El joven Betico tenía apenas 14 años, pero ya a su corta edad el sentido de la justicia y por hacer el bien, lo dominaban. Por eso una tarde, con dos amigos de iguales pasiones, se propusieron hacerle saber a uno de los esbirros de Batista que, en la barriada de La Vigía, no era bienvenido.
Un sargento perteneciente a la policía del dictador Fulgencio Batista se había comprado una casona en la calle Fernando de Zayas, cifrada con el número 2. Allí solo venía de noche, con una mujer distinta cada vez. No se relacionaba con nadie y la lujosa vivienda comenzó a despertar la curiosidad de los vecinos, que además le temían, por los casos de terribles torturas que figuraban en su hoja de servicio.
Una tarde, convencido de que la casona estaba vacía, Alberto (Betico) y sus dos amigos entraron por el patio. Para su sorpresa el inmueble estaba casi sin muebles, solo las paredes de varias habitaciones contenían costosos retratos con los rostros del dictador Batista y su esposa.
Los muchachos no pudieron resistir la ira: rompieron y pintaron a brochazos las paredes y cuadros; luego, prendieron fuego y escaparon corriendo,tomando rumbos diferentes. Solo Betico no pudo resistir la espera y fue a guarecerse a “la bodeguita de la esquina”, pues sabía que el dueño también simpatizaba con el Movimiento 26 dejulio, que ya tomaba fuerza en Camagüey.
Desde su escondite vio llegar a los bomberos y luego al esbirro, quien supuso que la mano del 26 de julio lo había visitado, y amenazó con hacer justicia. Cuando ya se disiparon los oficiales, el muchacho regresó satisfecho a su hogar.
Cómo me llegó la historia
El protagonista de esta vivencia ya es un hombre octogenario y comparte igual profesión que la mía, pero su entrega y modestia no le permiten rebelar su verdadero nombre y apellidos.
Esta historia salió hace poco publicada en el diario Juventud Rebelde y él me la envió, porque hasta hoy ninguno de los dos habíamos conversado sobre el tema; su regalo me emocionó, porque el señor dueño de la bodega de la equina era mi abuelo Jaime Socías.
Para saciar mi curiosidad periodística caminé la cuadra del suceso, y me detuve frente a la casa donde fue el incidente. Recuerdo, que cuando pequeña, allí vivía una familia amiga de mis abuelos que se dedicaban a la tapicería; pero ellos compraron la casa mucho después, nada que ver con aquel sargento.
Me puse a indagar y casi ninguno de los vecinos mayores puede recordar el incidente, pues la mayoría de los que residían allí en esa época ya han fallecido: también mi abuelo, pero repasar estas pequeñas acciones que demostraron los valores de la juventud de esos tiempos, me parece justo.
Gracias a Alberto por develar esta historia,donde también figura mi abuelo, el cual se fue orgulloso de haber contribuido de diferentes formas al triunfo de la Revolución.


