Cambios en la toponimia urbana.

Foto: Cortesía del auor
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Nos separan pocos años de efectuarse los primeros reemplazos de la toponimia de origen hispánico y espontánea por la regional-camagüeyana. No sólo se trató de un asunto del “oficialismo” de la época. Los cambios iban en calado más profundo, tratándose del reforzamiento del etnos regional-nacional y de la identidad. De la patria nostra para los cubanos.

Comenzar por  los hitos estructurantes.

Al cese de la soberanía española y del retiro de la norteamericana en la ciudad aun nombrada Puerto Príncipe, comenzaron a suscitarse la mayoría de los cambios previamente cabildeados y decididos por el ayuntamiento local, en suma, cambios que en materia de identidad regional y de la toponimia estaban encaminados al reforzamiento de la nacionalidad, diríase, del etnos insular cubano.

Por ese proceder los hitos estructurantes primigenios de la villa histórica dejaron de ser llamados por la mayoría, lo que no resultó difícil, Parque Ignacio Agramonte Loynaz, en sustitución de sus antiguas denominaciones de Plaza Mayor, Plaza de la Constitución, Plaza de la Reina y Plaza de Armas. El nombre del héroe epónimo del Camagüey no tenía paralelos. Hacía mucho que había calado hondo en la memoria colectiva regional y lugareña, desde antes de su caída mortal por la libertad cubana en el potrero de Jimaguayú, el fatídico 11 de mayo de 1873.

Para más, miembros aún había en el ayuntamiento que llevaban enlazado sus apellidos a los de la familia del ilustre abogado y batallador.

Enero y febrero en la naciente república neocolonial fueron meses de loables iniciativas para nombrar espacios públicos, erigir bustos y estatuas y nombrar calles con nombres de próceres y luchadores de la epopeya emancipadora de los 30 años.

Por si resultase poco, la antigua calle de san Diego, que naciera en el siglo XVI en la plaza de la ermita de San Francisco de Asís y corriera hacia los terrenos cultivables o ejidos de la villa principeña, en lo adelante fue nombrada José Martí, en justo y merecido tributo patriótico al Maestro, creador del Partido Revolucionario Cubano e iniciador de la gesta liberadora de 1895, por la que ofrendara su vida impar.

Véase el simbolismo, “Parque Ignacio Agramonte”, y una de las calles que le bordeaban “Martí”, por demás, el esposo de la camagüeyana Carmen Zayas-Bazán y padre de Pepito Martí, quienes estarían en el lugar al dejarse inaugurado el conjunto ecuestre monumentario dedicado al Mayor Agramonte, el 24 de febrero de 1912.

Y si se busca otro hito, ese resultó el reemplazo del antiguo nombre de la Patrona Titular de la villa La Candelaria por el de La Independencia, que todavía lleva. El Parque y las calles aledañas, como la nombrada Cisneros, por haber nacido en una de sus casas el Marqués y presidente de la Cámara de gobierno en la República en Armas en 1869 Salvador Cisneros, fue otra de los tributarios del resignificado patriótico regional-nacional del corazón fundacional del Camagüey.

No fue asunto “oficialista”, como llamaron algunos en las décadas de república sometida a intereses norteamericanos en Cuba.

Toponimia maceista contra el racismo.

Demoró pero llegó la aprobación por el gobierno regional para que fuese nombrada la antigua Plaza san Francisco de Paula Plaza “Antonio Maceo”, y con ella el recambio de dos tramos de la histórica calle san Pablo o de El Comercio, por el glorioso del Titán de Bronce mayor general Antonio Maceo. No hubo rechazos en el consistorio.

Fue revolucionaria iniciativa del Consejo Territorial de Veteranos de la Independencia, de sociedades de Instrucción y Recreo, de la Sociedad “Bernabé de Varona Borrero”, estas y otras encabezadas por la Sociedad “Antonio Maceo”;  gestoras de la fundición del busto broncíneo al Coloso oriental y de su emplazamiento en ese espacio de la ciudad, donde mismo fueran construidas las “Casas Capitulares”, que cobijaran a las estructuras del poder discriminador y esclavizante colonial.

Ese día inaugural del busto al héroe, en representación de los negros y los mestizos y del pueblo humilde de camagüeyano, Francisco Guillén Batista aludió a las virtudes de Maceo. El presidente de la república no vino a escuchar sus emocionadas palabras ni las de otros oradores del acto. Pero Camagüey se bastó para ponderar los méritos de insigne batallador que, en marzo de 1878, extendiera su potente brazo para rechazar la claudicación sin independencia y sin libertad al representante del imperio español y señalarle su defensa del inquebrantable principio de independencia o muerte.

Muy cerca de la Plaza Maceo, cruza la calle que lleva el nombre del General en Jefe del Ejército Libertador Cubano, del que Maceo fuera su subalterno y leal amigo, Máximo Gómez.

La toponimia urbana citadina no es caprichosa voluntad de los pueblos y de sus gobernantes. Se funde con la historia, la cultura y la vida misma de los héroes.

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