Varias han sido las mujeres que a lo largo de la historia del Camagüey entregaron lo mejor de sí por alcanzar una patria libre y próspera, que llegara a ocupar un lugar prominente entre las naciones soberanas, democráticas y desarrolladas del mundo. Una de esas camagüeyanas que tuvo esos anhelos fue, sin dudas, María de la Concepción Agramonte y Boza, Concha, para sus más allegados.
Esta distinguida mujer nació en la ciudad de Puerto Príncipe, actual ciudad de Camagüey, el 7 de diciembre del año 1834, alumbramiento que tuvo por escenario una de las habitaciones de la casa de estilo colonial marcada con el número 2 de la calle de La Candelaria, actual Independencia, esquina a la de Soledad, hoy Mayor General Ignacio Agramonte.
Sus padres fueron los criollos principeños Juan de la Cruz Agramonte Arteaga y Rufina Boza Varona, los que completarían el hogar con sus otros vástagos Manuel, Juan de la Cruz y Jacinto, a quienes dada la posición económica desahogada familiar se facilitaron los recursos suficientes y todo tipo de cuidados y enseñanzas.
Su infancia
Aunque se tienen escasos detalles de su primera infancia, sin embargo, es sabido que La Conchita recibió los rudimentos educativos en el hogar materno, hasta cursar la enseñanza elemental y superior entre los más afamados preceptores locales, como era de costumbre.
Luego vendrían los llamados “quehaceres propios de su sexo” llevados en el hogar, y actividades que se simultaneaban las labores manuales del tejido y el bordado, prácticas consustanciales con la rígida tradición cultural colonial.Más tarde, ya en la adultez, Concha Agramonte integró la Sociedad Filarmónica de Puerto Príncipe, la más importante entidad cultural de la urbe donde comenzó a relacionarse más ampliamente con lo mejor de la Ilustración criolla camagüeyana del siglo XIX, por cierto, entre cuya nómina se hallaban los jóvenes de ideas radicales revolucionarias lanzados a los campos en las luchas contra el colonialismo español y por la emancipación cubana.

Fue en la Parroquia de la Soledad donde ella y el apuesto Francisco Sánchez Betancourt contrajeron matrimonio, el 2 de junio de 1852, enlace que se efectuó con todo el ceremonial acostumbrado ante testigos y familiares de los contrayentes. Poco después fueron a residir en la casa de amplia extensión superficial y altillo señalada con el número 50, en la calle de La Contaduría, actual Lugareño nro. 245, aquí residiría en compañía de sus otros hermanos.
Precisamente en esta vivienda se efectuaron algunas de las reuniones secretas preliminares del levantamiento armado de los camagüeyanos en la Guerra de los Diez Años. De esta casa salió Pancho Sánchez a incorporarse a la insurrección armada, el 24 de noviembre de 1868.
En Guáimaro…
Precisamente tras el estallido de la guerra la familia pasó a residir a Guáimaro, poblado en que se efectuó la Asamblea Constituyente y a la que asistió su esposo en carácter de representante de la revolución.
Tras el incendio que destruyó el poblado, el 10 de mayo de 1869, siguiendo órdenes del General en Jefe del Ejército Libertador Manuel de Quesada Loynaz, para que el histórico lugar no cayera en poder de las fuerzas militares españolas, Francisco Sánchez y Concha Agramonte buscaron refugio en la intrincada Sierra de Najasa, finca San José; en tanto Pancho Sánchez marchó a cumplir importantes misiones asignadas por el mando militar.
Fue en dicha zona en que, a mediados de junio de 1971, una guerrilla española apresó a Concha y a sus hijos menores que de inmediato fueron remitidos a la ciudad de Puerto Príncipe con el objetivo de decidir su deportación de la Isla, medida que fue reconsiderada y revocada posteriormente, no obstante, verse obligada a la emigrar hacia la ciudad de Nueva York, urbe en la que recibió apoyo de la emigración patriótica cubana establecida en esa parte de la Unión y en especial de las señoras Francisca Moliner, madre del patriota Luis Ayesterán y Moliner, y la señora Mercedes de la Guardia. Pese al cuidado y atenciones, falleció su hija menor de Concha, Sara Sánchez Agramonte.
Avatares de la vida
Mientras atravesaba una difícil coyuntura económica en esa ciudad, Concha haciendo innumerables sacrificios, logró que fuera aceptada la matrícula de sus menores hijos en importantes colegios de esa ciudad, en tanto a Calixto y a Armando se aceptó su ingreso a laborar en casas comerciales neoyorquinas. Por su lado a Eugenio ingresó en una escuela pública hasta pasar al Colegio St. Jhon´s, en el condado de Fordam.
