A correr el san Juan

Foto: Adelante/Archivo
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La cultura en la base del festejo.

Ocurrió en el año 1532 cuando el gobernador de la Mayor de las Antillas don Manuel de Rojas después de rendir viaje desde la villa de Sancti Spíritus, al llegar a la de Puerto Príncipe en su nuevo nodo fundacional, ubicado entrerríos Hatibonico y Tínima, referiría: «[…] día de fiesta vi que se mudaron en casa de Francisco Velásquez todas las mujeres casadas y honradas a holgar y merendar como algunas veces lo hacen las doñas de aquella villa [España], unas con otras, y se halló allí presente el señor Manuel de Rojas, las cuales por le hacer fiesta como persona recién venida á aquella villa le rogaron que merendase allí con ellas, el cual le aceptó por las hacer placer […]»[1]

A la sazón unos 120 españoles, aborígenes y negros africanos, componían el poblado rústico, en cambio parecían hallarse entre los vecinos hispanos algunos con determinadas capacidades intelectuales y dados a festejar, sobre todo entre las “doñas”. Como quiera, esa incipiente muestra de relieve intelectual, llamémosle “cultural”, resultaría significativa para descubrir en el decurso del proceso de gestación del etnos regional matices no despreciativos de sociabilidad, celebración y de pensamiento.

Una centuria después, exactamente, las Fiestas de San Juan (24 de junio) y San Pedro (29 de junio) tomarían mejor cuerpo. Así se sabe que tras el proceso judicial librado por el señor oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo el 24 de agosto del año 1607, proceso instruido contra alrededor de 200 traficantes en la villa principeña, cifra para nada despreciable de atenderse, entre los acusados los habría integrantes del cabildo, curas de las iglesias, algunos escribanos, oficiales de milicia y españoles de “apellidos destacados”.

No obstante, para evitar un escándalo mayor que llegase a la mismísima Corona, le sería conferido el perdón Real a los implicados ante la imposibilidad de juzgarse y encerrarlos a todos en los dos calabozos construidos en el edificio del Cabildo. A seguidas, informados los infractores por la buena nueva, la emprendieron con grandes festejos entre griterías y comparsas.

En esa oportunidad, el alcalde ordinario, regidores, el alférez mayor, el alguacil mayor, el teniente tesorero, el escribano público y de cabildo, seguidos de vecinos, arrollaron por las calles de la villa tras una comparsa de instrumentos músicos. Y aunque nada fue revelado sobre la casi segura presencia de negros, mulatos e indios, residentes entre los europeos, no es desdeñable suponer que en tales circunstancias de excesivo júbilo, aquellos se involucraran llegando a compartir por vez primera entre el jolgorio, mezcla de sudor y cultura favorecedora de integración de etnos y de pueblo a la larga.

El san Juan y san Pedro.

El festejo iniciaba en la primavera frente a la plaza y puerta principal de la Iglesia Mayor, tras el pregón a viva voz por el “negro Pedro sobre su caballo”. Fiesta que dieron animosidad al poblado y mayor aliento cultural para el siguiente año.

De modo que concluidas las ventas de cueros y ganados con destino al mercado fuera de la Isla o de contrabando, que nunca parecía acabar; hacendados, comerciantes, peones y trabajadores del campo pasaban a la villa a expender el excedente comercial de esas producciones y a derrochar dineros. Fue así que el festejo se revestiría de un carácter profano ajeno a las celebraciones católicas dedicadas a los santos patronos San Juan Bautista y San Pedro, que los españoles homenajeaban en el interior de las iglesias o en alguna que otra casa en barrios de la villa.

Cabe destacar que desde la puerta de los Terceros de la ermita de San Francisco de Asís y posteriormente de la nueva iglesia de su mismo nombre, saldría el recorrido para el homenaje al San Juan Evangelista bíblico. Afuera, la multitud recorrería la calle de ese mismo nombramiento, para adentrarse en la del Calvario (de Jesucristo) hasta su culminación ante la ermita de Nuestra Señora San Ana.

Por su parte, la calle San Juan quedaría ocupada por gente venida de las quintas y haciendas próximas a la villa, a presenciar la “Corrida de los caballos, como mismo en la España feudal”, que no eran más que cabalgatas que darían nombramiento al tramo de calle con salida al camino de Puerto Príncipe a Nuevitas.

De modo que lo que comenzara con la celebración religiosa hispana del Corpus Christi introducida por los primeros “hidalgos” provenientes de Santo Domingo o directamente del Reino, pasaría a ser un festejo profano coincidente con el período de cosecha y expendio de productos y derivados de la actividad pecuaria.

Adentrado el siglo XIX “cabalgatas y comparsas” recorrían las calles principeñas, iniciándose el jolgorio en la tarde del 24 de junio ante la Iglesia Mayor y su plaza frontal para tomar hasta la de San Juan de Dios, y ya allí tras el saludo a Nuestra Señora de la Asunción, dirigirse todos a la plaza de San Francisco de Asís, para desde aquí por la calle San Juan dirigirse a la Parroquia de la Soledad, pasando a la de la Merced y de esta a la Plaza Mayor; donde el teniente gobernador en el palco adornado con colgaduras y ramajes aguardaba por el paseo.

A partir de ese instante del 24 de junio y hasta el 29 el pueblo se confundía en una masa de colores, música y divertimento a…Correr el san Juan camagüeyano.

[1] Archivo General de Indias (AGI), Fondo Patronato, Nro. 177, Ramo 17, Documento 1.

 

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