Ana Betancourt y Agramonte figura entre las féminas cubanas precursoras del pensamiento liberal-radical y emancipatorio futurista, en ruptura con el Viejo Régimen colonial. Nació esta camagüeyana hacia el primer tercio del siglo XIX[1], y por nacer en cuna de holgada posición económica eso le valió para recibir esmerada educación, instrucción y cultura, lo que le favoreció en la coyuntura política del país, perfilar sus pensamientos patrióticos.
La patriota en contexto.
Esta principeña debió crecer entre las narraciones y consejas de parientes, que desde las primeras décadas del siglo XIX conspiraron por la independencia y libertad cubana. Uno de ellos fue Gaspar Alonso del Castillo y Betancourt, quien residió en morada de la Plaza Mayor y desde donde diera cobija en el billar de su propiedad a las juntas patrióticas que allí desarrollaban los miembros de la conspiración Cadena Triangular o de Bolívar, núcleo que abrazó la opción de lucha bolivariana por la independencia. No fue el único de los familiares de Anita Betancourt integrados a dicho cuerpo patriótico.
Años más tarde, el 17 de agosto de 1854, en la Iglesia Mayor, contrajo matrimonio con el periodista y culto principeño Ignacio Mora de la Pera. Para entonces el matrimonio frecuentaba el Liceo de Puerto Príncipe y otras casas de parientes, donde se libraban tertulias literarias y disfrutaba de un rico ambiente intelectual y y de cultura general, que alimentó su vocación de conocimientos y sensibilidad humanística.
Según el historiador camagüeyano Gustavo Sed, Anita e Ignacio, hacían traducciones literarias y poéticas del idioma inglés al castellano, escribían gacetillas y artículos de contenido histórico y costumbrista del Camagüey, para ser publicados por la imprenta del periódico El Fanal, ubicado en el callejón de la Merced no. 13.
Llegado el momento de decidir si continuar desempeñándose en los quehaceres domésticos, bien en la casa familiar situada en la calle del Comercio nro. 17, o en la de Mayor nro. 24, barrio de la Parroquial Mayor, Anita dejó de lado la comodidad del hogar para partir al lado de su compañero a la manigua insurrecta, el 4 de diciembre de 1868, para servir a la patria y ayudarle a alcanzar la independencia de España. En la finca propiedad del Dr. José Ramón Simoni, nombrada La Matilde de Simoni, allí se abrazaron las esposas del Mayor Ignacio Agramonte y de Ignacio Mora.
Había dado un decisivo paso en los inicios del proceso nacional-liberador y la historia le volvería a dar la oportunidad de situarse en la antesala del Estado de la República en Armas, y exhortar a sus diputados patriotas y al pueblo libre de Guáimaro y de las regiones en disputa de la libertad a España, que acogieran su voto por la emancipación total de la mujer cubana.
Ese 14 de abril de 1869 en vibrante arenga, sin escrito delante, a todos en la plaza del pueblo su voz subrayó: ¡Con la revolución había llegado el momento de emancipar a la mujer![2] Su palabra filosa de evidente percepción de la situación de la mujer, estuvo dirigida a golpear en la conciencia patriarcal de los asambleístas. Había que destrozar siglos de discriminación y exclusión. Su mensaje fue futurista.
Somos del criterio de que la camagüeyana hubiera preferido decir esas palabras en la sala de deliberaciones de los representantes. En este punto nos hacemos la pregunta: cuál mayor escalamiento democrático pudieron tener esas palabras, dichas para golpear las conciencias del pueblo libre volcado a las calles del poblado, en mayoría respecto a los pocos asambleístas.
[1] Según el Libro 16 de Bautismo de blancos, al Folio 116 vto., con el Número 427, figura en la inscripción que: «En diez y ocho de Enero, el R. P. Fr. José Espí del ordn de S. Franco. (…) en esta Parroql. Mor. de Pto. Pre , bautizó solemnemente, puso óleo y crisma y por nombre Ana María de Jesús de la Soledad á una niña que nació en catorce del pdo., hija de D. Diego Betancourt y Da. Ángela de Agramonte […]» Fíjese el lector en el “pdo” , es decir el día pasado, y no en el “próxmo pdo, que hubiera aludido al mes anterior, o sea, al de diciembre del año anterior.
[2] Ana Betancourt ofreció otra versión de sus palabras en el meeting del miércoles 14 de abril de 1869 en la plaza de Marte. Fue desde Madrid, el 17 de junio de 1892, que al escribir a su sobrino Gonzalo de Quesada, refirió: Que la mujer cubana esperaba paciente y resignada esa hora hermosa en que una revolución nueva rompiese su yugo y le desatara las alas. Y que así como ellos para destruir la esclavitud de la cuna habían jurado pelear hasta morir debían de libertar a la mujer.


