Contó José Martí con hombres esenciales para dar impulso y continuidad a la gesta definitiva de la Guerra de Independencia de 1895. Entre esos leales, compartió planes y tareas con el camagüeyano Fernando Figueredo y Socarrás.
Escribió Gonzalo de Quesada y Aróstegui.
«Una mañana de febrero de 1868, los Estudiantes del Instituto Renselaer Politechnic deTroy, echaron de menos en las aulas a que nunca faltaba, a uno de los condiscípulos más populares e inteligentes de la de la institución, a un cubano, a quien solo faltaban tres meses para grado de ingeniero civil.
Fernando Figueredo Socarrás había abandonado la ciudad, los esfuerzos de sus compatriotas para convencerlo de que concluyese su carrera fueron en vano. Su contestación había sido: (…) mis padres indican en sus cartas; en Cuba va a estallar la revolución; nosotros debemos estar en nuestro puesto; mañana salgo para Nueva York; yo estaré en Bayamo (…)»[1]. Ciudad natal de su padre Fernando Figueredo y Téllez quien, al decir de Martí, poseía “alma fina y caballerosa”[2]. Lo que aquilata la esmerada enseñanza hogareña en que fuera criado desde niño Figueredo Sacarrás.
Continúa el Secretario de Martí: «El 18 de octubre de 1868 entró Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo a la cabeza de las fuerzas libertadoras; en medio de la multitud que acudió a alistarse se destacaba Fernando Figueredo Socarrás (…), que, erguido como un militar, montaba brioso corcel (…), pero muy pronto el Libertador lo llamó a su lado, honrándole en el puesto de secretario privado (…), de ayudante y jefe de estado mayor, y secretario del Consejo de Gabinete del Presidente. Hasta el día mismo de la deposición de Céspedes (octubre de 1872) no se separó Figueredo del caudillo».[3]
Lucía Figueredo insignias de coronel, cuando fue remitido al mando del jefe de oriente, el mayor general Calixto García Íñiguez, pasando a desempeñar el puesto de jefe de estado mayor de la segunda división del primer Cuerpo de Ejército. En ese puesto al decir de Quesada, “Figueredo combatió con serenidad y valor”. Aprobado su pase a las Villas para integrar el contingente invasor junto al mayor general Máximo Gómez, mientras transitaba por el Camagüey, Figueredo sería designado secretario del Consejo de Gobierno de la República en Armas. Desempeño legislativo que llevaría a la par de la dirección de las acciones combativas.
Sabida la noticia de la paralización de la guerra con motivo de la Paz del Zanjón acordada en el Camagüey, el mayor general Antonio Maceo lo llamaría a San Agustín del Cauto para allí darle a conocer su intransigente posición respecto al pacto y con oficialidad escogida y Figueredo, le acompañaran a la conferencia que sostendría en Mangos de Baraguá con el capitán general Arsenio Martínez Campos, el 14 de marzo de 1878. La postura de Maceo en nada coincidía con la de los pactantes del Zanjón. No habría paz mientras Cuba no obtuviera la independencia, libertad y soberanía de España. Altivo Maceo, Figueredo y el cuerpo de oficiales que rodeaba a los dos conferencistas, propusieron la continuidad de la guerra.
A resultas entre los integrantes del gobierno provisional formado para acordar la nueva constitución republicana que regiría en lo adelante, Figueredo desempeñaría su secretaría y cuya presidencia correspondería al mayor general Manuel Titá Calvar. Vendrían venturas y desventuras. Finalmente la guerra agotaría sus posibilidades de éxito, el gobierno provisional sería disuelto, a pesar de que el general Maceo resistía con un puñado de valientes.
Puesto sobre la proa del vapor que lo llevaría a Santo Domingo, Figueredo abrazaba a su esposa Juanita Antúnez y a su hijo, sin dejar de mirar fijamente la costa cubana. Llevaba lágrimas en sus ojos. Era 28 de mayo de 1878. En tierra hermana de Cuba estuvo la familia hasta 1881, para poner rumbo a Tampa, Cayo Hueso. Allí levantaría morada bonita pero modesta, que sería visitada por los emigrados cubanos. Allí les inculcaría a sus nueve hijos el amor a la patria natal, mientras se le oiría cantarles el Himno de Bayamo. Allí reforzaría a mistad con los héroes de la contienda del 68.
Hasta esa iría José Martí[4]. No sería a parlar de asuntos triviales de la sociedad norteña. Sino a nombrarlo delegado del Partido Revolucionario Cubano en la Florida. Poco después, en 1892, en una carta suya a Figueredo comentaría: «Ayúdeme de allá con la discreción. Por eso apuro el manifiesto en inglés».[5] Ya Figueredo se había comprometido en dar apoyo a la nueva etapa de lucha por la definitiva independencia y libertad de la Mayor de las Antillas.
Según se traduce del párrafo final de la misiva, Martí departió en repetidas ocasiones con la familia del camagüeyano, al punto de resaltar en el papel, “las muchas noblezas en la propia casa de Ud”.[6] Tal era el profundo respeto y admiración que sentía por el amigo leal. Y jamás defraudaría su memoria Fernando Figueredo Socarrás, dado que en la guerra promovida por Martí, alcanzaría el grado de general de brigada del Ejército Libertador.
[1] Gonzalo de Quesada: Páginas Escogidas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1968, pp. 211-215.
[2] José Martí: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. Tomo 20, La Habana, 1975, p. 514. Ese elogio martiano figura en una nota suya escrita en Nueva York, con fecha del 27 de julio de 1893. A esa “alma fina” se uniría en matrimonio otra alma purísima camagüeyana, Tomasa Socarrás y Varona. Unión a la que le nacería el Fernando María Figueredo y Socarrás, el 8 de enero del año 1846.
[3] Gonzalo de Quesada: Páginas Escogidas. Ob., cit., p. 212.
[4] Martí arribaría a Tampa la noche del 25 de noviembre de 1891, invitado por el presidente del Club “Ignacio Agramonte” Néstor Leonelo y Carbonell y por la Liga Patriótica, en ocasión de una fiesta de carácter cultural y política. Al día siguiente Martí pronunció el discurso Con todos y para el bien de todos. Y el 27 de noviembre su vibrante pieza oratoria Los pinos nuevos.
[5] José Martí: Obras Completas, t. 2, Ob., cit. p. 84-85. Se trataba de la redacción de la documentación del Partido Revolucionario Cubano. En inglés para no ser descubierto por los agentes españoles. Nuevamente en el mes de agosto, Martí le comentaría haber venido a “este silencio del mar”, es decir del Cayo, “a poner en junto los últimos hilos del trabajo de estos días”, en clara referencia a la creación del Partido Revolucionario Cubano.
[6] En otra de las referencias martianas destaca: “y a su casa me apegaba, como un hijo a la madre”, (José Martí: O.C., t.1, p. 294). Bernardo Figueredo Antúnez escribiría, que en 1893, en una de las visitas de Martí a la casa de Tampa su padre Fernando Figueredo, sentado al piano, tocaría para el recién llegado el Himno de Bayamo, que cantarían los ocho menores del hogar, cosa que a Martí lo emocionó mucho. Luego le obsequiaban anones y agua de coco, lo que le complacía mucho.


