Puerto Príncipe, hoy Camagüey, fue protagonista de hechos primigenios en el conjunto de procesos históricos de la Isla de Cuba a favor de un pensamiento y un accionar libertario y anticolonial español. En 1843 Joaquín de Agüero concede la libertad a los esclavizados bajo su potestad, un ejemplo.
Si alguna vez escuchaste al “abuelo Paco” en la sección infantil del programa radial Entre Tinajones, seguro recordarás a ese viejito adorable que consolaba a los niños tristes, les despertaba curiosidad por las artes, la ciencia y les ayudaba a investigar para la tarea de historia.
Francisco de Agüero y Velasco[1], nació en la villa de Puerto Príncipe, actual ciudad de Camagüey, en 1793. Años después, en 1812, hallándose en La Habana, por una delación resultó sorprendido por su captor el teniente de milicias Tomás Ramón de Socarrás, mientras confeccionaba “impresos subversivos” en los que se ponían de manifiesto sus ideas de independencia, así como duras críticas al Gobierno colonial en La Mayor de las Antillas[2].
[1] Ciertamente sus apellidos debieron ser Betancourt Agüero por ser fruto fuera de matrimonio de la unión del Regidor Pablo Antonio de Betancourt y Agüero y la criolla mestiza Josefa de Velasco y Agüero. El verdadero esposo de Josefa fue Manuel Víctor de Agramonte y Arteaga, quien se hallaba separado de su esposa. Por ese motivo Frasquito usaba los apellidos de su madre invertidos al no ser reconocido por Pablo Antonio Betancourt.
[2] Sed Nieves, Gustavo: Frasquito Agüero. Independentista y bolivariano. En: Castro José Ignacio y Gustavo Sed Nieves: Biografías. Concurso 26 de Julio, Minfar, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977, pp. 77-80.
En Camagüey, Ciudad de Los Tinajones y calles adoquinadas, su pueblo tiene un compromiso con la historia. El brazo ejecutor: La Oficina del Historiador de la Ciudad cuenta con la labor de muchas féminas, su labor se erige como un acto de continuidad histórica, un puente vital entre el ayer que recordamos y el futuro que construimos.
El 5 de enero de 1961 el Maestro de 18 años Conrado Benítez García llevaba junto al pecho un retrato de su novia, un libro de aritmética, otro de ejercicios de lenguaje, y uno más de fisiología. Sus pequeños alumnos lo esperaban con gran entusiasmo en su aula en el Escambray, pero nunca llegó.
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