Arder por la patria

Por Lourdes María Mazorra López
incendio-de-guaimaro“[…] todo mi ser se conmueve al recuerdo de aquella noche, noche terrible en que se oían por todas partes el rumor de las llamas y el ruido que producen los techos y puertas al caer para ser devoradas por las llamas”.

Ana Betancourt, la patriota que más alto defendió los derechos de la mujer cubana durante los años de la Guerra Independentista, recordaría así el incendio de Guáimaro, mientras abandonaba la villa con su esposo enfermo, cuando el espeso humo lo envolvía todo. Era la mañana del 10 de mayo y la plaza pública, llena de aceites, vinos y otros combustibles, presagiaba el destino ardoroso de la Patria.

Las edificaciones de su entorno fueron las primeras que esparcieron sus llamas, extendiéndolas a otras partes del pueblo. Aproximadamente ocho manzanas que no estaban urbanizadas del todo quedaron destruidas, solo la iglesia, afectada también, no quedó totalmente en cenizas, como para seguir marcando con su reloj el tiempo eterno de la heroica villa.

La historia de Cuba es muestra ilimitada de sacrificios del pueblo por su nación. Uno de ellos, el incendio de Guáimaro, una villa que en 1868 contaba con más de mil habitantes, alrededor de quince establecimientos de torcer tabaco y ferias comerciales celebradas dos veces al año a las cuales asistían importantes personalidades desde Puerto Príncipe hasta Bayamo y Manzanillo.

Sería Guáimaro también territorio patriota de la Cuba independentista ocupada el 4 de noviembre de ese año – día también del alzamiento de Las Clavellinas – por una partida insurrecta a cargo de los hermanos Napoleón y Augusto Arango y Luís Magín Díaz, integrada, entre otros, por Gregorio Benítez (Goyo) y Carlos Agüero García.

La posición geográfica de Guáimaro, territorio intermedio entre Camagüey y Oriente y dominado por los revolucionarios, determinó que fuese el lugar seleccionado por los mambises para efectuar la reunión o constitución de un único poder revolucionario. El 10 de abril de 1869 se inició la Asamblea Constituyente de la que nació la República de Cuba en Armas. Días después el mando español dejó correr la información que preparaba una fuerte columna con fuerzas de las tres armas ―infantería, caballería y artillería― para recuperar el poblado.

El mayor general Manuel de Quesada envió noticia al Gobierno en Armas y ordenó a sus colaboradores en Puerto Príncipe corroborarla. Comprobado el ajetreo de los militares en la ciudad, decidió destruir la localidad por medio del fuego. Cuando el adversario era muy superior y los poblados ocupados por las fuerzas cubanas corrían el riesgo de caer en manos de la soldadesca española, el fuego era preferible a entregar el amado terruño al enemigo.

Así, fue enviada la orden de incendiar Guáimaro al patriota José Manuel de la Torre comandante de armas de la Villa, y para ello Manuel de Quesada decidió que 100 hombres, bajo las órdenes del coronel Manuel de Jesús Valdés Urra (Chicho) fuesen al lugar para colaborar en la ofrenda patriótica. También el Gobierno en Armas y pobladores del lugar acordaron incendiarlo ―como se había hecho en Bayamo― y entregar al enemigo solo las cenizas.

En la Villa, consumida por la llamas, no quedó nadie en los primeros momentos, sus vecinos se refugiaron en poblados cercanos como Berrocal, Borbollón y fincas como La Caridad. De manera inmediata la Cámara se trasladó a la hacienda de Santa Lucía y desde allí solemnizó la proclamación de la República. Se demostraba así que la necesidad de instalarse de manera momentánea en disímiles lugares, no sería obstáculo para que la revolución iniciada el 10 de octubre de 1868 tuviera su gobierno.

“Ni las madres lloraron, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver cómo caían los cedros y caobas. Con sus manos prendieron la corona de hogueras a la santa ciudad, y cuando cerró la noche, se reflejaba en el cielo el sacrificio. Ardía, rugía, silbaba el fuego grande y puro; en la casa de la Constitución ardía más alto y bello”.