Por: Yanetsy León González
El Teatro Principal de Camagüey, al celebrar 175 años de su inauguración, permanece como un ícono de las aspiraciones culturales de Puerto Príncipe. Su grandeza se comprende mejor al compararlo con el viejo teatro de la calle San Ramón: un caserón incómodo y caluroso que apenas sostenía las expectativas de un público exigente, ansioso por un espacio que dignificara el arte.
El 2 de febrero de 1850, la ciudad vibró con la apertura del Teatro Principal. Más de 1,500 espectadores colmaron la sala para asistir a la representación de Norma de Bellini, a cargo de la Compañía de Ópera de José Miró. Sin embargo, la función inaugural no logró satisfacer del todo a un público refinado, que, pese a su aislamiento geográfico, poseía un profundo conocimiento de la ópera. Este hecho subrayó tanto las altas expectativas, como el rigor cultural de una sociedad que aspiraba a la excelencia.
Algo largamente postergado
El camino hacia la creación del teatro fue largo. Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, sintetizó en sus escritos del siglo XIX las carencias de la ciudad. En 1838, lamentaba que Camagüey careciera de un teatro digno, mientras proliferaban los billares y tertulias de ociosidad: “Ningún pueblo necesita tanto como el Camagüey de cultivar el espíritu de sociedad”. Varios textos fueron compilados en el libro Escenas cotidianas (Ediciones El Lugareño, 2017)
Aunque existía el teatro Fénix, construido a inicios de los años treinta (siglo XIX), tanto Betancourt como otros visitantes ilustres, como Antonio Bachiller y Morales,lo consideraban indigno del título de teatro. Era apenas un “caserón cuadrilongo”, con un techo de tejas, que no hacía justicia a la pujanza de una ciudad que era la segunda en importancia en Cuba.Este reclamo impulsó, en 1847, la formación de una sociedad que contaba entre sus miembros conSalvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, yque reunió un fondo de 50,000 pesos.
De la idea a la acción
El terreno elegido, ubicado en la actual calle Padre Valencia, se encontró cerca del viejo teatro de San Ramón. El 18 de agosto de 1848 se colocaron los cimientos, y en menos de dos años, bajo la dirección del comandante Juan Jerez Arreaga, el Principal se alzó como una joya arquitectónica.
Con sus cuatro pisos, 36 palcos y capacidad para 1,500 personas, decorado con estatuas de Cervantes, Calderón, Lope de Vega y Moratín; y equipado con innovaciones como telones giratorios y maquinaria para simular tormentas, el teatro se convirtió en un referente del interior del país. Publicaciones de la época, como El Fanal, celebraban la rapidez y calidad de la construcción, en un contexto de escasez de materiales.
Luces y sombras
El Teatro Principal fue reflejo de las tensiones sociales de la época. Mientras los hacendados criollos promovían este espacio como un bastión cultural, su exclusividad lo alejaba de las clases populares. Los palcos eran propiedad de los accionistas y los precios de entrada estaban fuera del alcance de muchos. A pesar de estas limitaciones, su apertura marcó un avance significativo para una sociedad que anhelaba modernidad.
Otros cronistas describen cómo el teatro trajo consigo no solo espectáculos, sino también la rivalidad en las modas y el boato de las clases acomodadas. Sin embargo, la estabilidad del Principal fue efímera. Tras el estallido de la guerra de independencia en 1868, el gobierno colonial español ocupó el edificio, despojándolo de su esplendor.
Legado y resistencia
El periodista e investigador Manuel Villabella, en su libro Coloquios teatrales (Editorial Ácana, 2009), destaca cómo el Principal encarnaba el ímpetu de “nuevos tiempos”, en los que la ciudad abrazaba el progreso. Rastreó en archivos que cada vez son más inaccesibles por su deterioro. Su testimonio, junto al de El Lugareño, desde sus respectivas épocas, preservaron la memoria histórica de este ícono cultural, y el esfuerzo colectivo que permitió su creación.
El incendio de 1920 destruyó el edificio original, pero su reconstrucción en 1926 y posteriores remodelaciones, han mantenido vivo su espíritu. Hoy, con una capacidad reducida, que admite poco más de 600 espectadores, se mantiene como un símbolo de resiliencia y compromiso cultural.
A la vuelta de 175 años de su apertura, el Teatro Principal sigue siendo un espejo de nuestra historia. Al recordar el sueño de aquellos progresistas que imaginaron un teatro digno para Puerto Príncipe, también nos miramos en ese espejo. La historia del Principal nos invita a tomar lo mejor del pasado para proyectar un futuro, donde la cultura continúe siendo un pilar esencial de nuestra identidad.


