El pirata francés Jean Lafitte estaba ansioso y apesadumbrado.
Desde los 14 años de edad andaba enrolado en correrías marítimas y no resistía estar encerrado en el hospital de San Juan de Dios, de Santa María del Puerto del Príncipe…lejos del mar, en medio de una inmensa llanura mediterránea.
Fue apresado en 1805 en Santa Cruz del Sur,– en la época tardía del corso y la piratería–, tras una escaramuza que impidió la pretensión de una nueva fechoría, y fue trasladado herido al centro de salud.
Allí era paciente y prisionero, y el tribunal esperaba a su restablecimiento para juzgarlo y con seguridad condenarlo a muerte.
De forma permanente un guardia lo custodiaba delante de la puerta de una pequeña habitación, donde permanecía separado del resto de los ingresados.
Su pierna derecha mejoraba de una gran herida y fractura, y con frecuencia se asomaba, caminando lentamente, a la ventana balaustrada para al menos observar a la plaza y a la gente.
Diariamente veía a una hermosa vendedora de flores, la cual era integrante de la oleada de comerciantes apostados en el área, en la cual había un abrevadero de hierro, de dos depósitos, para caballos.
En extremo sociable, conversaba mucho en su buen español con la mujer que todos los días limpiaba el cuarto.
Lafitte cantaba viejas melodías folklóricas de su natal Vasconia francesa, era un excelente bailador y gran bebedor de vino de Borgoña.
Cada vez que el guardia le llevaba la comida conversaba amigablemente con él, y poco a poco fue surgiendo una mutua empatía.
Lafitte, quien comenzó sus fechorías en la etapa tardía del pillaje marítimo en América, lo captó con mucha capacidad y lo convenció de que lo ayudara a escapar, e irse ambos fuera de Cuba.
En una noche sin luna se fueron sigilosamente los dos y el corsario dejó las muletas sobre la cama, lo que fue interpretado como una burla.
Parecía increíble, pero no le habían quitado la bolsa del dinero, y hablaron con un boyero que los trasladó al embarcadero de La Guanaja. Allí tomaron uno de los veleros que hacían la travesía hacia Santo Domingo y el siguiente destino correspondió a los Estado Unidos de América.
Lafitte fundó en ese país una colonia pirata denominada Barataria, en la desembocadura del Missisipi, y el Consejo Supremo de la República de Texas le concedió el cargo de gobernador, además de obtener igual responsabilidad en Galveston.
Lafitte cambió de vida.
Conoce a Carlos Marx y a Federico Engels, y envía el Manifiesto Comunista a Abraham Lincoln, quien fuera después presidente de los Estados Unidos de América.
(Diversas informaciones históricas refieren la vida sinuosa del pirata francés Jean Laffite, incluido su cambio de vida).
(Relato tomado del libro inédito De lo que fue y pudo ser en Santa María del Puerto del Príncipe).


