Basura vs. patrimonio

indicePor Cadir Agramonte Sánchez (Sociólogo de la Dirección de Plan Maestro de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey)

La villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey desde que se formó como núcleo poblacional, tuvo en cuenta diversos aspectos que contribuyeron al orden ciudadano. Uno de gran importancia fue siempre la higiene y recogida de desechos sólidos, resultado de la actividad de los propios moradores en aquel entonces.

Tanto es así que ya en las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Puerto Príncipe del año 1856, los artículos del capítulo séptimo referidos al aseo, comodidad y ornato plasmaban un grupo de restricciones referentes a la colocación de la basura: a quienes atentasen contra el ornato público o de utilidad común se les imponían las multas correspondientes. En estas Ordenanzas se aprecia la gran preocupación del gobierno local por este aspecto vital para la salud de los pobladores.

Tal inquietud hoy no pierde vigencia porque existe una estructura institucional que vela por ello y un cuerpo legislativo que regula el tratamiento de los desechos en la ciudad, además de que se aplican multas y sanciones a los infractores de tales indisciplinas; sin embargo, a pesar de los grandes esfuerzos realizados por las entidades responsabilizadas con la higiene de la ciudad y los mensajes de bien público sobre la necesidad del saneamiento ambiental, se ha convertido en un hábito (de muy mal gusto), entre algunos vecinos, verter y acumular basura en espacios públicos, lo cual atenta contra la imagen urbana y la salud de la población.

Lo que más preocupa es la oficialización —por llamarlo de algún modo— de los microvertederos para todo tipo de desechos, desde papeles hasta restos de alimentos, pasando por escombros de acciones constructivas.

interseccion-marti-y-carmenEs alarmante la inadecuada ubicación de estos en calles céntricas, como la intersección de Martí y Carmen, justo en la tapia de la escuela primaria Martha Abreu y muy cerca del comedor de dicha institución docente, aun cuando los vecinos conocen las consecuencias de esta acción para la salud humana y el medio ambiente, además de saber que es una indisciplina social.

Igual pueden mencionarse más espacios de la ciudad agredidos por tales conductas: la plaza de Bedoya y las esquinas de las calles Martí y Hospital, Ángel y San Juan de Dios, entre otros que sumarían una lista no muy corta, donde se evidencia un alto grado de irresponsabilidad y falta de compromiso colectivo e individual de los habitantes con la localidad y las entidades cuyo objeto social es velar por la higiene.

Ahora bien, a pesar de que estas indisciplinas están a la vista de todos, se hace necesario a nivel de cada barrio, donde más incidencia negativa tienen, un accionar más dinámico de sus miembros, una mayor participación ciudadana como eje central.

Sin duda estas acciones atentan contra el patrimonio de la ciudad. Algunos podrían considerar que no se ve afectado en tal sentido, pero ¿y la imagen urbana, sus calles sinuosas, no se perjudican con ello?

El camino aún es largo y engorroso, pero la ciudad toda lo necesita y lo merece. Si queremos que continúe siendo admirada —en especial su área declarada Patrimonio de la Humanidad— por quienes convivimos en esta urbe y los que nos visitan, debemos trabajar, ser sistemáticos, involucrarnos y educarnos en el logro de un entorno limpio y saludable. Así también conservamos el legado que nos dejaron nuestros antepasados.