Un camino con aroma de café

 Fotos: Mario Morffiz
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Una taza de café para los cubanos encierra en sí misma muchos significados. Traduce la historia de la tierra, es para el paladar exquisita y se remonta a los tiempos de la esclavitud, donde cautivos y amos, degustaban el grano con el placer de tener algo verdaderamente suyo.

Para los camagüeyanos, no es diferente, dada la importancia de este traguito caliente y de su vital presencia en reuniones bajo cualquier pretexto. Hoy me propongo retroceder en el tiempo, seguir la ruta de su aroma y llegar a las primeras torrefactaras de café en la ciudad ¿Me acompañas?

Las tres primeras fábricas

Una de las fábricas que recoge la historia del café en Camagüey aparece en la revista Camagüey Gráfico de 1926. El anuncio lo encontré por casualidad y me cautivó desde la primera lectura.  Promocionaba el Tostadero Xiques como el mejor de la provincia, pues era la única casa que procesaba con maquinaria moderna, hasta 80 kg de café, que se distribuía a municipios y poblados lejanos en el campo.

La curiosidad me mantuvo en esta búsqueda de información que al cabo de dos meses está dando sus frutos, pues tengo movilizado a muchos amigos con el tema, Delfín Mateo es uno de esos, que además es vecino del lugar donde estaba el tostadero, en la Plaza de San Ramón número 37, esquina a Santa Rita.

Gracias a su gestión llegué hasta Carmen García Basulto (Isis) una dulce señora de 80 años, quien recuerda muy claramente los tres tostaderos de café que existieron en la ciudad, en la primera mitad del siglo pasado.Su padre y  tío fueron los últimos dueños del Xiques que desde 1942 y hasta 1961 ya era “Café Fariña de García y Compañía”.

Los otros dos tostaderos eran El Peñón y El Líder, este último es el único que aún permanece en la ciudad activo; conocido como Torrefactora de Camagüey. Aquí se procesa todo el café que llega a nuestros hogares, pero de ese vamos a hablar más adelante; porque ahora seguimos con la historia de Los Fariñas.

Recuerdos…

Isis revive su infancia y con cierta nostalgia recuerda aquellos años felices en que iba con su padre, Ángel García Yera, a la fábrica en las noches para buscar el café destinado a la familia; el cual colectaba recién tostado, lo molía y empaquetaba con sus propias manos.

Dice que la planta baja del edificio era una gran nave, con máquinas movidas por motores de petróleo; pero las de empaquetar los cartuchos eran pequeñas para pocas cantidades. Estas respondían a envases que comercializaban por valores de un centavo, cinco y veinte. En el fondo estaba la chimenea que nunca fue tan alta como la que vemos aún, de lo que fue Café el Líder.

En el pretil de la fachada, el inmueble mantiene el nombre de su antiguo dueño: Xiques. Es la huella que el tiempo no ha borrado, porque la chimenea desapareció, la nave de producción está tabicada para varias viviendas y la fachada sufrió modificaciones y muestra un deterioro considerable.

Sin embargo, Isis cierra sus ojos y puede escuchar el sonido del grano dorado cayendo en las pailas del tostadero. El aroma y sabor emergen de su memoria. Entonces regresan en un sorbito caliente y amoroso que le sabe a familia.

De café el Líder a la Torrefactora de Camagüey

Después de este viaje en el tiempo sigue viva la curiosidad, por eso un aroma me llama desde la avenida de la Libertad lo sigo y llego al número 151, donde se asentó definitivamente Café el Líder en 1951. Algunos vecinos de la barriada la Caridad, refieren que antes se ubicaba en la esquina siguiente, en la intersección con la calle Arrieta.

Luego de presentarme y comentar el motivo de mi visita, en la Torrefactora José San Mateo Sánchez, fui recibida con gran gentileza por el colectivo del departamento de calidad. En él, las especialistas Aliet Burón y Yamilé Marín junto al técnico Lázaro Martin, resultaron mis guías en este viaje mágico.

Así, después de degustar una taza del rico Café Arriero, que en ese momento era el que estaban procesando, nos adentramos en algunos secretos del proceso que resultó una linda experiencia.

Empieza el recorrido…

Comenzamos por el almacén, otrora caballería de los dueños de El Líder. Allí inicia el proceso al verificar la calidad del grano, algunos vienen de México, Brasil y un porciento de café cubano de las lomas orientales, el que, por su alta calidad se vende en el mercado internacional. Con él se compran otros para lograr las diversas combinaciones que allí procesan para las marcas: Hola, Arriero, Regíl y el cubano puro.

Por unos largos conductos el grano va del almacén a las máquinas de torrefacción (cambio de color por alta temperatura) es vertido en unas grandes pailas para enfriarlo, sin que se pase de la temperatura óptima, tome el color característico y luego una muestra de cada tanda va al control de calidad.

Me sorprende mucho ver que aún conservan activas las tres estufas originales de la fábrica, las que datan de los años 40 del pasado siglo. Eso se debe a la inventiva de un grupo de técnico innovadores, quienes con minuciosa labor; por años mantienen vivas estas maquinarias.

En la sala de tostado hay un calor infernal, sin embargo, la higiene y la inocuidad del producto es evidente en los trabajadores. Todos estaban exhibiendo sus atuendos blancos y el orden en cada parte del proceso, mientras se debatían con la temperatura para ofrecernos el buen “néctar negro de los Dioses”.

Nos detenemos en el cuartico de calidad, allí Lázaro, quien me ha ido explicando con gran pericia y orgullo, la función de cada eslabón productivo me invita a masticar un grano recién tostado, para acercarme al verdadero sabor del café ¡Sí que es rico!

A degustar…

Ya las chicas molieron y colaron una muestra, entran en acción los catadores que con arte y experiencia dan el aprobado para continuar el proceso.

Luego regresamos al salón fabril y los molinos comienzan su faena. El polvo va a las máquinas de llenado y allí se empaqueta en los diferentes formatos, los pesan para detectar cualquier faltante en el gramaje y con orden perfecto, los paquetes van a una caja sellada y finalmente al almacén de productos terminados que es su puerta al mercado. El olor que emana de los paquetes es muy agradable y tentador.

Hemos asistido al misterio que antecede a nuestro primer alimento del día, ese que nos despierta cada mañana junto al sol y endulza el aire de los hogares como un rito. Por eso que te brinden como gesto de cortesía un “buchito” de café, es un elogio que nunca se desaprovecha. Te dejo con el aroma en la taza y te invito a brindar por quienes hacen la magia de su bronceado.

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