Ofelia cuenta su historia

ofeliaPor estos días en que recordamos la heroica gesta del Moncada, a veces parece borrarse en el tiempo el paso de los revolucionarios  por el Camagüey, por tales motivos desempolvamos estas huellas y así continuamos buscando más historias, guiada por el amigo Felipe Lorenzo Linares llego a la puerta de la octogenaria combatiente  Anastasia Eufemia Lorenzo Rodríguez.

En su casa del reparto Puerto Príncipe, me recibe algo sorprendida, porque Linares no le avisó con tiempo que la periodista iba a verla y a ella no le gusta recibir visitas sin arreglarse: aún es presumida, como casi todas las mujeres camagüeyanas.

Luego de los saludos y las presentaciones formales, junto a un rico café que me brinda, comenta que voy a hacerla llorar trayendo sus recuerdos, pero le propongo solo conversar y que al final me diga si hemos hecho bien o no con nuestro encuentro. Sonríe y va en busca de algo a su habitación, me quedo en suspenso…

Mire aquí

Regresa despacio apoyada en el andador y sobre la silla del aparato trae unas cuantas cosas, mire aquí, me dice, esta es mi bandera me ha acompañado en todos mis viajes y hasta la he prestado a amigos que cumplieron misiones, pero siempre me la devuelven y quiero llevarla sobre mi caja fúnebre cuando muera.

Con sus tesoros en la mano continúa, estas son mis medallas y distinciones, me gustaría donarlas al museo provincial  para que las preserven pues no tengo familia a quien dejarlas. Ya mis compañeros de la Asociación de Combatientes saben que hacer. Además si me ponen la canción Me dicen cuba, para despedir el duelo, creo que revivo.

También viene entre los recuerdos su brazalete del movimiento 26 de Julio: este era el mío, ya ha perdido el color…y aquí regresa la primera de sus osadas historias.

El apoyo al Movimiento

Ofelia, como es conocida esta mujer de fuerte carácter y decisiones valientes, había sido transferida de su natal Florencia por amenazas de la dictadura, que ya conocían de sus labores.

Arriba al Camagüey con unos 20 años, sus primo por miedo al jefe de la guardia y esbirro, Pata de Ganso, no pueden dejarla en su casa   y es acogida por Eugenio Albo y su esposa Fidelma, vecinos de Florencia, y muy vinculados en su cedula con la  antigua Radio Camagüey. Su tarea era confeccionar uniformes para los rebeldes y enviarlos a la Sierra.

Un día llega con sus cajas llenas de verde olivo a una vivienda asignada y estaba llena de militares del ejército de Batista, la dueña le aclara que no era por ellos, que a lado había un desalojo, respira hondo y sigue camino con sus cajas, va a tomar el taxi y un pariente de su mamá, que era soldado la reconoce y le ofrece llevarla… Con la mercancía a cuesta se monta en la patrulla y sin que le pregunten nada pero a todo riesgo, logra trasladar el encargo  justo en el auto del enemigo. Cuenta que al bajarse el policía le dice “oye parece que llevas una bomba allí y disimulando la tención entre risas y alejándose apurada, le responde… más o menos”.

Riéndonos de su osadía comenta que nunca sintió miedo ante ninguna misión, y caemos en la próxima historia…

Esta es en el poblado de Algarrobo, allí debía recoger una  pistola. Orfilio Ramo su primer contacto y jefe de operaciones de la cedula a la que ella asistía.

La envía a recoger el arma para traerla a los revolucionarios de la clandestinidad camagüeyana, tenía que guardarla en el aserrín de una casilla del tren, pero la estaban vigilando y aunque no fue detenida, no pudo llevar a término la operación, tubo que regresar muy a pesar suyo sin la pistola.

Emotivo Encuentro

Continuó el trabajo en el movimiento hasta enero de 1959, cuando se anuncia el triunfo y el paso de la Caravana de la libertad, con Fidel a la cabecera, Ofelia es ubicada en una posición de alerta, en el antiguo hospital hoy Hogar de Ancianos,  por si alguien atentaba contra los barbudos.

Con los ojitos resplandecientes y la mirada de la muchacha inquieta que fue, llegamos al capitulo feliz de la novela de su vida, no puede disimular el jubilo y bajando el tono prosigue…

Comienzan a pasar los camiones llenos  de verde olivo y todos los presente emocionados estaban a la espera, había mucha alegría del pueblo,  el corazón se me puso lindo al ver en uno de los carros a mi entrañable compañero, Luis Portales, no pude contenerme y le grité, el me vio y vino a mi encuentro, aquel abrazo no sé cuánto duró.

¿Quien era Luis?

Era un compañero de lucha, lo habían herido en una operación y mientras lo curaban y restablecían, en una casa secreta, se conocieron y realizaron algunas acciones, allí surgió un amor y hubiera sido su esposo, pero alguien le comentó que tenia una novia en algún recóndito lugar y no quiso arriesgarse, por lo que prefirió continuar como hermanos de ideales. Luego se fue a la Sierra y al bajar en la caravana lo reencontró.

“A Luis lo quiero mucho, guardamos bellos recuerdos de nuestra hermandad revolucionaria y aún me visita y se preocupa por mi salud”.

Hemos conversado muchísimo, hemos reído juntas y me recuerda  que al comienzo  pensaba que la haría llorar al buscar en su memoria, pero el rato fue muy agradable y entre café y café, queda el deseo de un nuevo encuentro.  Me pide que la visite de nuevo que le agradó mi compañía, pero el sentimiento es mutuo, pues disfruté nuestro viaje  hacia aquellos años de tanta efervescencia.

Casi de salida le pregunto si tiene algún familiar vivo y asiente con la cabeza, una hermana y sobrinas  pero en otros países y quieren llevarla de visita, lo que no acepta.

Ofelia quiere morir aquí porque su padre, quien nunca pudo regresar a España, le inculcó que la patria es lo más importante que tiene una persona. Y retoma el temple de sus 20 años para apuntar: “Por eso doy por la mía todo, así renca como estoy por mi patria doy mi vida, no voy a ninguna parte”.

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