Virginia Agramonte: ¡Con la vergüenza de su abuelo!

Quinta La Virginia. 1909

MSc. Lic. José Fernando Crespo Baró (Colaborador de la Dirección de Investigaciones)

Enterado el Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz de que el Presidente de la República en Armas Carlos Manuel de Céspedes del Castillo proyectaba escribir a la Junta Cubana en Nueva York indicándole la suspensión de sueldo por su separación de Agramonte del mando militar del Camagüey a la vez que de su mismo sueldo dispondría una porción al jefe camagüeyano, la infausta decisión trajo la airada protesta del letrado general, quien inmediatamente le dirigió una misiva desde su campamento en Los Güiros, el 4 de mayo de 1870. En la misma y en tono airado expresó: 

“C. Presidente

Acabo de enterarme de que en la sesión de ese Gobierno del día de hoy, protestando U. contra la continuación de abono de sueldo á mí como Mayor General por haber cesado ya en el mando de la División del Camagüey, manifestó U que escribiría á la Junta Cubana de New York para que no abonara más sueldos de sus fondos, y si los diera del peculio de U.

Mi honor, ofendido se alarma á la sola consideración de que U. alimente por un instante siquiera la ilusión de que el Mayor Gral. Ignacio Agramonte y Loynaz pueda recibir una limosna de nadie ni un favor del Presidente Carlos Manuel de Céspedes y devuelvo a U. su oferta con el desprecio que ella merece por sí y por la persona de quien tiene origen.

El ofrecimiento de parte de U. de abono á cargo de un peculio imaginario es una farsa miserable que no es primera ocasión que U. pone en juego; el ofrecimiento de un donativo del Presidente de la República al Mor Gral Agramonte, que renunció al mando de la Dvn del Camagüey, porque sus opiniones y su conducta se hallan en diametral oposición á la de aquel, es ofensión á la dignidad del Gefe, el ofrecimiento de un donativo de Carlos Manuel de Céspedes á Ignacio Agramonte y Loynaz es el colmo de la injuria. El Gefe y el caballero ciudadano arrojan al rostro de U. el lodo con que ha querido mancharle ofreciéndole su bolsillo. Como Gefe estoy dispuesto á responder ante los tribunales competentes de la República y como caballero donde Ud. Quiera”. “Los Güiros, Mayo”.[1]

Claro, está discordante diferencia surgida entre dos de los protagonistas más importantes de la guerra decenaria, por demás, Hombres inteligentes y corajudos, pero con poco trato de frente a frente, muy pronto sería superada en el curso de la contienda.

Comprendieron ambos líderes regionales que sobre sus hombros recaía la responsabilidad y la suerte definitiva de Cuba y teniendo por delante la patria, el pueblo y la independencia, en tal sentido tríptico que era lo más imperioso dejándose de lado nimiedades. Al país libre de España no podía llegarse con divisiones de tal naturaleza. Y esto los hizo más grandes para la historia de Cuba.

Años después transcurría la República neocolonial entreguista a los yanquis con Carlos Prío Socarrás a la cabeza del Gobierno y sin verse realizada a plenitud la utopía soñada de libertad e independencia cubana, por la que tanto habían sacrificado y luchado hasta entregar sus vidas aquellos dos paradigmas.

Virginia al centro detrás de sus sobrinos en el portal de la casa
Virginia al centro detrás de sus sobrinos en el portal de la casa

En esa coyuntura histórica la nieta del Mayor volvería a la carga patriótica esta vez esgrimiendo nuevamente la “vergüenza” que le venía de su abuelo paterno, todo por causas de la ofensiva oferta de dinero del Senado de la República, en época de mayor indiferencia y escepticismo moral y cívico.[2]

Virginia Agramonte

Se trataba de la señora Virgina Agramonte Betancourt[3] quien solicitaría a ese órgano que dicha mesada en vez de hacerse llegar a sus manos le fuera entregada a los pobres y necesitados enfermos que se hallaban mal asistidos en el Hospital de San Juan de Dios en la ciudad natal del Héroe de Jimaguayú, precisamente el mismo recinto donde su cadáver había sido colocado, sin respeto alguno, para su presunta identificación forense bajo custodia del Cuerpo de Voluntarios, el lunes 12 de mayo del año 1873.

Virginia respetuosa en asuntos históricos relativos a Cuba, al Camagüey y a su abuelo, de noble y bondadoso carácter y ganada estimación entre familiares y amistades, que le visitaban en su mansión ecléctica levantada por su padre en la Avenida de La Caridad, con humanismo y filosa ética expuso en su misiva:

“Camagüey, noviembre 10 de 1949.

