La Plaza de los Trabajadores, el parque de al lado de la heladería Coppelia, y toda esa zona, son bien transitados por la mayoría de los camagüeyanos, pues desde luego, existen en esos alrededores establecimientos y sitios muy frecuentados, como es el caso de los cajeros automáticos, la tienda La Gran Señora, la propia heladería, el correo, el bar Esperanza, en fin…,muchos más, que cualquier agramontino conoce perfectamente y ahora mismo puede estar conmigo, hasta visualizándolos imaginariamente.
Yo no soy la excepción de esas personas, pues toda mi vida se ha movido por este entorno, mi escuela primaria fue la José Luis Tassende, la secundaria fue la Mártires de Camagüey, visitaba la Iglesia de la Merced desde muy niña, el helado era para mí una parada obligada, aunque las colas, tal vez, fueran de varias horas por aquel entonces, por eso estos lugares guardan siempre recuerdos especiales.
Hoy continúo pasando por allí, y mi mirada siempre sube hasta el apartamento del edificio donde tuve desde muy pequeña un amigo, alguien que se empeñó una buena vez en que me disfrazara de odalisca e interpretara al pecado capital de la lujuria, en una obra de teatro que dirigió allá por los 70 del pasado siglo, algo que confieso casi no pude lograr por más que ensayara y ensayara, pues, como decía mi abuela,…lo que no nace no crece…,y yo carecía de ese atributo natural que hace de una adolescente ser un poco atrevida, y yo era más bien pausada y poco sobre saliente, sin embargo, finalmente, logré aquella interpretación gracias a su insistencia y dedicación para conmigo.
Nuestra amistad comenzó desde niños y se conservó, por más que nos fuimos a estudiar a la capital, y luego, a nuestro regreso la mantuvimos, pues coincidió, además, en que laborábamos en el mismo sector, en el de la cultura y eso desde luego nos hizo más afines.
Recuerdo cuando defendió su proyecto cultural a capa y espada, algo que logró junto a su compañero, y que fue todo un éxito y aún continúa siéndolo, y aunque ya no lo tenemos físicamente, pues la vida le fue arrebatada muy temprano, privándonos de su arte, ya que lo mismo cantaba, que tocaba la guitarra, que pintaba, que dirigía un espectáculo, en fin…, Julito, si, Julio Hernández Figueredo, el creador del proyecto EJO, junto a Omar González Catá, ese artista que tanto le faltó por ofrecernos y al que no puedo dejar de recordar cuando mi mirada obligatoria cruza por la calle que da frente al balcón donde vivía y a veces le voceaba para que se asomara o a saber de él, o a darle alguna que otra noticia.
Impronta
Él, ese que colaboró en más de una ocasión con la Oficina del Historiador, tanto con sus obras, y hasta llevándonos en una oportunidad a la tan querida, y desaparecida también, Teresita Fernández, quien ofreció una actividad para los niños del barrio del Carmen, que aun rememoramos los que llevamos laborando mayor tiempo en la institución.
Difícil me resulta ese tramo de calle y sus alrededores por los que frecuentaba y nos cruzábamos o veíamos, tomando un café, o simplemente nos saludábamos y comentábamos sobre las últimas actividades de su institución, a las que siempre estuve invitada especialmente, o cualquier otra cosa que estuviera sucediendo en la ciudad sobre todo en el plano artístico.
Resulta casi imposible asimilar que este agosto se cumplan tres años de que nos dejara, pues siempre que pienso en él lo hago creyendo que está por ahí, por su rumbo habitual y que lo veré en cualquier momento, al doblar una esquina, pues prefiero pensarlo así, vistiendo sus bermudas y calzando sus sandalias, que diariamente trillaban ese tramo de la calle Ignacio Agramonte, hasta su querida institución, que hoy dedica su galería a él, llevando su nombre.
Para mí siempre amigo, tendré un pensamiento bonito, un recuerdo agradable y un abrazo de luz que traspasará el infinito, hasta allá donde estoy segura disfruta de cada éxito del EJO, y de cada logro de esta, su ciudad, a la que tanto quiso y aportó artísticamente.


