Del corazón de Gómez al corazón de Amalia Simoni.
A la viuda del Mayor Agramonte llegaron desde el Cuartel General en Najasa las primeras letras del Mayor General Máximo Gómez, el 9 de julio del año 1873; ocho días después de asumir el mando del Camagüey, tras serle asignada por el presidente Carlos Manuel de Céspedes, la honrosa tarea de reemplazo del querido jefe supremo de la región.
Se trató de la carta de pésame por la muerte en combate de su idolatrado esposo. La misiva sustantiva en sentimientos y consideraciones hacia la Simoni, como en ninguna otra, remarcaron la ética y la elevación de educación y cultura de un hombre dedicado por entero a la guerra de independencia de Cuba, no nacido en la Mayor de las Antillas.
A primeras líneas desbordaría Gómez esos sentimientos: «Honda ha de ser vuestra amargura, como es grande el dolor que el pueblo entero de la doliente Cuba experimenta por la irreparable pérdida del ciudadano benemérito que derramó en Jimaguayú su sangre generosa (…) Había caído para siempre el Jefe incontrastable, el maestro de todos en la guerra, el modelo del valor y la constancia, el que a sus nobles cualidades de guerrero y de patriota reunía las prendas de un caballero, el que era respetado como Jefe, el que era amado como amigo».[1]
En otro párrafo, como insuflando alientos a Amalia, destacaba el general dominicano-cubano: «Y su memoria, señora, será honrada, que no en vano se consagraron a la Patria años de afanes mil y de fatigas coronados por gloriosa muerte; y sus altas lecciones, su grandioso ejemplo, serán imperecederos, como será inmortal el nombre de Ignacio Agramonte y Loynaz».[2]
Días antes, precisamente, el 1ro. de julio, Gómez reseñaba en su Diario de campaña los detalles de su arribo al campamento mambí ubicado en la finca La Horqueta, donde encontró al brigadier Julio Sanguily, que le recibió con los requerimientos militares inherentes a su alto cargo y a su designación ahora al frente del Departamento militar del Camagüey.
Años más tarde, hallándose en su natal Montecristi, en 1891, volvería el general Gómez a escribirle otra sentida carta a Amalia Simoni, en la que le describiría recuerdos de aquél particular recibimiento suyo en tierra del Mayor Agramonte; misiva que habría remitido al Dr. Félix Figueredo Cisneros en Oriente.
En esa oportunidad, aludiendo a su idolatrado caído en Jimaguayú en 1873, confesaría con énfasis singularísimo: «¡Ah! Como no nos unió el Destino en el campo de batalla! Como nos hubiéramos completado quizás y quién sabe si yo lo hubiera hecho vivir para la Patria (palabra que destaca con inicial mayúscula) antes que morir para la Gloria».[3]
No caben dudas de que Gómez ya nunca más pudo desprenderse del vivo recuerdo y del paradigma del Mayor de los generales del Camagüey. Y los cubanos de hoy tampoco debemos desprendernos de ese espíritu que nos acompaña a todas partes, para guiarnos a por nuevas victorias frente a nuevos desafíos actuales.
[1] Juan J. Pastrana: Ignacio Agramonte y la revolución Cubana. Editorial Dorrbecker, La Habana, 1928, p. 501-502.
[2] Ob. cit.
[3] Juan J. Pastrana: Ignacio Agramonte. Documentos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 347.