Entre tanto, en los campos de Cuba, sus hijos Benjamín y Juan de la Cruz Sánchez en las fuerzas del Ejército Libertador conquistaron importantes lauros militares, por cierto, Juan de la Cruz después de ser ascendido a sargento fue fatalmente herido en combate librado en la finca Soledad de Pacheco, Jimaguayú, el 2 de marzo de 1873.Sabida la pérdida de su hijo, Concha Agramonte conservó inquebrantable su espíritu e inalterable el apoyo moral y material a la causa de la independencia cubana, hechos traducidos en el contacto permanente con figuras claves de la revolución y la entrega de donativos financieros a la junta patriótica en Nueva York.
Poco después, concluida la guerra, en 1878, su esposo Francisco Sánchez, quien era conocido en la Isla con el mote de Cao por su espesa y oscura barba, logró reencontrarse con ella y sus demás hijos en esa ciudad norteamericana, hasta regresar la familia, en 1880, a la antigua casa ubicada en la calle de la Contaduría en el Camagüey.
Estando en el solar natal, José Martí contó con Francisco Sánchez y Concha Agramonte para conspirar a favor del reinicio de la Guerra de Independencia en 1895. Por ese motivo, en enero de 1892, el agente martiano Enrique Loynaz del Castillo, de padre y madre naturales de Puerto Príncipe y el primero comandante del 68, viajó hasta la morada del matrimonio para hacerles entrega de las Bases y el Programa del Partido Revolucionario Cubano fundado por Martí. Esposos que respondieron afirmativamente al Delegado del PRC.
La Concha mambisa
Inmediatamente Concha Agramonte quedó integrada a la labor de inteligencia mambisa en el complejo escenario urbano de Puerto Príncipe, por estar ocupados varios de sus más representativos edificios históricos, entre ellos las iglesias y conventos, por fuerzas militares hispanas.
La agente camagüeyana comenzó a actuar en uno de los clubes revolucionarios secretos creados con el propósito de obtener informaciones sensibles de los movimientos del enemigo, clubes que estuvieron bajo la dirección de las patriotas Consuelo Álvarez de la Vega y Caridad Agüero Betancourt, entre otras valientes camagüeyanas.
Precisamente, la casa de Concha fue utilizada como lugar de contacto y de reuniones secretas. Según refiriera en conversatorio ante público ofrecido por el desaparecido historiador Gustavo Sed Nieves en un aniversario de la fundación de la otrora villa de Puerto Príncipe, en una carta enviada por un agente a José Martí en dicha misiva se ofrecían interesantes detalles acerca de la labor de inteligencia llevada con celo por las mujeres del Camagüey, y entre ellas subrayaba el agente la eficiencia de la agente Habana, seudónimo usado por Concha Agramonte para pasar inadvertida ante el enemigo y quien, al parecer, con alguna frecuencia se entrevistara con él en la Plaza de Armas frente a la Farmacia de Xiques, para no atraer sospechas de las autoridades hacia su casa.
Mientras Concha desempeñaba las riesgosas comunicaciones o inteligencias con la insurrección camagüeyana perdía la vida a consecuencia de la tisis su leal esposo Francisco Sánchez, el 30 de agosto de 1894.
Cuando la muerte marca la vida
Desde la habitación mortuoria fue llevado en hombros de patriotas y familiares el féretro cubierto por una bandera cubana dada por Salvador Cisneros Betancourt, jefe civil del levantamiento armado que se organizaba, para ser colocado en el coche fúnebre que lo conduciría desde la morada en la calle de la Contaduría, hasta el Cementerio General de Puerto Príncipe. Sepelio que constituyó una extraordinaria manifestación de duelo popular por la muerte, según Martí, “(…) de una de las almas más bravas y jóvenes de Cuba, uno de los que con más sensatez y honor nos ha ayudado en la fatiga de preparar la nueva era (…)”.
Algo repuesta de la pérdida del esposo, Concha continuó la labor secreta en apoyo a la revolución hasta que se produjo su arresto e internamiento en la Cárcel Nacional de Puerto Príncipe bajo la acusación de infidencia.
