El corazón del batey: central Brasil

Visitar un pueblo azucarero y no ver el central, es como no escuchar al corazón, por eso al llegar al batey Jaronú, tras el paso del huracán Irma, no podía perder la oportunidad de recorrer su dulce tesoro.

Aquí las tradiciones azucareras están tan enraizadas, que nadie olvida el triste momento en que la dirección del gobierno en el país, decide cerrar el central cerca de 2010. Fue doloroso para todos los moradores de Jaronú, pues la vida del pueblo gira en torno al coloso de hierro. “Somos netamente azucareros, aseguran, y por nuestra sangre corre el azúcar”.

Con tales preceptos llego a la fábrica, junto a Silvia María Delgado, nativa de Jaronú y jubilada del central, luego de dedicar toda su vida laboral a más de 40 zafras.

Comenzamos a adentrarnos en sus enormes salas de maquinarias, para seguir de forma imaginaria el proceso desde la llegada de la caña hasta que se obtienen los dulces cristales. No pude asistir en vivo al milagro, pues no es temporada de molienda, ahora se prepara la tecnología y recibe mantenimiento para la contienda que inicia en enero próximo.

No deja de sorprender la enormidad de cada rueda o tubería por donde transita el producto.

Después de la larga parada de la fábrica, que duró unos seis años, los pobladores y trabajadores de central, no se conformaron y continuaron sembrando la dulce gramínea, hasta que lograron en 2016 reiniciar las faenas.

Durante la espera

Mientras esperábamos ser atendidas por el jefe de producción, nos acercamos a una vidriera que atesora premios y galardones, en una suerte de sala museo, donde se cuenta la historia del Central Brasil, uno de los más productivos de la provincia de Camagüey, desde su fundación en 1921.

Un objeto llama la atención, es un saquito de bronce marcado con el año 1989, fecha en que el central fue vanguardia al entregar una superproducción de 35 mil toneladas de azúcar a la industria nacional.

Otra curiosidad guardan los pergaminos, junto a la foto de un cajón de limpiabotas, que fue trasladado al museo municipal. Arriba del rústico asiento se paró el líder azucarero Jesús Menéndez y desde esa tribuna habló a los trabajadores sobre sus derechos y deseos de justicia social. De allí partió a Manzanillo donde muere, víctima de un atentado.

Estamos tan entusiasmadas reviviendo la historia que sin notarlo ha llegado el subdirector: Roberlandy Ramírez Pérez.

De la mano del jefe de producción

Con él conocimos que el central tiene una plantilla de 410 trabajadores, en cada zafra laboran de enero a abril y el resto de los meses se ocupan del mantenimiento, engrasado y preservación de la fábrica para la nueva contienda.

Cuando pasó el huracán, estaban en la etapa de mantenimiento y la gran afectación, sobre todo de unas 6 mil tejas en el taller de maquinado, retrasa el proceso, pero ya avanza la recuperación y esperan arrancar como cada enero.

También conocimos sobre el compromiso de los azucareros con esta gran casa, que es para ellos su central, pues a pocas horas del paso del ciclón fueron convocados y ya se nota la restructuración del tejado en algunas naves.

Pude apreciar que a Robert, como le dicen sus compañeros, también le circula azúcar por sus venas, por eso al preguntarle si él no veía apresurado el inicio de la zafra 2018 en enero, responde sin titubeos: Fidel dijo que no había visto más amor por el trabajo, que el de nuestro sector y es el que se refleja aquí en Brasil, estamos dispuestos a dar la vida porque esto muela.

Una curiosidad.

Durante el paro del central se perdió su pito original, el sonido marcaba el inicio de cada turno de trabajo y media hora antes de terminar volvía a sonar.

Era una especie de reloj para la comunidad que sincronizaba su vida con el silbato. Ahora los azucareros abogan porque La Oficina del Historiador los ayude a restablecer la tradición, que más que una formalidad, es la prueba de que su central está vivo.

Creo que no pudo ser mejor mi visita al central Brasil, espero que con el primer pitazo, sus enormes máquinas rompan a moler y regrese esa magia al poblado de Jaronú, donde el día a día está ligado al dulzor de la caña.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *