Con la rememoración de las fechas históricas nuevas vivencias llegan a mis manos a través de sus protagonista y la manera en que recibí la que hoy les cuento, me conmueve, sobre todo porque la escuché contar a mi abuela muchas veces, pero hoy me llegó sobre papel ; que en estos tiempos de tecnología resulta sorprendente porque ya pocos usan la vía tradicional para escribir.
En otras crónicas les he acercado a la participación de mis abuelos maternos, Jaime y Cuca, en las acciones del movimiento 26 de julio; muchas veces las partes de una bomba, balas y proclamas revolucionarias se escondían en los más diversos sitios de su casa o del almacén de su pequeña bodega.
Muy cerca aún de la efeméride del Moncada, complazcoa mi tía Marisol Socías, la estrella de este relato, quien me pidió compartirlo y tal como me lo envió, allí se los brindo.
El hombre del sombrero gris
Siempre quise contar esta historia, pero tal vez, por lo lejana en el tiempo, pudiera parecer una fantasía de mi infancia. Faltando a la modestia, porque disfruto de buena memoria, la a voy a narrar como sucedió…
Corría el año 1958, en la ciudad de Camagüey, justo en la barriada de La Vigía, en la calle Bellavista # 302 existía una pequeña bodega, la de mis padres Jaime Socías e Isabel Zaldívar.
La mayoría de los vecinos se encontraban por esos tiempos involucrados a la causa revolucionaria, mi hogar era centro de actividades conspirativas, por lo que recuerdo con claridad, aunque era pequeña, que debajo de nuestro colchones se guardaban las bombas, balas y propaganda impresa. También algunos compañeros llegaban de manera silenciosa y con discreción conversaban con mi padre.
Una mañana…
Salí a la acera a jugar con mi hermano menor, el establecimiento estaba en la esquina, vimos acercarse a un señor de mediana edad, de alta estatura y vestido de manera elegante, según las costumbres de la época.
Se dirigió a mí y me dijo que no tuviera miedo que con lo que haría, mis padres estaban de acuerdo y era una forma de derrocar al tirano Batista para que todos los niños tuvieran iguales derechos. Seguidamente colocó un brazalete del 26 de julio en mi miembro izquierdo y se despidió de manera distinguida y afectuosa.
Entré a la casa y a la vista de todos les mostré mi brazo con el distintivo. El susto de ellos fue mayor al de los vecinos presentes, me hicieron muchas preguntas y salieron a la calle…solo pudimos apreciar al señor alejándose y saludando con sus grandes manos.
Nunca lo volvimos a ver, pero si he podido disfrutar de la victoria que nos prometió. Los niños de mi generación y las actuales, les debemos honor a esos hombres y mujeres, que desde el anonimato, arriesgando sus vidas hicieron posible sueños como el mío, de ser una profesional de la salud y ahora gozar de una vejez tranquila, segura y feliz.
Sería injusto dejar de contar esta bella historia, mis mayores respetos al hombre del sombrero gris.
Mis apuntes
Luego de revivir estos días del triunfo definitivo, también creo oportuno desempolvar a los héroes anónimos, que entregaron su espíritu al bien común. Tía misión cumplida.


