El Comandante en pijama: recuerdos de una revolucionaria cercana

Foto: Cortesía de la autora
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Antes de que Ángela Coello se convirtiera en radio escucha de la emisora de la Sierra Maestra; mujer adelantada a su tiempo, confidente de su hermano en la lucha clandestina contra Batista y luego en “oyente de oro”, hubo un encuentro que la marcó para siempre. No fue en una tribuna, ni en un acto multitudinario. Fue en silencio, en la camaradería de un hospedaje, donde pudo ver de cerca a El Comandante en Jefe en pijama.

Ángela sintió siempre una profunda admiración por Fidel Castro. No la admiración ingenua del que mira desde lejos, sino la del que lo ha visto de cerca, en su grandeza y humanidad más simple.

En los años iniciales del triunfo revolucionario, en los que el líder de la Revolución visitaba con frecuencia Camagüey, solía hospedarse en “La Villa Tayabito”. Allí, Ángela formaba parte del equipo de servicio confiable… y era la única mujer.

Según me contó en una de nuestras conversaciones en el entorno de Radio Camagüey, pues es una ferviente seguidora del medio  —Era la única mujer entre todos los que atendían a las delegaciones de primer nivel —recordaba con una sonrisa que mezclaba orgullo y ternura—. Y pude verlo varias veces, muy de cerca. Incluso, en pijama.

Porque Fidel, en esos amaneceres de trabajo intenso bajaba de su habitación con la barba crecida, con ojeras y la bata puesta, y Ángela estaba allí, sirviendo café, arreglando una toalla, tendiendo una cama.

Nunca pidió autógrafos ni fotos. Solo observaba, escuchaba, aprendía. Esa admiración callada, tejida en el respeto y en la cotidianidad, fue una de las fuerzas que la impulsaron a seguir viviendo como una mujer adelantada a su tiempo.

Ángela

Hablar de Ángela Coello es hablar de una mujer que supo romper moldes en una época donde el destino de las mujeres parecía escrito antes de nacer. En una familia de once hermanos —seis varones y cinco hembras—, hija de un simple chofer de guagua, creció en esos tiempos difíciles antes de la revolución, cuando no todo el mundo tenía la posibilidad de superarse y conquistar un lugar en la sociedad.

Pero Ángela tenía algo que no se compraba: una curiosidad innata, una sensibilidad especial que la llevaba a sentarse junto a su padre en la calle Cuba, en el reparto La Caridad, para oír a Chibás por la radio.

Tenía apenas seis años cuando la radio comenzó a enamorarla.

Mientras sus hermanos se colocaban limpiando zapatos, vendiendo billetes o trabajando de mensajeros, las hembras por lo regular, eran niñeras o cocineras sin acceso a una profesión, Ángela escuchaba a su padre conversar sobre la situación del país, escuchaba las transmisiones radiales, sentía ese llamado de dignidad que la llevaría, años después, a involucrarse en las tareas de la revolución.

Porque ella, entre  todas las mujeres de la familia, fue la única que se inclinó por estar en esas actividades. La que entendió que había que luchar por un mundo diferente.

Y así fue como la vida le fue abriendo caminos. Primero en la empacadora, trabajando duro. Luego, en aquellos años 63 y 64, cuando convocaron a un concurso para probar voces en la Corte Suprema del Arte.

El concurso

No ganó por aplausos —porque entonces la popularidad pesaba más que la técnica—, pero alguien vio algo en ella. Una citación de Cadena Agramonte llegó a sus manos para evaluar su voz profesionalmente.

Lo que Ángela no imaginaba era que al llegar, le esperaba el profesor González Allúe  al piano. Al verlo, confieza que “se le aflojaron las piernas del nerviosismo”, pero él, con esa caballerosidad y sencillez de los grandes, se acercó y le dijo: “Mire, ahora usted coja aire, respire, y cuando yo empiece a tocar, usted entonces entra”. Y así lo hizo. Y no le fue tan mal. Ese día, sin saberlo, estaba dando sus primeros pasos formales en eso que sería su gran amor: la radio.

Pero la vida la llevó por otros caminos y ese amor la aguardaría para ser compañía en sus años de jubilada.

Trayectoria

Ángela fue delegada de circunscripción,  miembro del Poder Popular, y supo compaginar su vida de esposa, madre y abuela, con esa pasión por la comunicación. Pero más allá de sus logros personales, lo que la hace verdaderamente una mujer adelantada a su tiempo es su visión sobre el lugar de las féminas en la sociedad. Su consejo a las mujeres de hoy, resuena con una claridad que atraviesa décadas:

“Que no se amilane, que estudien, se preparen, que no se encierren en  la casilla del  matrimonio o de tener hijos. La mujer tiene la oportunidad de estudiar, de avanzar, de trabajar y de tener todos sus derechos a la vida, a la sociedad y de ser lo que ella quiera profesionalmente. Es su derecho a soñar.

Que no se deje amilanar por ninguna relación, porque en un final las relaciones se acaban y te quedas sin la profesión y sin la relación. Todo hay que llevarlo a la par. El novio o esposo que  te quiere realmente, quiere que seas una mujer preparada, y eso es lo que debe buscar y lograr cada mujer”.

Esa dama que nos habla no es una que tuvo todas las facilidades. Es una que creció entre once hermanos, que vio a su padre luchar como chofer, que vivió la clandestinidad revolucionaria de cerca —como cuando su hermano Roberto Coello (sobreviviente al hecho histórico Asalto al Carro Celular) se enroló en tareas que aún hoy son un secreto—. Ella  trabajó en la empacadora, luego en la sección de servicios en el Gobierno Provincial  y supo aprovechar las oportunidades que el triunfo revolucionario trajo: espacios para estudiar, para buscar otro tipo de trabajo, para desarrollarse.

Ángela es la prueba viviente de que el talento no entiende de orígenes humildes,  que la pasión no distingue entre varones y hembras, de que una mujer puede —y debe— ser lo que quiera ser:  doctora, radialista, chofer, revolucionaria, artista, consejera.

Una mujer que entendió que la verdadera revolución también se hace desde la voz, desde el empeño en el trabajo y desde el ejemplo.

Memorias cercanas a Fidel

Por eso, al recordar las visitas de Fidel al Camagüey en la década del 60-80 del siglo pasado,  permítanme añadir una imagen más, la que Ángela guardó siempre con el mismo cariño con que se guarda un secreto: la del Comandante en jefe, descalzo o con zapatillas, en la villa Tayabito de Camagüey, tomando café en la madrugada.

Ella, la única mujer del servicio, lo atendía sin aspavientos. No hacía falta arenga ni discurso. Bastaba con verlo allí, tan grande y tan humano, para entender por qué valía la pena la Revolución.

Nunca se atrevió a conversar con él por respeto, cosa que lamenta como una obra inconclusa,  porque la admiración verdadera, la que mueve montañas y cambia vidas, no nace del cartel ni del acto solemne: nace de esos instantes en que un hombre en pijama te devuelve el saludo con una mirada que dice: seguimos adelante.

Gracias, Ángela, por haber estado allí. Y gracias por haber contado, con esa misma sencillez, que los héroes también se sirven en bata, y que las mujeres como tú son, sin saberlo, el otro rostro de la historia. Que tu voz siga sonando siempre desde esa lección de humildad.

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