El retrato nunca visto de Ignacio Agramonte

Por: MSc. Lic. José Fernando Crespo Baró. Especialista de la Dirección de Investigaciones. Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey.

En Cuba diversas personalidades nacionales han sido afortunadas por contar con una amplia y variada iconografía. Por ejemplo, José Martí cuenta en esa nómina gracias a la cual han llegado hasta nuestros días interesantes retratos suyos, que facilitan nuestro acercamiento visual al Maestro universal; como cuando vivía aquellos días felices en que abrigaba al pecho a su Pepito, fruto entrañable de la camagüeyana Carmen Zayas Bazán con quien había contraído matrimonio nuestro Héroe Nacional; o al verle acompañado de gestores de la causa libertaria de la Mayor de las Antillas…

No deparó igual suerte iconográfica a nuestro Hombre del Camagüey, a Ignacio Agramonte Loynaz. Es cierto que El Mayor ha ganado un énfasis perceptible en los escritos de Martí, incluso, algo por encima de otros hombres imprescindibles. Podría aseverarse que esto se debe a su arquetípica personalidad, a su democratismo utópico, a su límpida moral, a su amor apasionado, a su ética, a su honradez incorruptible, a su fe inquebrantable, a su acerada vergüenza, a su corajudo y desmedido arrojo ante el peligro, y a otras cualidades distintivas.

Lo lamentable es que Agramonte no nos dejara más retratos para advertirle la evolución de su corporeidad y de otros instantes cruciales de su corta vida.

Pese a esa limitante, llegado este momento vale la pena referir que por muchos años el historiador de Camagüey Gustavo Sed Nieves conservó en silencio un retrato en color sepia impreso en cartón, que pareció tomado a Ignacio hacia el año 1857, mientras trascurrían sus días juveniles, de seguro enel tiempo en  que la familia desandaba la empedrada calle San Juan, donde había fijado su residencia definitiva, desde diciembre de 1848, en la casa marcada con el nro. 18, actual Avellaneda nro. 63. A la sazón, Ignacio debió tener 15 años de edad.

Por aquellos días a pocos pasos de la casa solariega acababa de instalar su estudio fotográfico el dominicano Rafael Delmonte, —quien llegaría a convertirse en uno de los más reputados retratistas de Puerto Príncipe—, y artista del lente a quien cabe suponer correspondió complacer la solicitud del abogado Ignacio Agramonte Sánchez y la de su esposa María Filomena Loynaz, en torno a realizarle un retrato al primogénito en fecha posterior a su regreso a Cuba tras concluir sus estudios elementales en el colegio de Isidoro Prats en Barcelona, en quince de junio de 1857, y antes de que partiera a La Habana dos meses más tarde para librar los estudios correspondiente a la licenciatura en Derecho Civil y Canónico.

Ahora bien: ¿por qué el historiador Sed Nieves prefirió no dar a conocer tan singular retrato?, ¿acaso dudó de su autenticidad?, ¿lo olvidó entre las muchas fotografías que atesoraba junto a viejos papeles y libros raros?, ¿pretendió posponer su develación aguardando una fecha crucial de la vida del héroe?, ¿no pudo auxiliarse de medios tecnológicos modernos para su identificación?

Lo que sabemos es que la postal llegó a él por la vía de Herminia Agramonte Simoni, hija del Mayor Agramonte y de Amalia Simoni. La retuvo un tiempo y luego esta siguió otros derroteros. Por fin, después de permanecer tantos años invisibilizada ponemos al alcance de los Agramontinos su copia digitaliza; no importan detalles omitidos convenientemente de su tenencia en manos que le cuidaron hasta su extravío, no sin antes regalarnos esta copia, aunque visiblemente deteriorada.

Nada mejor que darla a conocer en el ciento setenta y siete aniversario del natalicio del Mayor. Podrá merecer comentarios elogiosos como mismo de asombro, nos parece que es verdaderamente placentero ver a nuestro Ignacio Agramonte con apenas quince años de edad. No es tarde, es dicha buena.

Con todo, el retrato nos hace recelar de su autencidad a pesar de localizarse entre esa valiosa papelería que de la familia Agramonte, Sed conservó con extremo celo. De ella llaman la atención en sus “manazas” de Ignacio sus largos dedos; los mismos de su acusadora mano derecha que agitara como látigos en los días iniciales de la lucha contra España el “caprichoso” jefe regional cuando determinados procederes en el modo de realizarse la guerra no eran de su agrado; y cuando “la mano del Mayor, iba y venía”, mientras reprendía al oficial a cargo de los chinos al este pretender descargarse de esa responsabilidad.

También repárese en el bigote que apenas le sombreó el labio como en otros retratos suyos, y hasta en óleos que le realizaran pintores cubanos; y detalle que pudiera otorgarle cierta veracidad al retratado. Por cierto, al Apóstol tampoco escapó ese detalle del bigote sobre el “labio belfoso” de nuestro abogado.

Un segundo detalle apenas perceptible por lo desgastada de la postal resulta la mirada algo dormida de Ignacio, que vuelve a lucir en el retrato familiar que le fuera realizado a la familia en 1867, después de culminar la etapa de estudios en la Real y Pontificia Universidad de La Habana tras vencer la Licenciatura en Derecho Civil y Canónico. Para más, en que sus ojazos no nos revelan color verde o azul alguno, sino el castaño oscuro rayando en negro como refirieron más tarde amigos y amigas del héroe.

De otro lado, la estatura del fotografiado resulta significativa (en la madurez aproximadamente los 1.85 cm) y talla que al comparársele con la altura de la columna clásica sobre la cual hace descansar su codo izquierdo, —pieza que pudo rebasar un metro sobre el nivel del piso—, resulta importante para precisarse su talla de Agramonte al momento de tomarse la foto.

Por otra parte, según Martí, “aunque de cuerpo era delgado” vale fijarse en su “mucha esbeltez” y firme postura varonil, que corona la seriedad del rostro. No le asoma siquiera la más ligera sonrisa, y la mirada ladeada respecto a la cámara. ¿Acaso orgulloso el mocetón? No. Era la modestia. Luce impecable, de lazo al cuello, arropado en chaqueta, camisa y pantalón, tal vez en dril cazador blanco; mientras calzó botas y polainas; lo que nos recuerda las polainas que encargó a Amalia y que la dama le enviara con uno de sus ayudantes al campamento mambí, por haberlas olvidado en el cuarto donde habían pasado la luna de miel, por la premura de su incorporación al ingenio El Oriente, aquél histórico once de noviembre de 1868.

El sombrero con el ala frontal hacia arriba es sugerente, característico de los hombres entregados a las faenas de la ganadería y actividad económica fundamental en la que el Camagüey sobresalió. La fusta entre sus dedos de la mano derecha usual en el arte de la monta de los rudos y curtidos jinetes. Y sería mucho pedirle a la historia que el fotografiado llevara una escopeta al hombro y un machete a la cintura. Eso vendría después, como sabemos. A algunos la postal nos causa asombro, ¿especie de premonición de lo que serían sus días ulteriores a su graduación de abogado y casamiento con Amalia?

Podrían hacerse muchas más conjeturas sobre el retrato, pero preferimos dejar que quienes le vean saquen sus propias conclusiones. Ciertamente, si la pasión nos seduce y la admiración y el respeto que sentimos por tan arquetípico Hombre nos obliga a cerrarle el corazón a los dictados de la ciencia histórica, afirmaremos, sin más pruebas, que ese es el “diamante con alma de beso”, como lo honrara Martí.

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