Ana Betancourt de Agramonte, la voz entre los héroes

Foto: Archivo OHCC
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Por: Raúl de Jesús Cristovo Curbelo

Nació en Puerto Príncipe, Camagüey, el 14 de enero de 1833 y por su condición de haber nacido en una familia acaudalada, le fue factible recibir una educación pragmática como correspondía a las mujeres de la época, sobre bordados, tejidos, cocina, y atenciones hogareñas.

Ya una vez mayor de edad conoció al joven Ignacio Mora de la Pera, proveniente también de una ilustre familia de abolengo, con quien contrae nupcias el 17 de agosto de 1854, en la Iglesia de la Soledad. Por iniciativa de su esposo no solo se ocupa en los quehaceres domésticos, sino que tambien amplía sus conocimientos. Gracias a esto y a su dedicación a los estudios, pudo aprender inglés y francés, y alimentar su espíritu con rica literatura.

En el contexto independentista

Después del alzamiento de los camagüeyanos el 4 de noviembre de 1868, su casa se convirtió en un foco de revolución, donde se depositaban armas y pertrechos que luego eran enviados a la manigua; también se hospedaban los emisarios que se dirigían a Camagüey desde Bayamo, Las Tunas y Manzanillo. Escribía las proclamas que se distribuían al pueblo y a las tropas. Un mes más tarde, la persecución de los españoles la obligó a abandonar su casa para unir su suerte a la de su esposo, en la manigua.

El 14 de abril de1869, en Guáimaro, defendió el derecho de la mujer a ser reconocida como igual y a que se le permitiese luchar por la libertad de su patria, cuando expresó:

“Ciudadanos: la mujer cubana en el rincón tranquilo y oscuro del hogar esperaba paciente y resignada esta hora sublime, en que una revolución justa rompe su yugo, le desata las alas… Todo era esclavo en Cuba: la cuna, el color, el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna, peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya, habéis emancipado al siervo. Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar”.

Según testigos presenciales y aunque Ana no estuvo presente en las sesiones de la propia Asamblea, Guáimaro vitoreó su arenga y el presidente de la República en Armas recién electo, Carlos Manuel de Céspedes, se le acercó y la abrazó mientras le decía las siguientes palabras: “El historiador cubano, al escribir sobre este día decisivo de nuestra vida política, dirá cómo usted, adelantándose a sus tiempos, pidió la emancipación de la mujer”. Céspedes también le dijo que ella se “había ganado un lugar en la historia”. Reconocimiento más que digno y representativo para el arranque y la virtuosa intervención de Ana Betancourt en los días luminosos de Guáimaro”. Tenía razón Céspedes, el historiador cubano no ha dejado en el olvido las palabras de aquella extraordinaria mujer, y sería imposible hacerlo.

En la emigración

El 9 de julio de 1871, estando junto con su esposo en Rosalía del Chorrillo, fueron sorprendidos por una guerrilla enemiga. Gracias a una estratagema logró que su esposo salvara la vida; pero ella cayó prisionera debido a que una crisis de artritis en las piernas, le impidió huir. La mantuvieron tres meses bajo una ceiba, a la intemperie, en la sabana de Jobabo, como cebo para atraer al coronel Ignacio Mora. En esas condiciones tuvo que soportar hasta un simulacro de fusilamiento.

Habiendo enfermado de tifus, el 9 de octubre de 1871, logra deshacerse de sus captores y dirigirse a La Habana, desde donde salió hacia México, para poco después se radicarse en Nueva York.

En 1872 visitó al presidente de EUA, Ulises Grant, para que intercediera a favor del indulto de los estudiantes de medicina, presos por los sucesos de noviembre de 1871. En ese mismo año pasó a residir en Kingston, Jamaica, donde en noviembre de 1875 recibió la noticia del fusilamiento de su esposo. Regresa a Cuba, pero la pérdida la hace sufrir de forma espantosa.

El 23 Junio de 1886 plasma ante Juan Ronquillo, Notario Público de la Real Audiencia, su acto de última voluntad; pidiendo en este ser enterrada en el Cementerio General y que se le den además las tres misas de alma, cediendo además sus posesiones a favor de sus hermanos y designándolos sus albaceas, para que se encargaran de realizar los menesteres relacionados con su muerte.

En 1889 marchó a España y en junio de ese año comenzó a copiar el diario de Ignacio, que se mantenía en posesión del General de Brigada español Juan Ampudia; siendo esta una de las últimas acciones que realizaría en vida, pues a la edad de 69 años contrae una bronconeumonía fulminante, que le produce la muerte, el 7 de febrero de 1901.

Bibliografía

De Quesada, Gonzalo, Ignacio Mora, Imprenta América, Nueva York, 1894.

Sarabia, Nydia: Ana Betancourt, La Habana, 1970.

Archivo Histórico Provincial de Camagüey, Fondo Protocolos Notariales, Juan Ronquillo, Junio a Diciembre de 1886, pp.1068.

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