¿Buenos Camagüeyanos?

Foto: Cortesía de la autora
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La extrema situación económica que vivimos hace tiempo me lleva a preguntarme una y otra vez: ¿seguimos siendo buenos cubanos, buenos Camagüeyanos?

En medio de la agobiante situación que vive Cuba, entre las consecuencias de las sanciones externas y las responsabilidades de quienes dirigen muchas empresas y no hacen lo correcto, temas sobre los que he escrito otras veces, hay algo que me duele hasta la indignación:las malas personas.

Los malos, esos que, en lugar de producir y aportar, viven criticando todo y especulan con la necesidad ajena. Los que se aprovechan del hambre, se aprovechan de la escasez y encuentran en la desesperación de sus propios coterráneos una oportunidad para lucrar.

Los que parecen olvidar que detrás de cada necesidad hay seres humanos, familias completas con sus niños sin merienda o desayuno para ir a la escuela, ancianos y enfermos, una historia…; pero, por suerte, quedan  personas condignidad.

Buenos camagüeyanos

Los que comparten lo poco que tienen, los que se quitan algo de su mesa para ayudar a otro, los que no abandonan al vecino ni le viran la espalda al amigo. Los que, aun teniendo sus propios problemas, conservan la sensibilidad para sentir el dolor del otro, esos son ejemplos.

Traigo la historia de una  amiga, que por su petición no diré el nombre, pero merece ser contada. Ella se mudó hace poco a una casita pequeña y encontró en el solar de al lado a una viejita, que sus hijos se fueron del país y la dejaron sola, con más de 80 años y una pensión de solo 3 mil pesos.

Mi amiga, sin que nadie le encomendara comenzó a hacer amistad con la abuelita solitaria, que le teme a los truenos, pero al percatarse, si viene lluvia le lleva café y la acompaña. Si hace un caldo sabroso le alcanza para compartir y de la merienda que inventa para su niño cada día, también le lleva a su vecina que además tiene problemas de salud y mi amiga insistió y la acompañó al hospital.

A ella no le sobra el dinero, trabaja en una escuela, construye y repara su casa, tiene padres ancianos, esposo e hijo pequeño, pero en esas tantas faenas busca un espacio para hacer feliz a  la anciana con su compañía.

Y son esos camagüeyanos, cubanos, los que me enorgullecen de  mi gente, los que me hacen seguir creyendo en lo mejor de nosotros.

La Vida dura

La vida puede ponerse muy dura, la necesidad puede apretar y las circunstancias pueden llevarnos al límite; pero nada de eso debe hacernos perder la decencia ni convertirnos en verdugos de quienes sufren al igual que nosotros.

Creo fervientemente, que la grandeza de una persona no está en los bienes  que  acumulan, detesto a  “los nuevos ricos” que te miden por el número de paneles solares y bicicletas eléctricas que logres comprar;  para mí, esa grandeza está en lo que es capaz de compartir; no en cuánto atesoras o se aprovecha de los demás.

A pesar de todo lo que nos duele del deterioro de Cuba, de la imagen oscura de las noches, yo quiero seguir creyendo en esa Cuba de gente solidaria, la que todavía sabe tender una mano cuando más falta hace.

Porque si algo deseo para mi tierra es que nuestros hijos puedan vivir mejor, que nunca pierdan esa humanidad que nos caracteriza para  reconocernos como hermanos.

Mis apuntes

Aplaudo al conductor de un triciclo eléctrico que me recogió sin cobrarme, el día que regresando de una cobertura de trabajo se me despegóel zapato y me quedé descalza en la calle Maceo. Aplaudo al vecino que pasa la manguera por el patio para darle un poco de agua a quien carece,  a mi amiga que sostiene a la viejita no solo con alimentos para el cuerpo, también para el alma.

A esos buenos cubanos y camagüeyanos les aseguro que con sus obras dan lecciones de vida a los que miran al otro lado para seguir lucrando con las necesidades y el dolor ajeno.

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