Incendio de Guáimaro: “la gloria y el sacrificio”

Foto: Cortesía del autor
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Acto heroico

El día sábado 10 de abril de 1869 fueron entrando una a una las representaciones de los tres departamentos o “estados” en el poblado libre de Guáimaro constituido por dos centenares de casas de mampostería y tejas y de tablazón y guano otras; y urbanización formada casi en retícula cuadrada que cortaba casi en dos mitades iguales el Camino Real de Cuba (Santiago de Cuba).

A caballo venía al frente el líder  regional seguido de acompañantes. Estas pasarían a las deliberaciones públicas en la casa de portal del patriota José María García en la calle de Las Damas, para allí diseñar las bases de la República en Armas; a la Cámara de gobierno; elegir al Presidente que desafiaría a España valiéndose de la ley y la espada; al General en Jefe del Ejército Libertador; debatir sobre los símbolos representativos del estado; a saber, la (las) bandera (as)[1], el escudo, y el himno republicano que pasaría a ser el toda la Isla.

El 14 en mitin público una muchacha se sube a una mesa ayudada por el presidente Céspedes que le extiende su mano y desde allí a viva voz defiende y exige derechos igualitarios y libertades para las mujeres. Fue Ana Betancourt Agramonte, esposa del patriota Ignacio Mora de la Pera, diputado y ayudante de Céspedes. Finalizadas las deliberaciones, Ignacio Agramonte, en un arranque de exaltación de virtud, en un rincón de la casa de la Asamblea, sin más testigos que interrumpiesen su diálogo con el presidente, pide  la máxima figura dejar su escaño en la Cámara para ir a mandar la jefatura militar del Departamento del Centro. Céspedes que ya le adivinaba el pensamiento y se admiraba de su vergüenza impar, aceptaría confiado en el liderazgo raigal del joven abogado de genio militar, que acababa de redactar la constitución. Fue otro de los instantes de marca mayor que tuvo el proceso formativo del Estado de derecho en los inicios del proceso liberador insular.

Fueron días nunca antes vividos en Cuba. El pueblo era todo júbilo, abriendo puertas y ventanas al paso de los diputados, como si cada casa fuese a alojar no a la Asamblea de representantes, sino al capitolio de la carta magna. Hay que imaginar esos días, en pueblo en el que unos se iban a la misa de la Iglesia los domingos y los guajiros pasaban a atender las fincas rurales. Y donde bajo portales de la plaza iban a reunirse los juglares a improvisar décimas y loas.

Todos querían hacer galas a los recién llegados. Había cabalgatas por las calles en las que el polvo cegaba y los jinetes alzaban al cielo la tricolor cubana. A las mujeres debió vérseles lucir sayas de cintas rojiazul pasearse con ramilletes de flores caseras prendidas a la cabellera. Y los más pequeños avivando aún más la alegría popular. José Martí retocó la escena imaginaria nuestra de un modo más altisonante: «Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y el sacrificio. Era mañana y feria de almas Guáimaro».[2]

Exactamente un mes después el pueblo viendo amenazado el “capitolio de la ley” ante la inminente llegada del enemigo, ordenaría destruir todo por medio del fuego “y darle ruinas donde esperaba fortalezas”, “en la casa de la Constitución ardía (el fuego) más alto y bello”, en criterio de Martí, que escribió después de escuchar los relatos de los cubanos que marcharon a su lado a preparar la nueva etapa de lucha por la independencia, en 1895.

Entre tanto, el mariscal dominicano y jefe de la plaza militar de Puerto Príncipe don Eusebio Puello y Castro, pretendiendo aplastar la insurgencia en todo el territorio y tomar a Guáimaro, presuntamente enviaría tropas sobre el poblado. Advertida la amenaza, la decisión radical tomada por el general en Jefe Manuel de Quesada y dirigida al comandante de Armas Miguel Rizo fue incendiar con urgencia el poblado, el 10 de mayo. El coronel Manuel de Jesús Valdés Urra (Chicho) y cien soldados auxiliarían a Rizo. Los caseríos cercanos de Cascorro y Sibanicú correrían igual suerte. El gobierno con Céspedes se desplazarían a la finca Berrocal, en Najasa. El resto del pueblo se internaría en el monte y desde allí vería la antorcha roji-amarilla que levantaría esa noche las llamas al cielo libre. De esa manera el Camagüey insurrecto repetía el gesto altruista de Bayamo, de preferir incendiar la ciudad antes de perderse la honra por caer en poder del enemigo. En uno y otro caso, el fuego devastaría las capitales de la Revolución en los dos departamentos en guerra total contra España.

Historia que podría volverse a repetir, si nuestros adversarios históricos del Norte intentaran apoderarse de Cuba Libre Socialista.

[1] La bandera tricolor que habría levantado el patriota principeño Joaquín de Agüero y Agüero, en agosto de 1851. La que bendijo ante el altar de la Iglesia de Guáimaro el Pbro. Alonso Fruto.

[2] José Martí. Publicado en Patria. 10 de abril de 1892.

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