Por: Raúl de Jesús Cristovo Curbelo
Nació en Puerto Príncipe, Camagüey, el 10 de junio de 1842. Era la mayor de dos hermanas de una familia acomodada, fruto del matrimonio del médico José Ramón Simoni y Manuela Argilagos. Sus padres, no estuvieron conformes inicialmente con su relación con Agramonte, dadas sus insuficientes riquezas materiales.
Ante la inicial oposición paterna, la situación se pone tensa, por lo que Amalia le dice en una ocasión: “No te daré, papá, el disgusto de casarme contra tu voluntad, pero si no es con Ignacio, con ninguno lo haré”. Luego los enamorados se casaron en la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, el 1 de agosto de 1868.
Un amor sin igual
Pronto Ignacio va a la manigua, el 11 de noviembre de 1868, para luchar contra el colonialismo español. El primero de diciembre, la familia Simoni decide abandonar la casa-quinta de Puerto Príncipe y trasladarse a su finca La Matilde, ya que en la ciudad estaban señalados por las autoridades coloniales, porque los dos yernos del doctor Simoni, Ignacio Agramonte Loynaz y Eduardo Agramonte Piña, eran líderes de la insurrección.
Cuando la vida de campaña lo permitía, La Matilde resultaba un sitio de amor para la pareja. En este lugar nació el primogénito, Ernesto, el 26 de mayo de 1869; al cual su padre llamaría cariñosamente “Mambisito”. Pero la situación se complica por la cercanía de las operaciones enemigas. Por eso, Agramonte, decide trasladarlos a la finca San José de los Güiros, donde estableció un sitio que nombró El Idilio, en las proximidades de la serranía de Cubitas.
Tiempo después llega la separación definitiva; cuando celebraban el primer cumpleaños del niño, se anunció la inminente llegada de una columna española. Lo último que le escuchó decir Amalia a su marido fue: “La esposa de un soldado tiene que ser valiente”.
Una dura separación
Arrestada por las fuerzas españolas, le demandan que le envíe una carta a su esposo para que abandonara la lucha, a lo que responde: “Primero me dejo cortar una mano antes que escribirle a mi esposo para que sea un traidor”.
Al hacerse insostenible su permanencia en Cuba, emigra a Nueva York, donde nace su hija Herminia, a la cual su papá no pudo conocer, pues el 11 de mayo de 1873 cae en combate en los potreros de Jimaguayú el Mayor General Ignacio Agramonte.
Amalia conoce de la caída en combate de su amado en Mérida, Yucatán. Apenas 11 días antes, le había exigido más prudencia en el combate al escribirle:
“Cuantos vienen de Cuba Libre y cuantos de ella escriben aseguran que te expones demasiado y que tu arrojo es ya desmedido. ¡Ah! Tú no piensas mucho en tu Amalia, ni en nuestros dos ángeles queridos, cuando tan poco cuidas de una vida que me es necesaria, y que debes también tratar de conservar para las dos inocentes criaturas que aún no conocen a su padre.”
Ignacio nunca recibió esta carta. Cuando Amalia conoce del triste suceso enferma de gravedad, pero sigue luchando por su vida y por la Patria. Al concluir la guerra en 1878 regresa a Puerto Príncipe, pero en 1895 estalla la nueva contienda, organizada por Martí, y el gobierno colonial prácticamente la obliga a emigrar.
Fiel a sus principios
Al finalizar la guerra, se opone tenazmente a la intervención yanqui y a la Enmienda Platt. Le ofrecen ayuda económica por ser la viuda de El Mayor, pero la rechaza al expresar: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”.
El 24 de febrero de 1912 devela en el principal parque de la ciudad de Camagüey, antes Puerto Príncipe, una estatua ecuestre de Agramonte, hecha por colecta popular.
Cuentan que el monumento estaba envuelto en una enorme bandera cubana y una anciana venerable tira del cordón que anudaba el pabellón de la estrella solitaria. Brilla al sol el bronce, y la mujer, conmovida, se desmaya; tanto era el parecido de aquella estatua con su amado. Aquella anciana era Amalia, la viuda de El Mayor, quien más allá del tiempo y de la muerte, tiene allí a su Ignacio idolatrado.
Poco tiempo después regresa a su casa habanera. Años más tarde, la noche del 23 de enero de 1918, se reclina en un sofá mientras le pide a la hija Herminia que toque en el piano una de las melodías preferidas de su juventud. Al parecer, tras años de tanta angustia y dolor, y de vivencias imborrables, su corazón deja de latir en medio del sosiego que le provocaban las tiernas y nostálgicas notas de Chopin. Así, con 75 años, moría Amalia Simoni.
Bibliografia
Aurelia del Castillo: Ignacio Agramonte en la Vida Privada. Editora Politica, La Habana,1990.
Elda Cento Gómez, Roberto Pérez Rivero y José María Camero Álvarez: Para no separarnos nunca más. Cartas de Ignacio Agramonte a Amalia Simoni. Editora Abril, 2009.
Archivo Histórico Provincial de Camagüey, Fondo Protocolos Notariales, Arturo Roca, Junio a Diciembre de 1912, pp.327. Acta Notarial de entrega por parte del Ayuntamiento de Camagüey del Monumento a Ignacio Agramonte.


