El palenque perdido

Foto: Tomada de internet
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Pedro Viamontes detuvo el caballo y también lo hicieron los demás miembros de la partida de rancheadores de esclavos cimarrones.

La vista era excepcional y todos en silencio, contemplaron la belleza de las aguas cristalinas, en veloz corriente en un lecho de blancas rocas calizas.

–Viamontes, ¿qué le parece un baño? –, expresó Juan Toscano, el segundo al mando, y tras la autorización fueron a las aguas a liberar la costra de suciedad, por tantos días sin baño y de sol infernal.

Fue todo un paraíso, disfrutar de un paraje que el agua labra hace más de 28 millones de años, en un cauce que en el sector de piedra tiene unos 350 metros de longitud.

–Me huele que están cerca, es un olor que no se me quita–, dijo Toscano, y se sumergió.

–Ojalá Dios te oiga a ti y a mi, porque yo también tengo ese olor–, afirmó Viamontes, y bebió un gran sorbo de agua transparente y fresca.

Pedro Sánchez, el encargado de cocinar, bajó los calderos y comida de uno

de uno de los dos caballos de carga. Preparó tasajo, boniato, plátanos y casabe.

Después, descansaron bajo unos árboles y Viamontes no cesaba de admirar al río, en cuyos bosques limítrofes abundaban jutías y aves.

El jefe de la partida decidió un descanso prolongado hasta el otro día, para salir al amanecer en busca de un palenque de esclavo fugados de una hacienda cercana.

Los sublevados habían aplicado fuego a las edificaciones y llevado todas las armas; pero antes de irse, obligaron bajo amenaza de muerte a que el mayoral los enseñara a utilizarlas.

–Arriba, que nos vamos–, ordenó Viamontes con el sombrero alón de guano en la mano derecha.

El jefe percibió una premonición y afirmó:

–Nos vamos hacia aquella la loma– dijo, mientras señalaba.

Salieron como siempre, de dos en dos, y en la exploración, a unas 300 varas delante, Juan Sánchez y Miguel Socarrás tomaron la delantera. No era difícil caminar a causa de la vegetación, casi todo rala y muy viable de derribar con el machete.

El jefe volvió a consultar la hora en su reloj –de oro– de bolsillo, construido en Francia, donde en el siglo XIV nació ese tipo de dispositivo. Lo heredó de su padre, un próspero comerciante adicto a la frecuente consulta del reloj.

Habían avanzado por una sabana y dejaron los caballos bajo una arboleda para adentrarse en la Sierra de Cubitas.

Vieron y escucharon cantar a una lechuza sobre una jocuma.

–Viamontes, esto no me gusta, no me gusta nada, una lechuza por el día–, exclamó Salvador Vergara, conocido por su extrema conducta supersticiosa.

Nadie respondió, pero todos pensaron en un mal agüero.

Poco después, Martín López resbaló sobre el suelo, casi todo de rocas, y se hirió en la frente.

–Viamontes, esto anda mal–, expresó Vergara, e hizo la señal de la cruz.

Sánchez y Socarrás regresaron al grupo y comunicaron que habían sentido voces.

El jefe distribuyó a sus subordinados en un semicírculo, a unas 10 varas de separación lateral cada uno, y dio la orden de reanudación de la marcha.

A medida que avanzaban sentía con más intensidad hablar a unas personas y avistaron el palenque.

La estampida los detuvo. Juan Toscano, el segundo al mando, murió por un disparo en el pecho, procedente de detrás de un jobo, con abundante hierba alta a su alrededor.

Los rancheadotes dispararon, pero el enemigo no respondió.

Sobrevino el silencio, solo roto por el graznido de un cao en vuelo.

Al muerto lo enterraron una tumba superficial abierta con machetes, en una estrecha franja de tierra entre el “diente de perro”.

El jefe mandó a avanzar hacia adelante de forma encorvada.

Otro fogonazo de los esclavos, pero tiro errado. La riposta provocó un alarido y un fugitivo, con impacto en la cabeza, se desplomó al lado de un jagüey.

Cuando llegaron al lugar, el cuerpo había desaparecido.

El cielo estaba gris y el olor a humedad anunciaba la cercanía de la lluvia.

El aguacero rompió fortísimo y los truenos y la lluvia se enseñorearon en el sitio.

Concluida el agua, los rancheadotes continuaron la marcha.

Caminaron y caminaron y descubrieron el humo de los fogones del palenque, pero el humo cambiaba de lugar

Viamontes se reunió con sus hombres y expuso las contradicciones que apuntaban hacia el no encuentro del palenque

Creo que esto es una visión, expresó, entre otras razones, porque a medida que caminaban se alejaba la columna de humo.

Estuvieron varios días en el rastreo, y ya no tenían agua para tomar.

Regresaron al día siguiente adonde dejaron los caballos y la zozobra los embargaba.

–Vámonos, que esto no da más–, ordenó Viamontes y comenzaron el retorno.

Ninguno de ellos supo que el palenque estaba lleno de muertos que resucitaban de vez en cuando, por lo cual no existía y existía.

Pedro Viamontes, el más experimentado rancheador de la Jurisdicción de Puerto Príncipe, había recibido su mayor derrota, y lo peor, sin explicaciones, al menos racionales.

Decidió no ser más rancheador, y solo se dedicó a trabajar con sus dos hijos en una hacienda.

Jamás pudo olvidar aquel revés tumultuoso después de conocer un río paradisíaco y de ver que la columna de humo de un palenque se alejaba continuamente, como un caballo brioso.

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