La Alcaldesa De Jaronú

Al llegar al batey Jaronú parece que retrocedemos a inicios del pasado siglo. Entonces necesitaba una guía que me ayudara a ver más de esas curiosidades vernáculas.

Con la mejor de las fortunas encontré a Silvia María Delgado, una suerte de hada madrina o alcaldesa, no sé bien discernir el título, que me mostró los más bellos rincones del pueblo y el corazón de su gente.

Su sonrisa franca y la amabilidad que caracteriza a las personas del interior de la isla, fueron nuestras aliadas y me invitó a su casa, que es la de la esquina transversal a la Casona que actualmente es un hostal. Desde un delicioso columpio de los años 50, junto a María, su mamá, comenzamos a desandar en el tiempo.

De la mano de Silvia

Así comenzamos nuestra charla… voy a contarle la historia de este lugar que es la que bonita y la que importa, NO la mía que es una más.

Ella es una persona modesta, pero su historia y la de su pueblo desde  sus vivencias, pienso que valen la pena conocer, por eso voy a compartirla.

Nació aquí, en un barrio que ya no existe porque allí construyeron el cementerio,  nunca  se fue de su querido pueblo. Fue a superarse y siempre regresó. Comenzó a trabajar en el central en 1973 hasta jubilarse, donde se desempeñó en diferentes especialidades: capacitadora, especialista en salud e higiene del trabajo y en los últimos años responsable de la tienda de estímulos para trabajadores.

Con un suspiro de añoranza, cuenta que fue muy difícil para ella tomar la decisión de jubilarse a los 58 años. Pero ya el central dejaría de moler y no quería dedicarse a otra labor, pues le había puesto mucho empeño a la tienda.

Una larga pausa y dos lágrimas discretas la llevan de regreso a esos años, no tan lejanos.

Retomamos la conversación y caemos en el triste momento que la dirección del gobierno en el país, decide cerrar el central cerca de 2010. Fue doloroso para todos los moradores de Jaronú, pues la vida del pueblo gira en torno al coloso de hierro. “Somos netamente azucareros, asegura, y por  nuestra sangre corre el azúcar”.

Nos sentimos dueños del central, eso nadie lo puede evitar, porque aunque te dediques a otra cosa, en cada casa hay alguien vinculado a la producción, las decisiones que se toman sin consultar nos molestan, porque la vida de todos depende de la zafra.

Un paréntesis

La mamá de Silvia se mantiene atenta a nuestra conversación, en un momento que nos deja a solas para buscar café, ella comenta muy bajito que su esposo fue azucarero destacado hasta la muerte y ella fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas.

Tiene más de ochenta años y algunos problemas de salud, pero nada le impide  mantenerse  atenta a los enfermos del barrio y está muy feliz por la casita de enfrente que la Oficina del Historiador le repara el tejado, pues durante el ciclón la dueña enfermó y está aún hospitalizada, “usted se imagina qué bueno regresar del médico y tener ya su techo arreglado”. Es una bendición, comenta.

También cuenta como rompió  monte con la federación al inicio de la revolución, para curar los parásitos y vacunar a los niños que vivían por allí sin salud. Supongo que de allí nació su aptitud para estar siempre pendiente de los enfermos.

Ha llegado Silvia con el café, con su aroma y sabor volvemos al punto anterior…

Seguimos con Silvia

Con gran pesar refiere que al parar el central por seis años, se perdió toda la fuerza calificada, dígase paileros, 15 ingenieros que se sintieron parte de aquí aunque no eran del pueblo, operadores de las diversas máquinas especializadas, electricistas y los puntistas, que por suerte quedan algunos jubilados  en el pueblo y se contratan para la zafra, “sí porque después de la pausa, ya en 2016 volvimos a moler y estamos activos” y con esta frase sus ojos brillan de alegría.

Con el desmantelamiento del ingenio, El pueblo cayó en un estado de calma que parecía enfermo, allí hubo quienes se aprovecharon del olvido para tomar hierros y piezas, pero siempre hubo quienes preservaron cosas importantes y la historia del sitio, pero de esa conversaremos más adelante desde el propio central.

Otra parada

Al inicio les decía que Silvia es como la alcaldesa del pueblo, no quiere que le diga algo así, pero todos la consultan, hasta la delegada vino a pedir consejos para el alumbrado del parque central y ahora interrumpen los linieros de ETECSA para tomar su cafecito y recoger unas piezas, si porque también su casa es almacén temporal, para ayudar en la recuperación.

Aprovecho para caer en el tema y está feliz de cooperar y ver la bella labor que realizan tantos especialistas y obreros, para devolver la imagen a su querido pueblo, aún siente mucho la caída de árboles centenarios que crecieron junto al pueblo y lamenta esta jugada de la naturaleza, que se borrará muy pronto de las fachadas y techos, gracias a la ayuda de todos.

 La despedida

Silvia ha sido una guía maravillosa para mí, pues además de acogerme, me llevó al central, a otras personas y viviendas. Historias que iré contando en lo adelante, pero me queda una última pregunta antes de darle mi abrazo de gratitud.

El batey Jaronú, al decir de muchos, es una joya centenaria, con nombre indígena e intrincado en el monte. ¿Cómo ves la recuperación?

Tengo mal criterio de lo que pudo evitarse con medidas, antes del ciclón y que en la recuperación muchos tramites están lentos, pero veo muy bien la entrega de las personas que están aquí para ayudarnos, que no son pocas y gracias a todos pronto veremos brillar nuevamente esta joya en medio del monte.

Impregnada del dulzor que despiden los moradores de Jaronú, me despido de su alcaldesa y sin su permiso, creo que merece el epíteto.