Un año más en nuestro recuerdo

Foto: Cortesía de la autora
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Como cada año, recuerdo un suceso que, en esta ciudad, revolucionó la opinión pública en todos los sentidos; pues se escuchaba hablar de él lo mismo a periodistas bien documentados sobre el tema, por la cantidad de información que habían recibido al respecto, como a los ciudadanos que, tal vez no conocían a profundidad lo que estaba ocurriendo, en esta importante arteria comercial de la Villa. Me refiero a los trabajos constructivos acometidos en la tan céntrica y emblemática calle Maceo, y desde luego, también en la Plaza de la Solidaridad o del Gallo; como tradicionalmente la hemos conocido y la mayor parte de la población continúa nombrándola.

Por aquellos días los camiones cargados de materiales, los martillos neumáticos, las herramientas de todo tipo, los obreros con sus cascos, las autoridades chequeando sistemáticamente la obra, los custodios, en fin…tantas remembranzas vienen a mi memoria… Incluso, lo difícil que resultaba el acceso al local que por aquel entonces ocupaba la Dirección  de Patrimonio Cultural del Centro Histórico,lugar en el que hoy radica el Departamento Comunicación y el grupo de Audiovisuales Príncipe, perteneciente también a la Oficina del Historiador.

Sencillamente, era una proeza en alguna que otra ocasión poder llegar hasta ese lugar, justamente en los altos de la heladería Coopelia, para realizar nuestro trabajo; que también, y en buena medida, apoyaba lo que se estaba produciendo.

Las tiendas y los otros centros laborales habían dejado de entrar por esta calle y encontraron alternativas disímiles para mantener con vitalidad los diferentes servicios. Las vidrieras de cristales permanecieron tapadas con planchas de materiales seguros, que las resguardaban de toda la agresión que inevitablemente suele producirse en estos casos; afortunadamente no hubo que lamentar casi ninguna avería al respecto.

La obra se fue ejecutando por tramos. Se iban completando los pisos, la pintura, las luminarias; hasta que, por fin, el gran día de la inauguración llegó.

El ir y venir desde nuestro local, el sube y baja por las escaleras de cada uno de los especialistas, con la misión que les correspondió para que todo cuanto se había concebido saliera como se había soñado, fue evidente.

La alegría nos embargó, tanto a los que estuvimos más al tanto de la gigantesca obra, como a cada camagüeyano; pues se había cambiado, para bien, la fisonomía de este entorno, que para una buena parte de las personas, sobre todo de mi generación, tantos buenos e importantes momentos nos traía.

Luego quedó el compromiso de mantener, cuidar y proteger lo que con tanto sacrificio, dedicación y dinero se había realizado.

Ahora, a la vuelta de varios años, nos sigue tocando la tarea de cuidarla y preservarla, y no permitir que nada pueda dañarla, para continuar contando con este espacio que tantas agradables memorias nos provocan.

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