Gabriel Llerena se levantaba temprano para preparar el desayuno en su pequeño mesón El Resplandor.
La oferta consistía en tasajo, casabe y jugo de piña.
Utilizaba un fogón de leña ubicado en un cobertizo que estaba en el patio de su casa, construida de tablas de palmas y guano, y emplazada en las cercanías de la Plaza de Armas.
Francisco Hernández le llevaba los suministros en una carretilla con muchas campanitas amarradas a los bordes, él era uno de los vendedores puntuales en la Plaza
En un amanecer, Gabriel vio a una paloma negra posada en la ventana de la cocina e intentó espantarla, pero el ave lo picó fuertemente en el cuello. Murió inmediatamente y quedó tan rígido, que cuando lo cargaron, los brazos y las piernas no se movieron.
Unos días después, Ana Moya tendía ropa en un cordel y la paloma negra la picó profundamente en el cuello; fue una muerte inmediata.
En Santa María del Puerto del Príncipe corrió velozmente la noticia de las dos personas muertas, y aunque los fallecimientos no habían tenido testigos, unos exámenes fueron realizados a los cadáveres por el único médico de la Villa, Gonzalo Rodríguez, quien gozaba de elevada confianza ente los vecinos.
Rodríguez había examinado los cuerpos, interesado por las grandes y desgarradas huellas en los cuellos, y no tuvo ninguna explicación acerca de la causa de la muerte, pero dijo que al parecer los cadáveres tenían evidencias de picotazos.
Los hechos llegaron a oídos del Alcalde, quien mandó a buscar a Blas de los Santos, jefe de los guardias.
–Dígame, Blas de los Santos, ¿qué hay con esos muertos?
–¿Cuáles muertos, señor alcalde?
–Cómo qué usted no sabe nada?
El Alcalde narró el suceso y le ordenó al militar estar atento, en relación con los fallecimientos por presuntos picotazos.
Ese día, Catalina Vidal, estaba sentada en la sala de su vivienda y la paloma negra la mató; pero su nuera, Luisa Contreras, presenció el hecho.
El Alcalde gobernante recibió la noticia y ordenó al jefe de los guardias la realización de patrullas para eliminar al ave asesina.
La cacería fue infructuosa, pero la paloma no sería eterna.
En un atardecer, el soldado Domingo Mendoza permanecía en la sala de su vivienda, cuando vio al ave posada en una ventana.
Preparó el arcabuz y la fulminó.
Una escuadra de militares, precedida por un pregonero, la exhibió por las calles de la Villa, haciendo desaparecer el terror público.
Nunca se supo lo que provocaba las muertes en sí, pues el picotazo no bastaba para ello; pero en Santa María del Puerto del Príncipe vivió por mucho tiempo, en la memoria de sus pobladores, las muertes provocadas por la “paloma negra asesina”.
(Todas las personas citadas en este texto vivieron en el siglo XVII en Santa María del Puerto del Príncipe, según el libro Cultura y costumbres en Puerto Príncipe, siglos XVI y XVII, de Amparo Fernández y Galera).
(Relato tomado del libro De lo que fue y pudo ser en Santa Mará del Puerto del Príncipe, en el cual confluyen la realidad y la fantasía. Una parte de ese material ha sido publicado en la web de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey y en el periódico Adelante).