Honorable Señor Presidente del Senado.

Capitolio Nacional.

La Habana.

Honorable Señor:

He leído en la prensa de ayer con crecido asombro que el Senado de la República, entre otras pensiones, aprobó una “para la nieta del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz”. Como la única nieta del Mayor soy yo, presumo que se trata de favorecerme económicamente sin haberlo pedido. Créame que agradezco el gesto: es noble y desprendido. Pero, en ningún momento podría aceptar ese aporte. Jamás se me hubiera ocurrido pedir una ayuda económica. En esto sigo y seguiré la línea de conducta de mis mayores. Mi abuela, doña Amalia Simoni, esposa del Bayardo, después de caído el prócer, viuda con dos hijos, vivió horas difíciles económicamente. Muchos días del destierro primero y de la República después le fueron amargos y duros. Pero siempre dujo que Ignacio Agramonte luchó por la libertad cubana con sumo desprendimiento y que mancharía su memoria cualquiera de los suyos que aceptara algún beneficio material invocando su pena y de dolor―sobre los cuales soplaron también vientos de pena y de dolor―pidieron, ni aceptaron, la ayuda económica oficial.

Por todo ello, me resulta, a todas luces, imposible aceptar la pensión que se me señala. Jamás he pedido nada a ningún gobierno cubano. Y en esta hora en que estoy casada y ―Gracias a Dios― no necesito ayuda crematística de ninguna índole, me sentiría herida en lo más hondo de mí misma si alargase la mano para recoger ese aporte generoso que me brindan los ilustres legisladores del país en nombre de mi patria. Créame que aunque tuviera que vivir en pobreza y estrechez tampoco aceptaría esa pensión. Para nosotros, la patria fué siempre dolor y sacrificio. Y n deseamos más recompensa que verla feliz, próspera y digna.

Declino, pues, conmovida, la pensión que se me señala. Y deseo que se haga constar públicamente que jamás la pedí, en esta hora ni en ninguna. De todos modos, si el honorable Senado lo desea puede transferirla a favor del Hospital Infantil San Juan de Dios de Camagüey, donde estuvo tendido mi abuelo cuando lo trajeron muerto de la manigua ensangrentada. Esta institución necesita de la ayuda oficial. Tiéndanle ustedes la mano en nombre del Bayardo. Con ello me darán una gran alegría.

Acepte, honorable señor, mi gratitud encendida y eterna. Y hágales saber mi profundo reconocimiento a todos los miembros de ese cuerpo colegislador. Respetuosamente de usted,

Virginia AGRAMONTE DE MENDOZA”.[4]

Concluía así dejando bien en alto el honor familiar forjado por los presupuestos éticos, morales, humanistas y de acendrado patriotismo y cubanía defendidos con ardor por el Mayor Agramonte en los campos de libertad dominados por la República en Armas.

Fue ese pensamiento de Virginia que la hizo lucir digna y altiva ante el Camagüey, que por esos días se enorgullecía de su acto de conciencia altruista. Y así viviría con honra hasta apagarse su vida.

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[1] Cento Gómez, Elda: De la primera envestida. Correspondencia de Ignacio Agramonte (noviembre 1868 – enero 1871). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, pp. 360-361. Días después, el 26 de mayo, día de cumpleaños del mambisito, en el rancho bautizado por el Mayor El Idilio, fueron capturados Amalia Simoni, su hijo y otros familiares, hecho que puso más furioso a Ignacio Agramonte.

[2] Revista Vanidades. La Habana. Diciembre 15 de 1949, vol. XXIII, nro. 24, p. 25. Bajo el título Una bella lección de patriotismo seguido de un comentario periodístico y una fotografía de tan distinguida dama camagüeyana fue publicitada esta misiva en una de las revistas exclusivas más solicitadas en el país, entre otros motivos, por abordar lo relativo a las novedades de la farándula capitalina.

[3] Virgina fue uno de los cinco hijos del matrimonio del ingeniero Ignacio Ernesto Agramonte Simoni y Emma Betancourt Castillo, siendo sus otros hermanos Estela, Ignacio Eduardo, Jorge y Osvaldo Enrique (nac.18-feb-1911), este último fallecido en la ciudad de Camagüey. Su hija Emma Agramonte de Cabrera residente en la Sarasota, Estados Unidos, mantuvo amistad con el autor de este artículo, desde el 27 de mayo de 1998, hasta su muerte accidental ocurrida poco después. Osvaldo Agramonte y su esposa Mercedes Flores (Bebita) mantuvieron sublime unión conyugal que solo la muerte interrumpió, el 14 de febrero de 1997.

[4] Ídem.

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