Era el más famoso salador en la jurisdicción de Santa María del Puerto del Príncipe. Su rapidez y calidad resultaban proverbiales, y comensales de carnes conservadas y artesanos en pieles, hablaban de su maestría.
Juan de la Torre trabajaba en la enorme finca El Palmar, dedicada a la ganadería vacuna, y principal suministradora a comercios de alimentos y de trabajos artesanales con cueros.
También era una próspera fuente del contrabando, por lo que sus productos igualmente viajaban por el mar a bordo de embarcaciones de tráfico ilícito, asociadas a bandidos del mar.
Él, utilizaba unos grandes depósitos de madera donde dejaba las carnes en salazón, hasta que estaban curadas y listas para enviarlas a la Villa.
Ni una pizca más ni menos, era el lema en esa salazón, y la fórmula era tan eficaz que no pocas personas, sobre todo niños, gustaban de comer pedacitos de esa carne sin cocinar.
Utilizaba otros recipientes, de igual material, para preparar las pieles; las cuales luego tendía en caballetes de troncos separados, a fin de que las piezas perdieran la carne residual, con la sal, el viento y el sol.
Juan salaba mientras disfrutaba de voluminosos tragos de aguardiente, auxiliado por varios operarios, y a media mañana solía merendar con limonada y carne frita.
Tenía esposa y dos hijos, y ocultaba ser ateo, aunque de su cuello colgaba una cadena de plata, con crucifijo.
Usaba, aunque hiciera calor, un chaleco de cuero –de piel curtida por él—y confeccionado por el artesano Pedro Ávila, diestro en la elaboración de artículos de piel.
Una enfermedad desconocida comenzó a diezmar a los rebaños de El Palmar, y Cristóbal temió quedarse sin trabajo.
El dueño de la hacienda prohibió utilizar las carnes de los vacunos muertos para la salazón, por temor a que enfermara a los clientes y él terminara en la cárcel. Sin embargo, ello no impidió el curtido de los cueros de los animales muertos, pues desechó cualquier posibilidad de contagio.
Los ingresos disminuyeron de forma considerable, y eso influyó en la rebaja de las ganancias del salador.
Aunque no tenía creencias religiosas, Juan se encomendó a Dios para pedirle prosperidad, y limpió su cadena de plata.
La mortandad empezó a ceder hasta su desaparición, y quedó recuperada la salazón de carnes. Juan consideró que la neutralización de la enfermedad había sido un milagro, y comenzó a creer en el poder celestial. Murió convencido de su fe, adquirida por la extinción de una enfermedad desconocida que diezmó a vacunos de carne excelente, para ser salada.
(Según un documento eclesiástico original de la época, Juan de la Torre viven el siglo XVII en territorio principeño).
(Relato tomado del libro inédito De lo que fue y pudo ser en Santa María del Puerto del Príncipe).


