Remembranzas…

Por Yanelis Acosta Galindo (Especialista de la Oficina del Historiador)

La ampliación de las medidas abusivas adoptadas por el gobierno de Madrid contra los cubanos al terminar la Junta de Información, se entrelazaba con otros factores que hacían insostenible la situación de la población criolla, como la crisis económica de 1866-67. Siguió en estado crítico la producción cafetalera, y los precios del azúcar sufrieron un descenso notable. Tras el fracaso de la Junta de Información, se iniciaban las actividades conspirativas. Ellas tenían como centro la región oriental del país, donde la crisis era más aguda.

En  julio de 1868, Francisco Vicente Aguilera con el objetivo  de unificar los trabajos separatistas y extenderlos a la mayor parte de  la Isla, invitó a representantes de los conspiradores de las  principales  comarcas para una reunión a la que se  denominó  Convención de  Tirsán.

La cita tuvo lugar el 4 de agosto en la  finca  San Miguel,  en la jurisdicción de Las Tunas, acordándose acelerar las tareas conspirativas. Sin embargo, los representantes camagüeyanos Salvador Cisneros Betancourt y Carlos  Loret  de  Mola Varona y el delegado holguinero Belisario Álvarez se opusieron  a estas  ideas  por considerar que aún no  existía  la  preparación necesaria para la lucha armada.

Sin embargo, los sucesos se precipitaron, pues las autoridades españolas  comenzaron  a tomar medidas conducentes a  abortar  el movimiento, ante lo cual Carlos Manuel de Céspedes se declaró  en rebeldía contra el poder colonial, dando inicio a la lucha armada el 10 de octubre de 1868 en su ingenio «La Demajagua».

Comenzaba así la guerra contra la dominación española en Cuba. Como primer acto de soberanía, Céspedes dio la libertad a sus esclavos; luego los llamó a incorporarse a la lucha liberadora —cosa que hicieron de inmediato— y lanzó un manifiesto al país explicando las causas de la insurrección. Los camagüeyanos comenzaron a sentir la repercusión de este hecho al  amanecer del día siguiente, cuando al despertar vieron con sorpresa piezas de artillería emplazadas durante la noche en la Plaza de la  Merced,  enfiladas  hacia  las calles Mayor y Candelaria.

Ese mismo día el teniente gobernador Julián de  Mena publicó un bando que declaraba el estado excepcional y la aplicación de la “última pena” para los sublevados “instigadores, auxiliares o encubridores”. [1]El levantamiento de Céspedes resultó sorpresivo algunos de los  comprometidos con la causa libertadora  se reunieron en varias casas de la ciudad  donde fueron precisados de manera secreta los detalles del levantamiento[2].

En la tarde del día 3 en La Filarmónica fue fijada la fecha, hora y lugar. Al amanecer del 4 de noviembre en el Paso de Las Clavellinas del río Saramaguacán,  donde acudieron 76 jóvenes quienes  emprendieron marcha hacia el ingenio El Cercado donde, por indicación del doctor Eduardo Agramonte Piña, se  organizó militarmente el grupo. Jerónimo Boza Agramonte fue  elegido jefe superior por  aclamación,  y  como  jefes subalternos  de  los siete  grupos  en que se  dividieron  los patriotas,  Manuel  Boza  Agramonte,  Eduardo  Agramonte  Piña, Francisco Arteaga Piña, Martín Loynaz Miranda, Ignacio Mora de la Pera,  José  Recio Betancourt y Manuel Agramonte  Porro.

Por su parte Salvador Cisneros Betancourt e Ignacio  Agramonte,  culminados algunos compromisos revolucionarios se incorporaron a estas huestes iniciales el  5 y el 11 del propio mes de noviembre, respectivamente

………………….

[1] Eugenio Betancourt Agramonte: Ob. cit., p. 54.

[2] En la casa marcada con el n° 14, en la calle de San Juan, domicilio donde residía el dr. Francisco Argilagos Guinferrer, en la n° 19 del doctor José Ramón Boza Miranda y en San Clemente n° 5, de Antonio Perdomo.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *