Desde Jaronú: alturas que no se temen.

Cuando se va por el mundo en busca de historias, y se ha aprendido a mirar más que con los ojos, con el corazón, siempre se encuentran personas increíbles. Es algo que aprendí con mi profesión, a lo que me cuesta renunciar porque me ha hecho ver la vida diferente, sin prejuicios. Cada persona esconde sensaciones diversas y si te acercas un poco serás capaz de vivirlas también.

Ricardo Verduy Caballero, es obrero, más aun, es el Jefe de la brigada # 5, de la Empresa de Restauración y Conservación de la Oficina del Historiador de la ciudad de Camagüey. “Por estos días si quieres conversar con él tendrás que subir a las alturas o esperar el horario de almuerzo”, así me dijo su director, pero yo, esperanzada como siempre, le grité desde mis escasos 1.53 m y esperé con calma a que recorriera la distancia que lo separaba de mí. Tres sogas le sirvieron de ayuda, dos compañeros y una escalera. Descendió del techo de una de las viviendas del batey Jaronú y yo, cubana coqueta y zalamera, lo recibí con la mejor de mis sonrisas.

Le expreso mi gratitud y mis disculpas por interrumpir su trabajo, le digo cuánto me impresiona la agilidad con la que se desplaza de un lado al otro mientras repara aquella cubierta tan peligrosa por su altura y pendiente; él bajando la mirada me dice que no me preocupe, que no le teme a las alturas y que además, cuentan con todas las medidas de seguridad, cascos, sogas y cinturones. Al preguntarle por qué lo hace, ese hombre modesto me dice “por el compromiso, tanto en Baracoa como en Jaronú, lo hicimos por el compromiso. Yo me siento muy bien al entregarle a una familia su casa restaurada y ver su sonrisa, saber que pasó un momento en el que perdió mucho y que mi brigada y yo somos los responsables de traerle otra vez la felicidad.”

Entonces retrocedo en el tiempo, le recuerdo este febrero cuando en el marco del XI Simposio Internacional Desafíos en Manejo y Gestión de Ciudades, le otorgaron el Premio Alarife Público Fulgencio Arambula, por ser el principal ejecutor de las obras que acomete la Empresa Provincial de Restauración y Conservación desde el año 2005. Quiero preguntarle, pero prefiero mirarle a los ojos, dicen más que sus palabras: “me sentí muy bien cuando me dieron el premio Alarife porque no fue el reconocimiento solo a mi trabajo, sino al de mis compañeros, porque yo no estoy solo, conmigo hay cuatro más, por eso cuando me lo dieron lo llevé para la brigada, porque es un premio de todos, mañana puede ser de cualquiera de ellos.”

Gira la mirada para el techo en el que estaba hace solo unos minutos, noto su impaciencia, sé que no quiere ser descortés pero le apremia volver a subir. Una última pregunta, le digo, ¿qué es lo que más disfrutas de tu trabajo?: “Me gusta mucho lo que hago, me gusta empezar un trabajo y ver el resultado, el cambio de lo que había antes y lo que entregamos después. Ver la gratitud de la gente no tiene comparación, por eso es que no importa el lugar de Camagüey o de Cuba, siempre se puede contar conmigo.”

Llamo rápido a los demás, les tomo una foto, le agradezco otra vez a este hombre humilde que teme a las palabras porque no son suficientes para expresar lo que es. ¿Sabrá Ricardo que a veces no hace falta hablar? Cuando vuelvo la vista ya está otra vez en el techo, me da miedo y entonces lo recuerdo “no le temo a las alturas”, pero yo sí y no puedo evitar el frío que siento en mi estómago. Camino por Jaronú y veo a su gente, a los de aquí y a los que como Ricardo han venido a devolver sonrisas. Doy gracias entonces a mi profesión, nunca dejaré de ver, de vivir, de sentir las historias que se esconden en lugares y en gentes sencillas como las de este batey.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *