Siempre que comienza noviembre, no puedo dejar de recordar un hecho histórico repudiado por todos los cubanos, ¡y qué digo cubanos!; creo que nadie que tenga un ápice de raciocinio, logre pasarlo por alto, y no rechazarlo.
Desde luego, me refiero al día 27 de aquel fatídico año en que, se puede decir, por un juego de azar murieron injustamente ocho jóvenes estudiantes, cargados de sueños, de amor y de ilusiones a manos de alguien que, con sus crueles decisiones, truncó la vida no solo de ellos, sino las de sus familiares y hasta del propio pueblo de esta Isla -que sufrió, y aún lo hace, el luto por tan horrendo crimen.
Año tras año, lo recordamos. Hasta una película se ha hecho para que el mundo conozca y valore aquella historia que un día tuvimos que vivir; y para que las generaciones actuales aquilaten la necesidad de ser cada día mejores patriotas, más cubanos y defensores de nuestra identidad.
En esta ocasión, el homenaje será muy profundo, pues se ha escogido el día para efectuar una de las acciones más importantes que democráticamente se realizan en Cuba: la votación para elegir a los delegados que nos representarán en el órgano municipal de Gobierno.
¡Gloria eterna para esos muchachos honestos y valientes! que entonces pretendieron ser médicos y, tal vez, hubieran hecho grandes aportes a la ciencia, como lo hacen los actuales que se distinguen siempre en cualquier lugar donde se encuentren por ser excelentes profesionales y personas, dignos de halagos y regocijo de esta Patria, que eternamente los contempla orgullosa.


