Camilo Cienfuegos frustra una traición

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“Hombres habrá traidores, pero pueblos no, y menos Camagüey”. Así subrayaba el 21 de octubre del año 1959 el Comandante rebelde Camilo Cienfuegos Gorriarán después de marchar al frente del bravo pueblo agramontino hasta el otrora cuartel de la tiranía batistiana.

El traidor Comandante Hubert Matos Benítez, al mando del Regimiento Militar Nro. 2 “Ignacio Agramonte” en Camagüey, en cuya tierra ni había nacido, ni conocía exhaustivamente su pasado glorioso, -tampoco sabía de la ética impar, la moral inquebrantable y la vergüenza incorruptible del Mayor que había desafiado al gobierno de la colonia española con arrancarle por la fuerza de las armas la independencia y la libertad cubana-; resultó ser hombre ingrato y ambicioso,  desleal al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y contrario a la Reforma Agraria que favorecería con la entrega de tierras al campesinado y expropiaría de sus latifundios a terratenientes locales.

 De la historia…

Ese propio día Fidel había viajado hasta la ciudad de los Tinajones. No podía perderse ese nuevo combate histórico. Caminó por la calle República, lo hizo poco después de Camilo. De inmediato lo rodeó el pueblo revolucionario hasta las oficinas del INRA en la calle San Pablo, donde intercambió planes con el Héroe de Yagüajay.

De aquí ambos jefes en marcha combatiente partieron a coartar la conjura contrarrevolucionaria. Detrás iba el pueblo todo con más armas morales que de fuego. El Comandante en Jefe se había quitado su arma. Iba sin miedo resguardado solo por su pueblo.

Radio Legendario, en la calle República, daba detalles de lo que ocurría y transmitía mensajes de respaldo a la Revolución y al líder Fidel Castro. Alrededor de 30 mil camagüeyanos formaban un escudo de protección a los Comandantes Fidel, Camilo y Ramiro Valdés.

El Capitán del Camagüey Jorge Enrique Mendoza Reboredo, figura clave en el descubrimiento y denuncia de la conjura, se ubicaba entre Fidel y Camilo en el balcón de la jefatura del Regimiento Militar. Debajo todo Camagüey escucharía las palabras de los líderes rebeldes. “El peligro lo conjuró el pueblo…”, sentenció Camilo. Había salido vencedora la Revolución. No sería la última vez.

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