Camagüey es una ciudad donde se encuentran arraigados hábitos y costumbres que distinguen a sus habitantes, ya sean camagüeyanos auténticos o aplatanados moradores que hicieron suya la patria chica de la “suave comarca de pastores y sombreros”.
El modo de entender la tradición de esta región sólo es posible si se analiza como un correlato de grupos sociales y una fuente inagotable de saber.
Lo que nos distingue
Diversas prácticas culturales distinguen esta tierra, resalta entre sus fiestas aquella que desde el siglo XVIII devino de una festividad religiosa el Corpus Christi en una celebración profana del San Juan, época de jolgorio en junio acompañada de manifestaciones de una cultura rural donde serenatas, bailes, juegos y comidas típicas de la zona convirtieron la conmemoración en un espectáculo que pronto trasciende los campos para afianzarse en la ciudad, como una tradición que llega hasta nuestros días.
Fue Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, uno de los escritores que más información en el siglo XIX legó sobre el San Juan, algunas con fuertes críticas sobre el comportamiento de los principeños en esos días, en otras alabando iniciativas y paseos o simplemente describiendo lo sucedido en la fiesta.
De lo expuesto por El Lugareño
Según sus propias palabras, su génesis puede encontrarse en las labores de pastoreos, recogida, encierro en los corrales, marca de señal y letra de propiedad de los ganados donde se corren, vocean, cantan, se provocan, se desafían, se alientan a la carrera diversos montunos que miden destrezas y agilidades.
De allí su arraigo en la ganadera región. Registra que el San Juan a caballo duró hasta el 1819 y por esta misma fecha se introduce el San Juan enmascarado y ambulante a manera del carnaval europeo.
En la crónica costumbrista de El Lugareño, publicada en sus Escenas Cotidiana el 7 de julio de 1838, dedicada al San Juan de ese año. El autor refiere que textos habrá en pasados y futuros, pero que nunca podrá apreciarlos en su verdadero valor quien no sea criollo legítimo de Camagüey, más adelante crítica el auge que ha cobrado la celebración con bailes y tertulias en la ciudad, generalmente en viviendas de algunos principeños.
A su modo de ver “casi todas las músicas ambulantes han degenerados en bailecitos locales, sedentarios, cosa muy opuesta al espíritu del San Juan, que es y debe ser eminentemente popular, andariego, público, para todos”
Un fenómeno singular del San Juan fueron las mojigandas y comparsas con representaciones de diversos argumentos acompañadas por música y danzas, elogiadas en ocasiones por el propio Betancourt por lo animada de algunas, la originalidad del vestuario de otras y los temas seleccionados, de esa muestra se hace representativa las palabras que tuvo para un grupo sin música el de los indios.
Esta práctica debe haber sido muy representativa en la época porque los historiadores camagüeyanos Juan Torres Lasquetti y Jorge Juaréz Cano registran la simpática comparsa que en 1837 organizaron El Lugareño y otros partidarios de la construcción del ferrocarril entre Puerto Príncipe y Nuevitas quienes tuvieron la iniciativa de pasear a un grupo de personas con un ferrocarril de madera en miniatura con sus raíles, carros y locomotora, para demostrar la trascendencia del camino de hierro, porque según las palabras de Betancourt, “estos pobres tierradentros no han visto porque cuelgan sobre sus narices dos grandes colgajos, o la ubre de una vaca o las candongas de un toro”.
El San Juan…
Es el San Juan hasta nuestros días una diversión que refleja la sociedad con sus matices e intereses, el propio Gaspar Betancourt Cisneros, en 1839, recoge en la crónica de esta festividad un hecho que denota el ingenio de los camagüeyanos cuando satíricamente el barrio del Cascajal entonaba al compás de guitarras una canción sarcástica que arremete contra sus intenciones de prosperidad con el proyecto ferroviario, el mismo no sabe cómo llamarla si del Lugareño o de los lechuguinos.
El coro decía:
Cantemos alegres
Al ferrocarril,
Pues por él vendrán
Los bienes a mil
Si bien Betancourt fustiga costumbres retrógradas de la tradicional festividad, precisa al concluir la crónica del año 1839:
“El San Juan del Camagüey, de día o de noche, con máscara o sin ella, con sabana o al descubierto, no da lugar más que a un deseo, latente, pronunciado, en todas las clases, en todas las edades, en uno y otro sexo: divertirse y divertir, esto es todo, lo demás es una presunción calumniosa”


