Por: Enrique Atienzar Rivero
Es primero de enero de 1959. Desde temprano en la mañana la algarabía se sintió. Batista huyó, Cuba dejó atrás años de dictadura y de crímenes horrendos contra más de 20 000 hermanos nuestros.
No había cumplido los 13 años cuando al mirar hacia la esquina de calle cuatro y A en el reparto Las Mercedes, veo a Oscarito quien había guardado bien el secreto.
Vestía el uniforme del 26 con su brazalete que sirvió de inspiración para muchos cubanos y cubanas que, en secreto, los fabricaban como modesto aporte a la lucha.
Fue en estos predios, antes del triunfo de la Revolución, donde en lo más alto de un poste apareció ondeando la bandera del 26, colocada por un revolucionario que respondía al nombre de Rafael López.
Tampoco olvido una vivencia de dos hombres que caminaban, en plena madrugada, cuando la soldadesca de Batista irrumpió a culatazos sobre el cuerpo de ellos, escena que con el triunfo quedo atrás.
El pueblo tomaba el poder definitivo, de los pobres y para los pobres en esta legendaria ciudad, cuna de Ignacio Agramonte.


