Hace unos días, llegaron a mi casa los jóvenes Roxana y Jesús, con unas fotos que tomaron del Parque Agramonte y les emocionó la experiencia. Ella es estudiante de sexto año de medicina y él es enfermero. Querían compartirme todo lo bello y admirable que encontraron al mirar nuestra plaza fundacional desde el campanario de la Catedral.
No era una excursión turística cualquiera. Era una misión de reconocimiento, un humilde intento por entender qué estaba pasando con el corazón de la ciudad: el parque Agramonte.
Al llegar a la cima, el aire cambió. El ruido del tráfico y el bullicio de las calles se transformaron en un murmullo lejano. Roxana se apoyó en la barandilla de hierro forjado y contuvo la respiración. Desde aquella altura, el parque Agramonte no era un caos de vendedores ambulantes, motos y basura acumulada; era un tapiz verde y geométrico que se extendía a los pies de la ciudad. Justo para honrar al hijo más querido de esta tierra.
Vandalismo
—Jesús, ven a ver esto —susurró Roxana, con los ojos brillantes.
El joven se acercó y quedó igualmente cautivado. La perspectiva desde el campanario ofrece una belleza que la rutina diaria oculta. La estatua ecuestre del Mayor General Ignacio Agramonte, el hijo más ilustre de Camagüey, se erige majestuosa en el centro, como un vigía de bronce que, desde su pedestal, parece observar con tristeza el deterioro de su entorno.
Las indisciplinas sociales han ido carcomiendo la elegancia del parque: las jardineras pisoteadas, los bancos pintados con letras rojas de un tal Kevin, que se cree más importante que Ignacio, el césped convertido en muladar, niños y jóvenes en patines y patinetas, sobre el mármol sin ningún control de sus padres, latas de refrescos y cervezas vacías, tiradas sobre los bancos y la pregunta de los millones: ¿por qué quitaron el cuerpo de vigilantes, no puede la policía velar por el orden del lugar?
—Es increíble —dijo Jesús—. Desde aquí arriba todo se ve distinto. Hemos normalizado el desastre. La gente tira basura, las motos, motorinas y bicicletas eléctricas invaden las aceras, los vendedores informales ocupan algunos bancos, y nadie hace nada. Pero desde aquí, la belleza original todavía resiste.
Roxana asintió. Como futura doctora, está entrenada para diagnosticar enfermedades. Y lo que ve es un paciente en estado crítico: el parque Agramonte sufre de una enfermedad social, un mal que no se cura con antibióticos, sino con conciencia y educación.
Sumaron otros ojos
Tenemos que traer a María —dijo Roxana de repente—. Ella tiene que ver esto. Es futura doctora también, pero además es una romántica empedernida. Si alguien puede captar el alma de este lugar, es ella. María llegó puntual a la cita. Subió los escalones con la misma mezcla de curiosidad y vértigo que sus amigos. Cuando finalmente emergió a la azotea de la catedral, el sol de la mañana bañaba el parque con una luz dorada que parecía sacada de un lienzo del siglo XIX.
—Dios mío —exclamó María, llevándose la mano al pecho—. Esto es… un crimen. No permitamos que esto se destruya —respondió ella, señalando la estatua ecuestre de Agramonte—. Mira esa estatua. Es un símbolo. Agramonte luchó por la libertad, por la dignidad de esta tierra. Y nosotros, sus herederos, le estamos fallando.
El parque no es solo un espacio público; es la sala de la ciudad, ellugar donde aprendimos a caminar, donde besamos por primera vez, donde nos trajo el abuelo de la mano para mostrarnos un alma de luz como la de Agramonte. Dónde queda la sensibilidad de los que no cuidan este sitio. Mañana en el seminario pido permiso y hablamos del tema. (Dijo María)
Roxana y Jesús intercambiaron una mirada de complicidad. María tiene razón. La indisciplina social no es solo un problema de civismo; es una falta de respeto a la memoria, a la historia y a la belleza.
Desde aquella altura, los tres jóvenes pudieron ver con claridad lo que a ras de suelo resulta invisible para muchos: el parque Agramonte es un diamante, que está siendo enterrado bajo capas de negligencia.
Desde la OHCC
Desde la Oficina del Historiador se asiste cada semana con sus trabajadores para limpiar y borrar las huellas del irrespeto, pero es necesario que las autoridades tomen partido en este tema, que se sumen todas las voces desde el respeto.
Volvemos con los estudiantes
— ¿Y qué proponemos? —Preguntó María—. ¿Una campaña de limpieza? ¿Una carta al periódico?
—Algo más palpable —intervino Jesús—. Una crónica. Que la gente suba aquí, a este campanario, y vea lo que nosotros hemos visto. Que se enamoren de esta vista como nos hemos enamorado nosotros. Porque uno no destruye lo que ama. ¿Puedes ayudarme periodista?
Pues así será, si los jóvenes, dueños de esta ciudad lo solicitan, aquí está mi crónica.


