Agramontinos

ignacio-agramontePor Fernando Crespo Baró (Investigador de la Oficina del Historiador)

Antes de conferirle el grado militar de mayor general, Ignacio Agramonte y Loynaz era llamado por sus compañeros el Mayor. Luego su pueblo asumiría el gentilicio alterno de agramontinos. ¿Acaso sus «dotes de mando» le hicieron merecedor de ese calificativo, por asumir con gallardía la jefatura del Ejército Libertador en la comarca? Las respuestas están en las virtudes de su hondura de hombre, especialmente las que le concedieron tanta aureola sublime; hasta, incluso, adornarlo de leyenda. Desde antes de la guerra muchos ya veían al líder regional que llegaría a ser el paradigma de los camagüeyanos.

Después de la Asamblea de Guáimaro en abril de 1869 creció más el Mayor. Ni los quince de su apellido alzados junto a él contra la bandera roja y amarilla de España ni los de otros entremezclados al suyo por endogamia tradicional explicaban cómo Agramonte había calado tanto en su pueblo. Fue precisamente su ideario emancipador figurado en uno de los artículos de la Constitución lo que permitió el inmenso reconocimiento de los principeños.

Contribuyó a ese sentimiento la pureza de su alma buena, la caballerosidad paseada por la manigua, la justicia para medir a todos sin diferencias, su ética inquebrantable, la honra límpida, el ejemplo de su idolatría amorosa, su defensa de la diversidad cultural y del color de la piel, el talento político para sortear lides difíciles, la autoridad, su concepto del trabajo como único medio de alcanzar una patria honrada y su disposición a morir por ella… ¡Hasta sus «cenizas aventadas» hicieron más agramontinos a sus hijos!

¿Cuáles signos patrimoniales se conservan para hacernos sus defensores? La edificación donde naciera o adonde se fue a abrir bufete el padre en la calle de San Juan, la Audiencia o el Colegio de Jurisprudencia Práctica, la Quinta Simoni, la plaza San Juan de Dios, la estatua del parque Agramonte y de la plaza de la Revolución

Recuérdese que ni aún en julio de 1870, en un alarde de ataque, arriesgó ningún caserón arcaico, ninguna iglesia fue hollada. Ese cuidado del solar de sus andadas debe ser imitado para perpetuar su impronta en la urbe que siempre lo lleva presente.

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