Una decisión audaz: el rescate de Sanguily

Foto: Tomada de internet
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Decisión de vida o muerte.

«En la mañana del 8 de octubre salió del campamento el Brigadier Julio Sanguily, cayendo en poder del enemigo dos horas después. Este se componía de cien hombres montados del Batallón de Pizarro a las órdenes del Comandante Don César Matos. Una hora más tarde, al mediodía se me presentó en el campamento uno de los hombres que había salido con el Brigadier Sanguily, manifestándome lo ocurrido»[1].

En su campamento ubicado en lo intrincado de la finca Consuegra, no distante del potrero Jimaguayú, al suroeste de la ciudad de Puerto Príncipe, rodeado de unos 70 hombres de su escolta, recibió El Mayor al capitán Federico Diago, que había escapado de no caer prisionero tras acompañar al Brigadier Sanguily. El oficial, debió comunicarle los detalles de la captura y otros pormenores relativos a la composición de la fuerza española. El Mayor debió montar en cólera por asunto tan delicado y más en instante en que no disponía de más combatientes para batir al enemigo. Vale precisar, que El Mayor guardaba gran estima al joven Sanguily, quien había perdido la rótula derecha en combate y debía usar aparato ortopédico. El día antes Agramonte había tratado de persuadirle de no ir al rancho de Cirila López y demás colaboradores, entre los que se hallaban algunos enfermos, ante el riesgo de ser asaltado en lugar por las guerrillas españolas.

En la comunicación suya al Gobierno de la República en Armas, que reseñara luego del rescate en la finca La Esperanza, El Mayor refirió: «Sólo con treintaicinco jinetes bien montados podía contar en esos momentos para darle alcance al enemigo, y no había tiempo que perder (…). Salí con ellos logrando alcanzar al enemigo en la finca de Antonio Torres, cargué por la retaguardia al arma blanca (…), los nuestros sin vacilar ante el número ni ante la persistencia del enemigo, se arrojaron impetuosamente sobre él, lo derrotaron  y recuperaron al Brigadier Sanguily herido en un brazo […]».[2]

El Mayor montaba a Mambí, y le seguían en la vanguardia cuatro rifleros, el Brigadier Henry Reeve, el comandante Emiliano Agüero… Tomada por sorpresa la guerrilla hispana que guiaba su jefe el Comandante César Matos, no pudo con la carga al machete y el certero fuego de fusilería cubana desde posiciones cercanas. Parapetada tras las maniguas crecidas a los lados de la aguada de la finca de Toño Torres así se desplegó el enemigo hasta salir a la carrera al camino en dirección al potero Jimaguayú. En el camino dejaría once muertos. En poder cubano 9 prisioneros.

Los camagüeyanos recogieron nueve fusiles, tres revólveres, dos cajas de cápsulas, dos espadas, un sable, sesenta caballos, cuarenta monturas, todo el bagaje y una tienda de campaña. Un solo fallecido. Herido el alférez Manuel Arango Tan.[3]

El Mayor al relatar la hazaña a los suyos decía: «¡Mis soldados no pelearon como hombres; lucharon como fieras!»[4]

Correspondería años después a Manuel Sanguily Garrite ponderar aquél sacrifio homérico que pudo costar la vida no sólo a su hermano sino al Mayor y a toda su tropa: «El rescate aparecerá siempre como portento de grandioso heroísmo en las luchas cubanas; pero será por encima de todo, el fiel espejo que habrá de reflejar constantemente la grande alma de Ignacio Agramonte, en que se armonizaron todas las excelencias del alma cubana».[5]

[1] Pastrana, Juan J.: Ignacio Agramonte. Documentos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 168.

[2] Cinco prisioneros más llevaba la tropa hispana, a los que se sumaba las colaboradoras mambisas Cirila López Quintero y Antonia Cosío.

[3] Arango Tan, por su segundo apellido, ha sido confundido con asiático en cambio su ascendiente es español.

[4] Con el título El Rescate de un Héroe, el hecho fue reseñado por un autor que lo escribiera bajo el seudónimo “Un Occidental”, en el periódico Diario de La Habana, en ediciones correspondientes a los años 1887 y 1888.

[5] Pastrana, Juan J.: Ob., cit.: p. 405.

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