La caballería de Agramonte volvió a desbordar la plaza cercana a su casa natal. La fecha convocó a todos para rememorar aquel 23 de diciembre, cuando encarnó ese ser iluminado, devenido en nuestro más querido luchador, padre de familia, tierno amante y sobre todo, ilustre hijo del Camagüey: Ignacio Agramonte y Loynaz.
Acompañados de pioneros, estudiantes de diversas enseñanzas, dirigentes del partido y el gobierno, la unión de juristas y los trabajadores de los centros cercanos; los historiadores invitaron a pensar en la singularidad de Ignacio, para entrar con tanta gloria a la historia de Cuba.
La oratoria
Esta vez extrañamos las emotivas palabras de la historiadora recién fallecida Elda Cento, en su lugar su compañero, el historiador Ricardo Muñoz, quien resaltó las tantas virtudes que hicieron a El Mayor un ser especial.
La fuerza y el ejemplo, sin duda alguna, resultaron sus mejores credenciales para ganar la admiración y el respeto del pueblo, porque en los momentos cruciales, al calor del combate, nunca le faltó la fuerza de sus convicciones ni las palabras precisas para alentar a sus hombres.
No olvidar la historia
Ricardo recordó al pueblo camagüeyano la importancia de no olvidar la historia ni a sus héroes, invitó a fijarse en Máximo Gómez, quien pasado un año de la caída del Ignacio Agramonte regresó al potrero con su tropa y con lajas del río realizó una especie de obelisco, para marcar el sitio de la caída y que esta no fuera borrada de la memoria.
Ante la evocación al más valiente hijo de esta tierra, se realizó el reconocimiento a las entidades camagüeyanas que en el año que termina, han honrado con su buen actuar el progreso local, entre ellas distinguieron: salud pública, educación y la Oficina del Historiador.
Luego la Banda Provincial de Conciertos, al ritmo del Himno Invasor, marcó el camino a seguir por la calle Independencia hasta el parque Agramonte, donde se procedió a depositar una ofrenda floral y rendir el respeto eterno de su pueblo.
El mayor sigue vivo
Al marchar detrás de la Banda y ver cuántos camagüeyanos acompañaron la peregrinación, cómo los vecinos de esa arteria desplegaron desde balcones sus banderas y salieron a la puerta a ver pasar a la multitud; solo puedo reiterar que la caballería de Agramonte sigue viva y activa en cada uno de nosotros.
A 178 años de su natalicio, puede escucharse en su morada natal el llanto de su llegada, las vibraciones de su voz al decir a sus padres que marchaba a la guerra y desde el potrero el viento nos trae su valentía y su más alto grito, ese que retumba en los corazones y debe vivir por siempre en todos los cubanos como inspiración: ¡Viva Cuba Libre!


