El cagüeiro

Foto: Tomada de internet
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Pedro Viamontes se jactaba de ser el único cagüeiro de la jurisdicción de Santa María del Puerto del Príncipe.

Mucha gente le decía que no podía ser el único, pero él lo ratificaba a los cuatro vientos, ensombrecido por la vanidad y sus experiencias de haberse transformado en lechuza, murciélago, árbol, arbusto, piedra, calabaza y yuca; y luego volver a su estado natural.

Esa es la facultad del cagüeiro, la de adquirir otra imagen, lo cual es muy oportuno para escapar de cualquier peligro.

Bernardo residía en la Villa y trabajaba como montero en una finca cercana, propiedad de Baltasar Gutiérrez, aficionado a la caza de puercos jíbaros, abundantes en la zona.

Le había revelado al dueño su capacidad de cagüeiro y de sus múltiples transformaciones, así como lo bien que resultaba esa facultad.

Baltasar le hizo una propuesta para la próxima cacería: convertirse en jíbaro, para introducirse en la piara y conducirla a la proximidad de los tiradores escondidos.

El hombre dudó de aceptar la encomienda, pues nunca se había transformado en puerco, y tampoco jamás se había puesto ante cañones listos para abrir fuego.

–¿Y si me matan?, preguntó Pedro.

–Nadie te matará, te metes entre los puercos y los convidas a seguirte hasta cerca de nosotros, y cuando yo levante un brazo, te fugas a prisa por uno de los lados y así los disparos no te cogen.

–Bueno, está bien, ¿pero y lo otro?

–¡Ah, lo otro, sí, lo otro!, exclamó Baltasar y dejó en una mesita a su lado una bolsa con monedas.

Al siguiente día quedó organizada la partida: el propietario de la hacienda y cinco monteros, todos bien armados.

La mañana estaba sombría, toda nublada, y una bandada de auras devoraban los despojos de un toro negro.

Descubrieron a la piara mientras se hartaba con frutos maduros en un mangal.

–Dale, le ordenó Baltasar, y enseguida Bernardo cobró la imagen de jíbaro.

Con sus artimañas se convirtió en el nuevo guía de la manada y la condujo rumbo a los arbustos tras los cuales estaban los cazadores.

Cuando ya los animales estaban a distancia de tiro efectivo, Baltasar alzó el brazo derecho para que escapara el hombre-jíbaro, pero él, con su inexperiencia porcina, no vio la seña y sonó la nutrida descarga.

Entre los muertos estaba Pedro, quien enseguida recobró su estado natural.

En una tarde ligeramente lluviosa lo llevaron a sepultarlo a la Parroquial Mayor, el cura indagó por la causa del fallecimiento y recibió una minuciosa información de lo ocurrido.

–¿Brujerías para convertirse en animal? No, no… y además murió como puerco y aquí solo enterramos a personas.

No pudieron convencerlo y el cadáver estuvo casi listo para que se lo comieran las auras, pues el cura envió a varios acólitos para que dijeran en los demás templos lo sucedido, para no aceptar el enterramiento.

Baltasar encabezó una comitiva para devolver el cuerpo a su hacienda y mandó a sepultarlo en el mangal.

Nunca olvidó a Pedro Viamontes, el hombre que fue un experimentado cagüeiro, pero que no supo ser inteligente cuando se convirtió en cerdo.

(Pedro Viamontes vivió en el siglo XVIII en Santa María del Puerto del Príncipe. según un documento eclesiástico).

(Relato tomado del libro inédito De lo que fue y puso ser en Santa María del Puerto del Príncipe).

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