¿Te ayudo?

Se apoderará de mi rostro el sonrojo cuándo algún pequeñín intranquilo me pregunte: ¿abuela te ayudo a subir las escaleras?

Realmente avivar esa escena en  esta etapa de mi existencia parece un delirio, pero debo ir pensando en ella, pues soy testigo por la parte joven que me toca de cuánto se quiere a los nietos.

Mis abuelos se desviven por regalarme atenciones, cariño y casi nunca regañarme; ellos son como dirían los padres severos y rectos, los alcahuetes de sus niños mimados.

Se quieren tanto a esas personitas encorvadas, algunas con exceso de peso, de caminar despacio y acomodado; que verse en su lugar a estas alturas de la juventud, si resulta un poco extraño, no lo niego, pero sin dudas debe ser muy gratificante.

Existen otros casos que no valoran el bello regalo que la vida le ofrece; no respetan a sus abuelos, nos los consideran ni mucho menos agradecen la vida que le han dado cuando sus verdaderos padres no se han hecho cargo de las responsabilidades que les corresponde.

Es en ese punto donde nos encontramos a ancianos deprimidos y tristes, que en vez de disfrutar a plenitud de la esencia de su edad colman sus cortos días de sufrimiento.

En las mejores de las circunstancias llegan a las casas de abuelos u hogares para ancianos, donde encuentran junto a muchos como ellos la familia que necesitan; una penosa escena que se puede evitar con cariño y dedicación desde que portamos  pocos años de vida brindándoles a esos ángeles curtidos por la existencia el respeto y amor que merecen.

¿Abuela, te ayudo a subir las escaleras? Sí mi niña, necesito de ti.

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