La prisión
Junto a ella y sin denunciar a sus compañeros del silencio, fueron igualmente llevadas a prisión Ángela Malvina Silva Zayas, María Aguilar Borrero, Gabriela de Varona Varona (La Golondrina), su pariente Juan de la Cruz Agramonte Boza, también José Morell Xiques y otros agentes o comunicantes.Luego, Concha y sus acompañantes fueron trasladados a la Cárcel de La Habana, en febrero de ese propio año, y de aquí remitidas a la Casa de Recogidas de Mujeres.
Meses después, por gestiones de familiares y de amigos, obtuvo el indulto del Gobierno hasta pasar a la emigración patriótica en los Estados Unidos, en compañía de su hija Emilia Sánchez, no obstante quedar en Cuba sus hijos Alfredo, Eugenio, Benjamín Calixto y Armando, quienes siguiendo al ex marqués de Santa Lucía Salvador Cisneros Betancourt integraban las filas del Ejército Libertador del Camagüey desde los primeros días de junio de 1895.
Ya en la ciudad neoyorquina Concha mereció las más diversas muestras de respeto y atenciones de parte de la Junta Revolucionaria Cubana, en especial de quien había estado todo el tiempo al lado de Martí, el camagüeyano Gonzalo de Quesada Aróstegui, también de parte de su coterráneo Fernando Figueredo Socarrás, y de Tomás Estrada Palma, así como de otros patriotas de la Mayor de las Antillas.
Fue en octubre de 1897 que la camagüeyana daría un estrechón de brazos a su hijo el General de Brigada Eugenio Sánchez Agramonte mientras este se daba a la tarea de proponer a la Junta de Nueva York el proyecto de expedición armada integrada fundamentalmente por patriotas de la Mayor de las Antillas, con el propósito de desembarcar en la isla de Puerto Rico para lograr su definitiva emancipación del colonialismo español, esperanza que alentaba el cercano triunfo de la independencia cubana. Concha dio su respaldo al proyecto que su hijo le comunicó cercano al oído.
De regreso a casa
Poco antes de finalizar la guerra hispano – cubano – norteamericana, Concha retornaría al Camagüey por la rada de Nuevitas, para, desde esa población costera proseguir viaje en compañía de sus hijos, hasta la finca San Rafael internada en el territorio de Najasa, controlado por las fuerzas mambisas, y ya allí apoyar las labores del hospital de campaña establecido en lo intrincado del monte, hasta que al conocerse el cese de las hostilidades regresaría a la ciudad de Puerto Príncipe, a residir en la casa marcada con el número 15 en la calle San Francisco, actual morada nro. 154 de Antonio L. Luaces, casi esquina a la de San Pablo o Torres Lasqueti.
No estaría mucho tiempo residiendo allí debido a que al desempeñar altas responsabilidades en la dirección de Salubridad del Gobierno de la República neocolonial, en 1902, Concha dejaría atrás el terruño natal y se iría a residir con sus hijos, nietos y otros familiares en la Ciudad de La Habana, urbe en la que integraría, desde el 10 de octubre de 1907, la Junta Patriótica de La Habana que encabezaban, entre otras relevantes personalidades, Salvador Cisneros Betancourt, Ana de Quesada Loynaz, Amalia Simoni Argilagos, Arelia Castillo y del Castillo, el General de Brigada Bernabé Boza Sánchez y el Coronel Francisco Arredondo Miranda; entidad centrada en dirigir todos sus esfuerzos políticos en salvar a la República de la dominación neocolonial yanqui.
En ese esfuerzo le sorprendió la muerte a la valiente camagüeyana, el 24 de agosto de 1922, que fue llevada hasta el Cementerio de Colón acompañada de enorme multitud a rendirle el último de los tributos ante el panteón familiar.
Su impronta
Cual testimonio profundo de pena por su desaparición física de tan amada hija del Camagüey, la poetisa camagüeyana Aurelia del Castillo escribiría a su hijo el General Eugenio Sánchez: “Cuando la existencia de Concha (…) entró en su largo período de pruebas, fue preciso admirar la dignidad, la fortaleza, con que se mantuvo en ella y de ella salió aceptando los sacrificios y aún humillaciones –que en gloria le resultaron- por amor a la patria y por amor de su familia”.
Modélico ejemplo de mujer, que vale tratar de imitarse, fue esa dignísima dama del Camagüey, que supo conjugar el amor a la patria con el amor al hogar. No hubo allí hijo traidor ni desleal a la casa fundada con tantos desvelos. Máximo Gómez diría con razón sobre esos productos del amor entre Francisco Sánchez y María de la Concepción Agramonte: “Los hijos de Pancho Sánchez son como mis hijos”.


