – la testarudez permanecía sin inmutación, al menos para mí –; con las horas nacieron las llamadas instintivas, a cualquiera que contestara a las 3 o 4 de la mañana; con los días llegó más, sobrevino el dolor, y la terquedad empezó a resquebrajarse con los aullidos voraces de titulares mediáticos.

Cuestión de tiempo para conocer los itinerarios, las visitas diplomáticas, las decisiones gubernamentales ante el suceso, el rumbo político que estrellaba en nuestras frentes el dudoso ¿y ahora qué?, porque de todo lo previsto en esta tierra de provisiones solo una cosa no quedó acordada – al menos para el pueblo, al menos para mí – la única que terminó por ocurrir una noche cualquiera, sin consultas asamblearias, ni escrutinios populares.

Porque para morir solo hace falta la vida y para vivir solo la seguridad de que un día moriremos; únicamente quienes con escepticismo miramos lo ocurrido mantuvimos la porfía intacta, la terquedad del tiempo interminable del amor, solo para quienes no creímos nunca en las partidas, solo para el pueblo de alma trepidante, el alba parió muchedumbre en las Plazas y las horas alumbraron el estrepitoso reencuentro de la Patria con su forjador.

Aquí seguimos los suspicaces, planeando celebrarle el cumpleaños con el cual todo el país asegurará la tristeza de ser el primero en el que se ausenta, todo el mundo menos quienes – bajo el síndrome de la sospecha – acariciamos la idea de una bienaventurada inmortalidad.

Solo para quienes en aquel diciembre, “sin casi tiempo para despedidas, para arroparnos el corazón consternado, para respirarlo y exhalar Patria, sin casi tiempo le besamos el espíritu”; para quienes “valió la luz, la humedad, el dolor compartido, la fila, la marcha apretada”, solo para los corazones obstinados en la vida, este 13 de agosto seguiremos creyéndolo vivo.

Porque confieso que certeza no hubo ninguna, ni la hay, de que una noche cualquiera la vida llegase a término y muriera, sin repercusiones en la eternidad, el hombre que con hondura martiana marcó para siempre nuestra existencia.

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