Una historia para recordar a Fidel

Una mañana, hace algún tiempo, en la prisa de cada jornada, encontré a un señor que me reconoció a mi paso y pidió a su vecina que me detuviera, después del saludo me dijo solemne, “ya pasaron seis meses de la partida”.
Entonces en la sala de su casa, que hoy funciona como centro agente de la telefonía, recordé que fue el artífice de una de esas historias hermosas que me regaló la espera, ante el paso de la Caravana por Camagüey, que llevaría las cenizas del Comandante en Jefe Fidel, al abrazo eterno con el Maestro, en Santiago de Cuba, el pasado 2 de diciembre.

Al ver su sentimiento sincero y acercarse el primer aniversario de la partida a la inmortalidad del Líder de nuestra Revolución, les regalo esta historia de vida.

 

La Historia
Junto a la tapia del Cementerio General de Camagüey se reunieron muchas personas para el adiós al Comandante en Jefe, allí en un paneo de la vista tropiezo con un anciano muy pulcramente vestido, en su silla de ruedas… me le acerco para preguntarle sobre sus motivos para la larga espera, dadas sus condiciones de salud.
Bajito, como quien guarda un secreto que no es para todos me susurra: Yo adoro a Fidel, fui miembro de su escolta personal en muchas de las 50 visitas que hizo a Camagüey, para él trabajé con mucho placer, fueron tiempos muy lindos.

Sus ojos brillan de orgullo, la esposa y el hijo que lo acompañan y empujan su sillón, dan fe de ello y comparten el mismo sentimiento que Osvaldo Padrón, quien a sus 85 años y desde su trono, es miembro muy activo de la Asociación de Combatientes de la Revolución y siempre está dispuesto para cualquier tarea.
Por eso ¿¡cómo imaginar que se quedaría en casa ante una convocatoria de la patria!?

En medio de la multitud que va colmando la calle, seguimos conversando y me cuenta que fue fundador de una escuela de gastronomía en Tagarro, que allí en una visita de Fidel, le tocó servir la comida en bandejas de metal y que el Comandante se ubicó a su lado y le ayudó a servir el almuerzo con esa alegría y sencillez que lo caracterizaba. La emoción humedece sus ojos.

Tiene mucho más que contar pero ya debemos ocupar posiciones y organizarnos para recibir a Fidel, así que me despido de Osvaldo con el placer de encontrar una historia de estas en la Ciudad de los Tinajones y con la promesa de un encuentro formal, para continuar hablando sobre sus vivencias.
No puedo dejar de conmoverme con este regalo a mi curiosidad y con la vitalidad del octogenario combatiente, que desde su sillón de ruedas sigue dispuesto a lo que sea por la Revolución y fue a ofrecer su ¡Hasta Siempre, Comandante!

Recordatorio
Hoy al mirar atrás y reconocer que ya pasó un año de la partida de Fidel, aprovecho para recordar aquella conversación con Osvaldo, que compartió vivencias y gratos recuerdos con los que forjó Revolución junto al Comandante, al salir de su casa le comenté que cuándo pensaba descansar de tantas aventuras, pues ya enfermo, atendía un centro agente en la calle San Clemente. Sin titubeos y con esa fuerza de espíritu que siempre rodeó a la gente de Fidel respondió… ¡Cuando me vaya!
Pocos días después de nuestro segundo encuentro, Padrón falleció.
Al acercarse el aniversario de la partida de Fidel, busqué en los recuerdos de aquella despedida y recordé esta historia de Osvaldo, que es la de muchos de sus hombres, esos que aún desde la eternidad continúan cabalgando con Fidel.

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