Los cubanos hemos vivido días difíciles, pero en medio de tantas adversidades una flor nos puede cambiar el día.

Esta crónica es una historia sencilla, de gente de pueblo, llana y generosa, que con su actuar pueden volver la hoja de tu día triste.

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Salvador Cisneros Betancourt fue el cubano de más larga vida política de fines del siglo XIX y principio del XX. Líder del pueblo camagüeyano en las guerras de independencia, donde los militares se robaron los papeles protagónicos y a los civiles les correspondió ——con o sin razón—— muchas veces ser responsables de errores que perjudicaron la contienda militar; Cisneros fue cima del “bando de los civiles” y muchas veces responsabilizado con tales desaciertos. No obstante, solo la personalidad de Ignacio Agramonte impide que veamos a Cisneros como el primero de los patriotas camagüeyanos.

Cada mañana de camino al trabajo,  al ver la casona de la Avenida de los Mártires, ubicada en la intersección con la calle Gonzalo de Quesada, hermosos recuerdos de mi infancia afloran a la memoria, a través de su abigarrada fachada puedo recordar al pianista sentado a la banqueta con sus manos en el teclado y el rostro feliz.

En agosto de 1958 la policía batistiana en el pueblo de Santa Cruz del Sur buscaba a un hombre de estatura regular, unas 150 libras de peso, blanco y de pelo lacio. Alguien de mucha acción y «muy peligroso».

Manuel Zabalo Rodríguez nació en enero de 1927[1] en una finca en la zona de Santa Lucía; la situación  de la familia (padre, madre y cuatro hermanos) era muy difícil. Siendo joven pierde a su madre, abandona los estudios, trabaja con su padre la tierra y realiza tareas domésticas. Cuando tenía 18 años, un tio materno lo ve en las condiciones que estaba en la finca y lo trae a vivir en casa de sus suegros en Hermanos Agüero nº 65 en la ciudad de Camagüey.