Cada mañana de camino al trabajo, al ver la casona de la Avenida de los Mártires, ubicada en la intersección con la calle Gonzalo de Quesada, hermosos recuerdos de mi infancia afloran a la memoria, a través de su abigarrada fachada puedo recordar al pianista sentado a la banqueta con sus manos en el teclado y el rostro feliz.
En ese inmueble, vivió durante el mayor tiempo de su vida, el compositor camagüeyano: Jorge González Allué, “el último de los grandes”, como le llamó en su libro Oscar Viña. Allí compuso sus más de 300 obras musicales, con las que viajó el mundo y siempre regresó a su Camagüey.
De mis evocaciones
Recuerdo que de niña, estudiaba en la primaria Grandes Alameda, que está justo frente a su casa, cada tarde después del deporte un grupo de niños entrabamos por el patio de su casa a tomar agua y comer pepinillos de una mata que ofrecía sombra al lugar , guiados por la invitación de su sobrina-nieta: Klaider.
En una cochera en el propio lateral de la casona, el artista siempre estaba sentado al piano, la imagen aflora con sus lentes oscuros y amplia sonrisa, nos llamaba con cariño para invitarnos a escuchar cualquiera de sus temas, lejos estaba de imaginar que ese viejito agradable era tan encumbrada figura de la música cubana.
Con los años supe que era el maestro Allué y creció mucho más mi admiración por él, por eso al conmemorar un nuevo aniversario de su natalicio; quiero rememorar su vida, para que las generaciones del mañana conozcan que en nuestro Camagüey también han crecido muchos de los Grandes.
Allué como padre y amigo.
Conversando con su única hija María del Pilar, conocimos del padre de familia que supo llevar la instrucción de su descendencia a la par del desarrollo musical.
Al evocar al autor de la Amorosa Guajira, Pilar asegura:
Tengo muy buenos recuerdos de mi papá, donde fuera con su combo siempre cargaba conmigo, al nacer mis tres hijos se encargó de enseñarles conceptos muy útiles para la vida, porque les decía que la instrucción debe ir aparejada a la educación. Para ello les enseño de música, de modales y de arte en general y con tanta paciencia. Por eso lo extrañamos tanto.
Otras personas que lo conocieron de cerca hablan con mucho cariño de sus dotes de maestro, es el caso de Luis Carlos Céspedes Fernández, director de programas de radio, quien tuvo la dicha de compartir importantes eventos junto al diestro pianista.
En esa amistad cercana pudo observar hasta las últimas horas de su vida, que Allué siempre conservó el oído intacto a pesar de sus 87 años, tenía su oído musical ileso y siempre dispuesto a ayudar a los jóvenes, otra de sus virtudes admirables fue sin dudas que supo ser el mejor amigo de sus amigos, hasta el final de su vida.
Lo dijo La Alondra
Una de esas amigas y alumnas del maestro, fue la Alondra Camagüeyana, Faustina Morán, quien bebió de la sabia de Allué para luego alzar su elegante vuelo musical.
Un tiempo antes de abandonar este mundo, Faustina me confesó que Allué fue maestro y gran amigo, contribuyo mucho a su carrera música, pues le enseñó a proyectar la voz y a tener mejor expresión escénica.
Siempre fue un caballero de mucho respeto, me dijo; muchos de mis éxitos del repertorio liricos él me los ayudó a montar, entre ellos figuran: Quiéreme Mucho, María Belén Chacón, Flor de Yumurí, María la O, además de casi todas las obras que canté en mis buenos tiempos de la Popular Santa Cecilia, donde debuté junto a su piano, y siempre con aquel cariño…
En los últimos tiempos
Regresamos a mis recuerdos… puedo verlo muy mayor, sentado al piano, ya en la sala del hogar, lugar donde actualmente entre las ruinas de lo que fue el portal y las piezas de un improvisado taller para bicicletas, reposa su amado Piano. Allí cada tarde acompañado de la nieta y esposa, con la sencillez que lo caracterizó en vida, regalaba sus últimas composiciones a todo el que pasara y quisiera disfrutarlas.
Por toda la gloria que mereció el maestro Jorge González Allué y que no recibió totalmente en vida, no puedo dejar de conmoverme al pasar cada mañana por su vieja casona en la barriada de La Vigía, una y otra vez creo escuchar su piano ahora con menos afinación, pero sin dudas son los acorde de su Amorosa Guajira, obra musical que lo inmortalizó a nivel mundial, entonces sopla el viento y puedo sentir la ovación de su público, esa con la que sólo se despide a “los Grandes.”


