Un diamante con alma de padre

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Cuando se habla de Ignacio Agramonte las ideas que se posan en nuestras memorias van matizadas de ejemplo, valor, amor; en fin con decir El Mayor tenemos suficiente. Escribir acerca de su vida, de su entrega por Cuba, por la justicia y del amor que le profesó a su Amalia no resultan temas complejos pues desde que comenzamos a leer conocemos de ellos.

Hoy me corresponde buscar facetas pocos conocidas de su existencia, tema difícil, por ser su figura inspiración para los camagüeyanos; pero existe uno de ternura extraordinaria que no resulta un hallazgo y aun así no es muy tratado. Ignacio Agramonte como padre…

En sus desvelos por la libertad de Cuba también se incluía su preocupación como padre por el futuro que tendrían sus hijos si no lograba una Cuba independiente.

 Acerca de sus hijos…

Ignacio Ernesto, el mambisito, como lo bautizara por haber nacido en la manigua  resultó su inspiración de lucha y amor, pero según la historiadora Elda Cento a Herminia su hija hembra, no la llegó a conocer pues Amalia estaba embarazada cuando fue capturada por una columna enemiga en operaciones —precisamente el día en que el niño cumplía su primer año—, y la niña nació en el exilio.

Cuando se disfruta del material que la investigadora Elda Cento dedicó al tema se vive el momento en que nació el mambisito. Imagínense que nervios tendría Ignacio Agramonte luchando y a la vez a la expectativa de cuándo nacería su hijo.

Amalia era una gran mujer, su calma y coraje se lo transmitía a su amado en todo momento y muestra de ello es el texto Ignacio Agramonte en la vida privada un pasaje, de Aurelia Castillo que cita la Cento en su material:

“general y mensajero, llegaron juntos al lugar donde había que ir, e Ignacio, enterado de lo que ocurría, dio órdenes al jefe de su Estado Mayor y volvió apresuradamente junto a su amada”.

“Pero era ya media noche cuando llegó y el cuarto de Amalia se había llenado de señoras por azares de la guerra, y allí durmiendo. Ignacio tuvo la fuerza de voluntad necesaria para dominar el afán que le mataba, y, poniendo en el suelo sus alforjas, pasó la noche, en vela sin duda, detrás de aquella puerta que el respeto a la mujer […] le vedaba tocar”.

Ana Betancourt era una de esas mujeres. Apenas fue de día se acercó al lecho de Amalia para informarse de su estado. «Me encuentro muy bien, le dijo ésta, y me parece haber sentido llegar a Ignacio». Efectivamente, al abrir la puerta se encontró a Agramonte en el estado de excitación que es fácil presumir. «Levántense pronto, gritó a las demás, y salgan, que aquí está un hombre desesperado por abrazar a su mujer y conocer a su hijo».

Ser padre…

No hacen falta más palabras para imaginar cuánto sentimiento se agolpaba en la atmosfera, cuánta añoranza por su hijo, por su esposa; por esos que visitaba breves instantes y sin medir cansancio les dedicaba cuidados, mimos y hasta se encargaba de los quehaceres domésticos para que Amalia descansara.

Su correspondencia resulta un testimonio vivo de cuánto  amó a la familia, de su gran sentido paternal y de su compromiso eterno con la patria que también lo arropó como hijo entre sus brazos.

Jesmir Varona Socías

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