¿Cuánto vale el patrimonio?

Foto: Heriberto Valdivia Jiménez
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Cuánto vale el patrimonio, puede resultar una pregunta ambigua o de dudosa respuesta, sobre todo cuando los análisis se centran por lo general en las aristas más subjetivas de este asunto; y cuando cada quien puede conferirle un valor personal y único.

La “valorización” del patrimonio resulta un tema complejo, más aún, luego del auge del trabajo por cuenta propia y las nuevas formas de gestión.

Incentivar la preservación del patrimonio y el conocimiento de lo concerniente a la identidad y a la cultura local resulta, en primera instancia, necesidad espiritual y camino seguro desde dónde asegurar la independencia y labrar el porvenir. No obstante, estos incentivos tienen otros complementos más palpables a mediano plazo, como puede ser la utilización del patrimonio como atractivo turístico, medio de vida o sustento.

Varias experiencias son notorias en el contexto nacional e internacional sobre el uso del patrimonio para generar recursos económicos y financieros; este matiz, lejos de generar tabúes, debería reivindicarse y constituir idea a defender en diferentes ámbitos comunicativos, por cuanto el patrimonio puede constituir también una vía para generar riquezas materiales.

 En Cuba

En nuestro país pudiera citarse el ejemplo de Trinidad, sitio donde la dinámica social se ha puesto en función de crear una red de servicios extrahoteleros, en la cual la restauración -dentro de los servicios gastronómicos- la artesanía y la hostelería tienen un lugar destacado. Así, las grandes casonas coloniales, restauradas y decoradas acertadamente, en la mayoría de los casos; albergan ahora hostales particulares y casas de renta que constituyen en sí mismas atractivos turísticos de gran valía.

No se trata, por supuesto, de hacer solo para el “de afuera”, una ciudad vitrina nunca será duradera en su gestión, se trata de generar procesos endógenos y organizados de puesta en valor del patrimonio, de autoreconocimiento y apropiación de la heredad; que a su vez constituyan mecanismos de oxigenación financiera en dos sentidos: la sostenibilidad de proyectos educativos, culturales, urbanos, de restauración arquitectónica e incentivo de otros procesos sociales; y el más cercano al individuo, el aparejado a la satisfacción de necesidades básicas y la prosperidad  familiar.

Dicta la experiencia

Mientras más autóctono y original, más atractivo resulta ante los ojos del visitante; por lo que preservar tradiciones, hábitos, costumbres e inmuebles también puede ser una apuesta por la bonanza. La singularidad, la historia local y sobre todo la forma en que se gestionen esos recursos, pueden repercutir significativamente en el progreso de una comunidad, una región o todo un país.

Pensemos entonces que el patrimonio también vale, pues vale -y mucho- su recuperación a través de proyectos arquitectónicos y urbanos, vale -en número y en esfuerzo- el aumento de la calidad de vida en sus muchas posibles formas de expresión y vale como recurso turístico, que bien gestionado, pudiera representar un medio eficaz para crecer desde el punto de vista económico.

Se une entonces, a los tradicionales análisis sobre el valor sentimental, esencial, cultural y subjetivo del patrimonio -no divorciado, por supuesto, de argumentos lógicos y racionales- otro no menos interesante y humano; aquel que ve en él, un medio para salir adelante, aquel que nos presenta la necesidad de preservarlo como una vía de subsistencia.

El patrimonio tiene por tanto pluralidad de valores, entre ellos el del sentimiento, el autoreconocimiento y la prosperidad.

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