El Camagüey: imaginario del 10 de octubre de 1868

Foto: Cortesía del autor
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Un cambio en las mentalidades de la oligarquía criolla portoprincipeña se impuso hacia la medianía del siglo XIX; conclusión a la que no sería fácil arribar tras siglos de dominación impuesta por el Viejo Régimen colonial y sus estructuras de poder. Entre el 10 de octubre y el 4 de noviembre de 1868 mediaban días para hacer viable la revolución liberadora, y esa fue la solución radical.

 La región portoprincipeña.

El contenido social del ideario liberador en la región histórica de más de 20 mil quilómetros cuadrados de extensión, tenía como lastre tres siglos de sometimiento colonial. Revertir ese molde de estancamiento y atraso general no resultaba tarea fácil. Lo primero debía comenzar por el cambio de las mentalidades sometidas de la larga duración a oscurantismo y resistencias al cambio y al progreso general social.

Si bien desde la llamada “década gloriosa” de 1820 – 1830 se habrían suscitado expectativas emancipadoras por la opción de lucha con respaldo bolivariano, ese período malogró toda esperanza por diversas causas,- reforzamiento militar de la Isla, muertos sus líderes, proscriptos otros a no regresar a la Isla, fracaso de la expedición armada procedente de la Gran Colombia, muerte de Bolívar-.

Por otra parte, nuevos ciclos separatistas y patrióticos forjaron nuevas expectativas para reimpulsar planes conspirativos. Hay que reconocer que la juventud camagüeyana mostró mucha actividad en ese empeño de lucha. La sociedad cultural El Liceo aglutinó lo mejor de esas brazas de libertad. De ella salieron a la plaza Mayor y a las calles lugareñas decenas, a batirse a puñetazos y bastonazos con la milicia nacional y demás fuerzas militares que guarnecían la ciudad. No es equívoco afirmar que las mentalidades criollas maduraban en ese proceso continuo de batallas de salones y de calles contra el absolutismo las facultades omnímodas y el Viejo Régimen.

Téngase en cuenta que no fue nada casual que de esos mismos salones de La Filarmónica, 57 jóvenes del patriciado portoprincipeño, entre los que contaron los apellidos Arango, Varona, Recio, Sánchez, Loret de Mola, Agramonte, Arteaga, Primelles, entre otros, pasaron a los primeros puestos de mando de partidas armadas tan pronto El Camagüey se alzó en armas en Las Clavellinas, con 76 valientes, el 4 de noviembre de 1868, después de tanteos preliminares organizativos y de pujas por acabar de cambiar mentalidades favorables a la insurrección. Dejar la ciudad natal, la Audiencia, casa cómoda, oficios, propiedades y negocios, esposas amparando solas a hijos pequeños; no fue nada fácil para la toma de decisiones vitales y de mayor urgencia política en tal coyuntura. La patria estaba por encima de todo.

Como bien dejara escrito el historiador Oscar Loyola Vega: «El sustrato económico, el desarrollo urbano y la composición de la población, entre otros, daban características especiales a la tierra de El Mayor (…) Habitada por familias unidas desde mucho tiempo atrás por fuertes vínculos matrimoniales, su aislamiento con relación a los otros centros urbanos de importancia le había dado un carácter “independiente” que los gobernantes españoles eran los primeros en reconocer».[1]

Esas “familias unidas”, tales “vínculos matrimoniales” el “carácter independiente” portoprincipeño devinieron en factores subjetivos y objetivos que estaría entre los pilares del cambio de mentalidades para efectuar todavía más cambios revolucionarios. Y ese fue uno de los méritos del Mayor Ignacio Agramonte. Su compañero de aulas universitarias Antonio Zambrana con justeza afirmó que Agramonte ya tenía una clara comprensión del problema de la Cuba colonial y de lo que faltaban por hacerse para remover las viejas estructuras y cambiar mentalidades para dar el salto a la Revolución.

Y no olvidemos que en esos cambios y recambios de mentalidades, las dignas mujeres del Camagüey estuvieron a la altura de sus compañeros de armas. Por solo citarse dos ejemplos: la camagüeyana Ana Josefa de Agüero desafiando la vigilancia española acompañó a su esposo en los preparativos secretos del alzamiento separatista de 1851. Amalia Simoni aprobó la partida de Agramonte a la insurrección y le acompañó hasta su captura a manos colonialistas, que le compulsaron a abandonar la Isla.

[1] Oscar Loyola Vega: La nación insurrecta. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2018, p. 61.

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