“Inés Luaces era una de esas muchachas que llamaba la atención por su personalidad, era sociable, alegre, de esas figuras que son el centro de sus compañeros. La recuerdo como si fuera ayer, en el patio de la EIDE Cerro Pelado, donde estudiamos muchos deportistas camagüeyanos.”
Así define el ex corredor, hoy periodista jubilado Jorge Navarro Torres, a la esgrimista camagüeyana Inés Luaces; víctima del atentado del 6 de octubre de 1976.
Con aquel crimen la patria perdía a los campeones que viajaban en el avión 455 de Cubana de Aviación, a quienes los terroristas Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, privaron de otras grandes hazañas y de la vida misma.
Entre las 73 víctimas del conocido crimen de Barbados estaba el equipo nacional juvenil de esgrima, que regresaba a Cuba luego de conquistar todas las medallas de oro puestas en disputa, en un certamen regional con sede en Caracas. Dos camagüeyanas formaban parte de la lista de campeones: Inés Luaces y Milagro Peláez.
Sobre Inés
Según comenta Navarro, desde los recuerdos de su etapa deportiva, Milagro era más introvertida, por eso no recuerda mucho de ella; pero a Inés es imposible olvidarla, pues se hacía notar, sobre todo a la hora del receso.
En la otrora cafetería de El Castillito, en el Casino Campestre, trabajaba la mamá de Inés; una Mulata corpulenta y alegre que, al ver llegar a los jóvenes deportistas en su tiempo de descanso, agilizaba la venta para que todos, en corto tiempo, lograran merendar y regresar a clases.
Pasó el tiempo e Inés se fue a la Escuela Nacional de Deportes para continuar estudios, Jorge se quedó en su tierra natal, vinculado a otros ámbitos de la vida cultural agramontina. No volvió a saber de ella, hasta que sucedió la tragedia con el avión 455 de Cubana de Aviación.
El sufrimiento de la familia
Años después del triste suceso, la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana en Camagüey realizó un acto homenaje a víctimas del terrorismo: entre los asistentes estaba la mamá de Inés.
El tiempo y el sufrimiento habían borrado la alegría y la imagen de aquella mujer corpulenta, que preparaba la merienda en la cafetería de El Castillito para los estudiantes de la EIDE Cerro Pelado.
Le costó trabajo identificarla, pues mucho la había hecho cambiar el sufrimiento acumulado. Pero Navarro, con esa cualidad que tiene para compartir el dolor de los demás, se acercó a saludarla y escuchó de su boca la expresión de un sentimiento, compartido acaso por todo el pueblo de Cuba: “a la tristeza de haber perdido a mi hija se une el dolor eterno, de que los autores de este crimen nunca pagaron por su crueldad”.
Sentir común
Ese es el sentir de todo un pueblo, pues a 48 años del atentado, pervive el dolor y no se olvida la injusticia.


