Según recordaría muchos años después su vecina Flora Basulto Montoya, “cuando aún no había visto un ballet, ella ya bailaba sola con arte inigualable en su jardín de exóticas plantas, bailaba para sí y para las mariposas que libaban el néctar de sus flores y para los pajarillos que se posaban en las ramas y revoloteaban sobre su cabecita […] así vi a Gilda Zaldívar muchas veces en horas matinales, cuando era pequeñita, como una linda mariposita de nácar y oro, como un precioso pajarito que formaba arabescos con los pies y extendía los brazos para volar[1]”.
[1] Tomado del artículo: Gilda Zaldívar: una vida dedicada al ballet, de Elizabeth Gómez Portelles en El Camagüey
Hay calles que solo sirven para llegar de un punto a otro y muchas que cuentan historias. En La Ciudad de los Tinajones, una de esas vías con memoria es la que lleva el nombre de Padre Valencia. Recorrerla es caminar sobre las huellas de un hombre que nunca fue santo para la Iglesia, pero que para el pueblo fue mucho más que eso.
La noche del 30 de abril, en el reparto La Vigía, al norte de la ciudad, Rosita no puede dormir. Tiene ocho años, el cabello recogido con dos moños rojos y, sobre la silla, un uniforme escolar planchado. Mañana no es día de clases, pero ella lo va a vestir igual: la pañoleta azul de la pionera, la falda roja y unas zapatillas blancas que su abuelo le regaló “por si la plaza le parece muy lejos”.
En 1853, dos años después del fusilamiento de Joaquín de Agüero y sus compañeros por alzarse en armas contra España, un hecho que conmocionó a la sociedad de la entonces ciudad de Puerto Príncipe, ocurrió un hecho de profunda repercusión simbólica en la Plaza Mayor de la ciudad, el alcalde José Antonio de Miranda y Boza, “… aprovechó las reformas que se realizaban y propuso ““la siembra de cuatro palmas, una en cada esquina del parque, lo que daría bonito y original aspecto a aquel lugar, centro de reunión de la sociedad camagüeyana…”” que concurría a escuchar las retretas que daban las bandas de música de los Regimientos destacados en la Ciudad””[1].
La celebración del 16 de abril, Día del Miliciano, tiene una vigencia valedera, cuando se cumplen 65 años, este 2026, del enfrentamiento al águila imperial en las arenas de Playa Girón, antecedido por los bombardeos a las bases áreas cubanas de Ciudad Libertad, San Antonio de Los Baños y Santiago de Cuba, con aviones que simularon las banderas tricolor de este hermoso caimán.
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